
Las trampas de la historia y el temor a un futuro incierto.
Han pasado ya unos cuantos años desde que leyera el famoso “Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?” de Graham Allison y quedase intrigado por la idea de que existe una cierta consistencia histórica durante los periodos de transición hegemónica.
En Destined for War, Allison se inspira en Tucídides, historiador griego del siglo V a.C, y en su “Historia de la Guerra del Peloponeso”, sobre el conflicto entre Atenas y Esparta ocurrido entre 431 y el 404 a.C, para plantear la existencia de un peligro inherente a los periodos de transición que denomina como “la Trampa de Tucídides”.
El concepto de la Trampa de Tucídides se podría resumir en que cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia establecida, aumenta el riesgo de guerra por el temor de la potencia establecida a perder su posición hegemónica. Esto se basa en la afirmación realizada por Tucídides de que la principal causa de la Guerra del Peloponeso fue “el temor que inspiraba el ascenso de Atenas en Esparta”.
Partiendo de esta idea, y con el objetivo de plantear ese riesgo para la situación actual entre China y Estados Unidos, Allison analiza un total de 16 periodos a partir del siglo XV para afirmar que en la mayoría de los casos se ha producido un conflicto militar entre la potencia ascendente y la potencia establecida.
TTrap Case File Graphic
Tengo algunas reservas sobre el trabajo de Allison, especialmente en lo referente a la heterogeneidad de los casos y por la definición de potencia emergente/establecida, pero creo que su propuesta resulta interesante. Un elemento que encuentro interesante, y que me parece fundamental, es que, partiendo de Tucídides, se establece el miedo, una emoción muy difícil de medir o cuantificar, como un elemento que puede encontrarse en el centro del pensamiento de las potencias. Esta último idea casa muy bien con cierto párrafo del famoso “De la Guerra” de Carl von Clausewitz:
“La guerra es un camaleón que cambia de carácter en cada caso concreto. […] Es una maravillosa trinidad compuesta, primero, de la violencia primordial, del odio y de la enemistad, que hay que considerar como un ciego instinto natural; segundo, del juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una libre actividad del alma; y tercero, de su naturaleza subordinada, como instrumento de la política, que la hace pertenecer al mero entendimiento.”
Un fragmento que, por cierto, es parafraseado y resumido en el capítulo “Triple Point” de la tercera temporada de una de mis series favoritas, The Expanse, por la contraalmirante Sandrine Kirino quien afirma:
“La guerra es por naturaleza una interacción inherentemente inestable de tres cosas: emociones intensas, política y suerte.”
Pero ignorando las anécdotas y volviendo sobre el valor de la obra de Allison, creo que lo más importante es entender que esta se plantea en un contexto histórico y una narrativa política muy concretas: la preocupación de Estados Unidos por el ascenso de la República Popular China a principios del siglo XXI.
Antes de hablar más sobre las posibles implicaciones de Tucídides, me parece oportuno incorporar también otra “trampa” vinculada con los periodos de transición hegemónica y como se desarrollan.
Esta segunda trampa, enunciada por Joseph Nye en 2017, surge de las lecciones extraídas de “The World in Depression 1929-1939“, un clásico de la historia económica escrito por Charles P. Kindleberger en 1973, y su análisis del periodo posterior a la Gran Depresión.
El argumento es que, basándose en las lecciones de Kindleberger, existe otra trampa (no militar) en la que el mundo puede caer durante un periodo de transición hegemónica. Básicamente, y por repetir la terminología de Allisoniana, Nye plantea una situación en la que, por falta de capacidad y/o voluntad, el poder establecido deja de hacerse cargo de los “bienes comunes globales” y el poder ascendente no recoge el testigo. Nye señala que, en ese caso, se produce un vacío de poder que puede llevar al colapso del sistema global.
Nota: La idea de los bienes comunes globales, y el hecho de que Estados Unidos no parece interesado en seguir proveyéndolos al menos en la misma medida que durante las décadas anteriores, es algo de lo que ya hablé en El fin del imperio liberal, en su adendum y en Guerra económica global para salvar la economía estadounidense.
La combinación de ambas trampas pinta un escenario enormemente complejo para cualquier desarrollo futuro de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Si Washington, en su temor al ascenso de China, decide replegarse a su continente o hemisferio, provocará (¿o ya está provocando?) una ola de inestabilidad en otras regiones del mundo. Si, por el contrario, el gobierno estadounidense permite que su temor al ascenso de China les lleve a una postura de intransigencia, donde todo se interprete como un juego de suma cero, el riesgo de un conflicto armado entre ambas potencias se elevará considerablemente.
Evidentemente hay un sinfín de escenarios adicionales más allá de los que plantean estas trampas e incluso limitándonos a las mismas habría un sinfín de matices que establecer entorno a las mismas. Teniendo esto en cuenta, considero que, en vez de acometer un trabajo inabarcable, podemos y debemos dedicar nuestro tiempo a otra labor o, más concretamente, a otra pregunta: ¿es siquiera posible que Estados Unidos no tema el ascenso de China?
Lo cierto es que no podemos tener una respuesta a esa pregunta, porque el futuro es ignoto hasta que llega, pero quizá en esa misma incapacidad de responder se encuentre la clave.
Una breve parada teórica
El papel de la incertidumbre, y del miedo que esta nos provoca, tiene una larga historia en el estudio de las relaciones internacionales. De Hobbes a Morgenthau y de Waltz a Mearsheimer son muchos los autores que han tratado con la idea de la incertidumbre generalmente vinculándola con el concepto de la anarquía internacional. Atendamos por ejemplo a lo que dice Gideon Rose en “Neoclassical Realism and Theories of Foreign Policy”
“La anarquía internacional… es turbia y difícil de interpretar. A los Estados que la conforman les cuesta discernir con claridad si la seguridad es abundante o escasa, y deben avanzar a tientas en la penumbra, interpretando evidencia parcial y problemática según reglas generales subjetivas.”
Nota: En el ámbito de las Relaciones Internacionales, el concepto de anarquía internacional hace referencia a que no existe un árbitro supremo que resuelva disputas entre Estados. Distintos autores y escuelas han dado distintas explicaciones al origen, causas y consecuencias de esta anarquía.
La existencia de la anarquía internacional provoca una desconfianza inherente que es descrita muy apropiadamente por Waltz en “Theory of International Politics” como:
“Dado que algunos Estados pueden utilizar la fuerza en cualquier momento, todos los Estados deben estar preparados para hacerlo o vivir a merced de sus vecinos”.
Esta desconfianza provoca, y es alimentada a su vez por, el fenómeno conocido como dilema de la seguridad. John Herz lo describe de la siguiente forma en “Idealist Internationalism and the Security Dilemma”:
“Los intentos de un Estado por alcanzar la seguridad tienden a aumentar la inseguridad de los demás, ya que cada uno interpreta el armamento del otro como una amenaza potencial y, por lo tanto, reacciona con más armamento propio. Lo que se supone que es defensivo resulta ofensivo para otros, creando un círculo vicioso de seguridad e inseguridad.”
Tanto la anarquía internacional como el dilema de la seguridad son, por lo tanto, elementos del estudio de las relaciones internacionales estrechamente relacionados con la incertidumbre, el miedo y nuestra reacción a estos fenómenos.
Atrapados por el futuro
Sin entrar en debates sobre empirismo y positivismo, que merecerían una entrada propia, podemos afirmar que la dificultad de conocer, ya sea el futuro, el presente o el pasado, resulta inherente a la condición humana.
Esta incertidumbre perenne nos atrapa en un enrevesado laberinto, especialmente cuando la aplicamos al ámbito de las relaciones internacionales donde hay un inabarcable cantidad de variables en juego. Si bien podemos imaginarnos los peligros (¡las trampas!) que pueden aparecer en el camino tras la siguiente curva, carecemos de las certezas necesarias para planificar para cada eventualidad.
Esta falta de certeza implica comúnmente que el comportamiento más racional se resume en la famosa máxima romana “Si vis pacem, para bellum”. Trágicamente, prepararse para los peores escenarios que podamos imaginar, tal y como nos muestra el dilema de la seguridad, a menudo conlleva hacer dichos escenarios más probables.
Por suerte, y a pesar de lo anterior, la historia de la humanidad está llena de sorpresas, imprevistos y eventos contrarios al sentido común o las creencias deterministas de la época. Las trampas de Tucídides y Kindleberger, por lo tanto, no deben interpretarse como profecías (aunque corran el riesgo de autocumplirse) sino como señales de peligro que permitan navegar las enigmáticas aguas del futuro del orden internacional en el siglo XXI … si bien quizá no de manera segura, al menos evitando a los dragones.












