La palabra rubicón

Martín Caparrós | El País
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Venezuela protestas contra injerencia de EEUU

¿Cuándo hicieron —realmente hicieron— algo que se cagó en todas las reglas que hasta entonces habían respetado?

Si, lo confieso, aunque suene muy tonto: acabo de buscarla en el diccionario de la Real. De verdad creí que allí la encontraría. Pero la palabra rubicón no sale: triunfos del silencio.

Las fuentes más redichas nos dicen, claro, lo que ya sabíamos: que la palabra rubicón viene de ruber, rojo, porque las aguas de ese pequeño río iban ruborizadas por las arcillas de su lecho. Y que el tal Rubicón era un arroyo de unos cuantos kilómetros de largo, un saltito de ancho, en el norte de esa bota que ahora llaman Italia. Y que hace 2.000 años, cuando se hizo famoso, el riacho hacía de frontera entre las tierras de Roma —en su ribera sur— y las tierras de la Galia Cisalpina —en su ribera norte—. Y que esa frontera era la raya que ningún general romano que viniera del norte podía cruzar al mando de un ejército. La idea era clara: que ningún general se tentara con hacer la Gran Franco y usara el ejército que la república le había confiado para cargársela. O sea: que ningún general, pese a sus inclinaciones, traicionara.

Aquel Rubicón era nada, una frontera ni siquiera Ceuta, y en general aquellos generales supieron contenerse, hasta que apareció ese Cayo Julio César y dijo que pasaba y la pasaba. Y encima, para asegurarse la tapa de los diarios —o de los manuales— soltó la frase que, tras ser muy celebrada, terminaría por hacerse célebre: “¡La jalea está hecha!”.

Así que el general cruzó su rubicón, se comió la jalea y se hizo dictador de Roma. Pero, sobre todo, se convirtió en un hombre que había roto una regla: que había cambiado algo. Debo reconocer que hoy pensé en él porque se me ocurrió que vivimos una época particularmente rubicona. Y de ahí a postular que hay épocas más rubiconas que otras alcanza con el salto de un tullido.

Digo: que hay épocas en que la res publica se define porque la mayoría de sus actores piensa que corresponde respetar las reglas, dejar claro que uno las respeta, hacer de ese respeto una bandera: que esa es la forma de seguir ganando. Y hay épocas en que los hombres públicos intentan rubiconear a toda costa.

Esta es una. Trump, digamos, cruzó su rubicón cuando hizo algo brutalmente en contra de las reglas vigentes: mandar unos comandos a secuestrar al presidente de un país para sacarle su petróleo. Milei, digamos, más modesto impotente, rubiconea cuando usa una parte de la lengua que nadie osaba usar y sus palabras salen llenas de caca, malolientes. Bukele, digamos, rubicona cobardito pero desafiante cuando proclama, sobre todos esos cuerpos amontonados dibujados, que los derechos humanos le importan cuatro pitos. Netanyahu, digamos, rubiconeó con babas cuando mostró por fin que iba a cumplir el sueño del genocidio propio. Y así, rubiconeando, arman un mundo nuevo, repugnante, nuevo.

No vamos a zanjar aquí la vieja discusión: ¿debe decirse rubiconar o rubiconear? Como todo, cambia según lugares y personas. Pero sabemos que se puede rubiconear y rubiconar para el bien, para el mal, para poquito. Cuando yo era chico nada valía si no tenía su rubicón en algún sitio: si no cambiaba o imaginaba que cambiaba algo. Queríamos cambiar todo y a veces se nos volvía puro gesto. Cuando yo era adulto, en cambio, rubiconear no era bien visto: mucha policía del espíritu dirigiendo el tráfico, supuestamente para el bien de todos. Y ahora, el rubicón cayó en manos de esos cerdos: lo perdimos, se lo apoderaron.

Entendieron que eran tiempos rubicones y alguien tenía que hacerlo y los que solíamos no lo hacíamos, así que lo hacen ellos. Nos toca resistirlo, y no creer que todo rubicón es malo. Ya vendrán mejores. Mientras llegan, me entretengo buscándolos en mí, intentando encontrarlos en mi vida. Les recomiendo el juego, solitario o compartido: ¿cuándo hicieron —realmente hicieron— algo que se cagó en todas las reglas que hasta entonces habían respetado? ¿Lo hicieron alguna vez, más de una, nunca? ¿Lo hicieron con algo que valiera la pena? ¿Valió la pena hacerlo? ¿Piensan hacerlo pero no se deciden? ¿Les da miedo morirse sin haberlo hecho?

Piénsenlo, yo lo pienso. Aquí los veo, planeando, recordando, buscando ese momento en que pasaron de las reglas aceptadas, en que pasaron del otro lado de las reglas aceptadas, en que no pasaron. Así que aquí les dejo, por ahora, esa definición que se escapó del diccionario. Rubicón, m.: cambio radical producido al quebrar o ignorar una regla establecida. O sea: que cada cual se apodere de su vida. O, cuando todo va mal, que otros se apoderen de la nuestra.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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