El ch’aki del asfalto: Nuestro eterno retorno al desastre

Por: Diego R. Pinto Alderete
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Foto: Jorge Mateo Romay Salinas / Anadolu / Gettyimages.ru

La matriz rentista de nuestra política y la ineptitud crónica de nuestras instituciones garantizan que, en un par de meses, o el próximo año, otro iluminado decidirá que la mejor forma de dialogar es estrangulando al país.

Tarde o temprano, como toda mala borrachera, este bloqueo va a terminar. Las piedras serán removidas de las carreteras, las llantas quemadas dejarán una mancha negra que la próxima lluvia lavará a medias, y los camiones volverán a inyectar su flujo raquítico de capital en las venas de nuestra economía informal. Allá en la Asamblea, nuestros “honorables” guardarán sus berrinches de kindergarten legislativo para volver a la chicana parlamentaria de rutina, fingiendo, con esa maestría cínica que los caracteriza, que aquí todavía existe algo parecido a un Estado de Derecho.

Sí, el bloqueo se levantará. Pero no se engañen, mis queridos compatriotas masoquistas. El verdadero problema empieza exactamente el día después.

Lo que nos va a quedar, cuando el humo se disipe, no es una república, sino un archipiélago de rencores. Nos quedará un país balcanizado en el alma, una sociedad fracturada donde el contrato social de Rousseau fue usado para envolver coca machucada. He pasado suficientes horas estudiando la psique humana como para saber que las heridas estructurales no se curan con un decreto supremo ni con un par de discursos rimbombantes sobre la “pacificación”. La sociología del conflicto nos enseña que la violencia, cuando se normaliza, reescribe el ADN de una nación.

Y aquí viene la parte verdaderamente trágica de nuestra comedia cotidiana: mañana vas a tener que subirte al trufi, o hacer fila para comprar marraquetas donde tu casera, y vas a estar codo a codo con el mismo tipo que la semana pasada cobraba peaje extorsivo con una dinamita en la mano. Vas a tener que sonreírle al vecino que bloqueó el oxígeno de las ciudades por un puñado de prebendas políticas, actuando con la impunidad de un pequeño señor de la guerra.

Pero no nos olvidemos del otro gran protagonista de nuestra decadencia: el cómplice pasivo. Ese burócrata de escritorio, ese oficinista que miró el colapso macroeconómico y social desde su ventana, tragando salteña y conformándose con el tibio valemadrismo de “no meterse en política”. Hannah Arendt nos advirtió sobre la banalidad del mal, pero nosotros la hemos tropicalizado; la hemos convertido en el deporte nacional de hacernos los cojudos. Convivir a diario con esa mezcla tóxica de criminalidad descarada y apatía cobarde es el verdadero peaje que nos cobra este circo geopolítico de cabotaje.

Y para ponerle la cereza a este pastel de miseria, sabemos perfectamente que esto es solo un pasanaku del desastre. La matriz rentista de nuestra política y la ineptitud crónica de nuestras instituciones garantizan que, en un par de meses, o el próximo año, otro iluminado decidirá que la mejor forma de dialogar es estrangulando al país. Volveremos a la misma coreografía, a los mismos paros, a las mismas excusas. Es el eterno retorno de Nietzsche, pero subdesarrollado y sin glamour.
Me sirvo otro trago. Qué agotador es tener siempre la razón en el peor de los escenarios posibles. Qué jodida fatiga…
bolivia bolivia bolivia bolivia bolivia bolivia……


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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