
La editorial de El País de España hace mención a dos eventos internacionales que da cuenta de la geopolítica global actual donde ya no prima un solo hegemón. La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Kirguistán, pareciera una extravagancia porque los grandes medios apenas si le han dado significancia y hoy el portal español lo retrata ineludiblemente.
- Para China la cumbre ha sido el escaparate en que se presenta como un país que proyecta orden y estabilidad en un mundo caótico, e Irán y Rusia han podido demostrar que no son dos Estados parias aislados en la escena internacional y que cuentan con el amparo de una potencia mundial en ascenso.
- En la reunión de los ministros de Finanzas del G-20 en la ciudad estadounidense de Asheville se hizo visible el alcance de las divisiones sembradas por Trump entre los aliados occidentales, desde el hostigamiento a Canadá hasta las perturbaciones en la economía global, incluida la europea, por el aumento de los precios de la energía como resultado de la catastrófica aventura bélica contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz.
La influencia global de China y los efectos devastadores para el orden internacional de la errática y destructora presidencia de Donald Trump han confluido esta semana en dos reuniones internacionales celebradas respectivamente en Asia Central y en Carolina del Norte. En la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Biskek, la capital de Kirguistán, el presidente chino, Xi Jinping, exhibió su capacidad para ejercer de contrapeso de la hegemonía estadounidense y mostró su cercanía a los países más enfrentados con EE UU y las naciones occidentales, como son Irán y Rusia. Al tiempo, en la reunión de los ministros de Finanzas del G-20 en la ciudad estadounidense de Asheville se hizo visible el alcance de las divisiones sembradas por Trump entre los aliados occidentales, desde el hostigamiento a Canadá hasta las perturbaciones en la economía global, incluida la europea, por el aumento de los precios de la energía como resultado de la catastrófica aventura bélica contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz.
Ambas reuniones han ofrecido una fotografía bastante precisa del momento geopolítico. En Biskek, Xi Jinping, el presidente ruso Vladímir Putin y el primer ministro indio Narendra Modi, acompañados por los líderes de Turquía, Kirguistán, Irán y Armenia, proyectaron una imagen de armonía, respaldo mutuo y pragmatismo. En la declaración final evitaron mencionar la guerra de Ucrania, una amenaza cuya principal víctima es Europa. Su silencio contrasta con la claridad de su crítica a la guerra de EE UU e Israel contra Irán. Para China la cumbre ha sido el escaparate en que se presenta como un país que proyecta orden y estabilidad en un mundo caótico, e Irán y Rusia han podido demostrar que no son dos Estados parias aislados en la escena internacional y que cuentan con el amparo de una potencia mundial en ascenso.
Trump une a los adversarios y divide a los aliados, como se vio en la reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G-20 el lunes, donde el país anfitrión, EE UU, impotente para resolver los conflictos con Irán o Rusia, escenificó el enfrentamiento que día a día agranda su distancia con las democracias occidentales. Detalle no menor fue la insólita invitación estadounidense al ministro ruso, para estupor de los europeos que esta misma semana han acusado a Moscú de estar detrás de ataques híbridos y acciones terroristas en Europa, como la tentativa de atentado con drones en Alemania a principios de agosto. La guerra arancelaria de Trump contra Canadá y las ofensas a Ottawa del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, muestran la profundidad de la fractura entre quienes construyeron juntos un orden internacional hoy en ruinas, quebrado entre la falsa estabilidad china de un mundo sin democracia ni derechos humanos y unos EE UU empeñados en dinamitar el sistema que ayudó a crear tras la II Guerra Mundial.












