
Clarín
Las palabras cambian. No por ninguna perfidia particular. A mí, anoche, una se me cambió de pronto.
Las palabras cambian. No por ninguna perfidia particular; lo hacen porque todo cambia. Mal que les pese a los que nos amenazan con dioses, reyes, leyes invariables, tradiciones eternas, todo cambia. Algunas cosas más rápido que otras; las palabras cambian a ritmos muy variados. Hace 1.000 años una hoja podía ser de roble pero no de papel; hace 200 un coche era una caja de madera con cuatro ruedas y un caballo delante; hace 30 un marido era el cónyuge de una señora. Todas cambian y cambian para todos pero las hay, también, que cambian sólo para algunos. A mí, anoche, una palabra se me cambió de pronto.
La palabra dependencia fue central a mis 15 o 16, cuando empezaban los setenta. Muchas izquierdas ñamericanas habían logrado establecer una correspondencia histórica muy útil. Convencieron a muchos —no era difícil, era cierto— de que Estados Unidos trataba a nuestros países como si fueran sus colonias. Lo cual permitía un silogismo poderoso: todos habíamos aprendido en las escuelas que los grandes héroes de las patrias eran esos señores que habían tomado las armas contra el colonizador español: San Martín, Bolívar y los otros. Por lo cual tomar las armas contra el colonizador norteamericano no era sino imitar a nuestros próceres: casi una obligación. Y esto, en Argentina y a mis 15, se sintetizaba en tres palabras, una consigna en todas las paredes: “Liberación o dependencia”.
Debíamos liberarnos de esa nueva dependencia colonial; así fueron asesinados tantos que querían, de distintas maneras, acabar con ella. Aquí la palabra dependencia es importante; es decisiva, también, la expresión “de distintas maneras”. (Decisiva porque los militares asesinos y sus repetidores civiles siempre dijeron que “la mayor parte de los desaparecidos fueron miembros de organizaciones armadas”: es la mentira con la que intentan justificar su masacre. Hace mucho que se sabe que es falso, aunque algunos no quieran enterarse y lo sigan diciendo y publicando. Los números reales oscilan, porque la represión fue cobardemente clandestina, pero los estudiosos acuerdan en que buena parte de las víctimas —entre un cuarto y la mitad— fueron delegados y militantes sindicales sin más armas que su valentía. Y los maestros y los estudiantes y las monjas y los periodistas y las abogadas y las Madres…)
A todas esas historias, a tantos amigos y sueños perdidos me llevaba la palabra dependencia hasta que anoche me vi haciendo complejos cálculos de agenda con Marta para establecer qué día me podría afeitar —ella. Y se me fue una carcajada leve, inesperada. Recién entonces, tras años de vivirla, me di cuenta de que la palabra dependencia tenía un sentido nuevo, casi absoluto para mí: una palabra con una fuerza despiadada.
Traté de recapitular: hace 50 años la palabra dependencia me llevaba —nos llevaba— a arriesgarlo todo para intentar erradicarla. Su opuesta, la “liberación”, era una perspectiva de futuro venturoso, enorme. Ahora la palabra dependencia —otra dependencia en la misma palabra— rige mi vida sin futuro.
La rige, sí, y la corrige de una manera que nunca habría creído posible. Dependencia aquí es una palabra casi blanca, parte de esta hipocresía con que intentamos que un ciego sea “una persona con discapacidad visual”. Y yo nunca la había relacionado con mi vida baldada: con esta incapacidad para hacer todo eso que nunca requirió ninguna capacidad. La dependencia tiene muchos grados y me resulta fácil verla y temerla en un cuerpo entubado, brutalmente quieto. Lo extraño es encontrarla poco a poco en cada uno de mis gestos, cada vez que tengo que pedir que alguien por favor me rasque la nariz, me dé vuelta en la cama por las noches, apriete el pomo de la pasta de dientes —que no sé por qué coño ahora los hacen tan duros.
Dependo: debo pedir ayuda para tanto, yo que siempre quise vivir conmigo. Y se supone que dependa más aún: para comer, decir, cagar, toser, al fin incluso para respirar. Es muy brutal, la dependencia. En el caso de nosotros, los enfermos, está claro que no tiene salida. En el caso de nosotros, los ciudadanos, seguro que la tiene: es cosa de encontrarla. Encontrar, para empezar, los mecanismos que nos mantienen dependientes —de las decisiones de algunos, los dineros de algunos, de los ejércitos de algunos, la crueldad de algunos. Y pensar, para seguir, cómo desarmarlos. Quitarle a la palabra dependencia su condición definitiva y devolverla a su rango de obstáculo, eso que hay que salvar para seguir andando. Volver a hablar, si acaso, incluso, de la independencia —por no decir liberación, que parece que ahora queda feo












