Indígenas que narran su historia en Bolivia en el Anuario del Archivo y Bibliotecas Nacionales

Tapa de la obra YAMPARA SUYU. HISTORIA, CULTURA, IDENTIDAD. Roberto Salinas Izurza Trabajo conjunto con investigadores yamparas que aborda de manera histórica y cultural, las diversas facetas de la Nación Yampara o Yampara Suyu en su devenir en el Tiempo. | Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia
Un Taller de Historia Oral forma en técnicas de historiografía y paleográficas a jefes de 10 naciones, lo que les ha permitido publicar investigaciones en el Anuario del Archivo y Bibliotecas Nacionales y un libro propio sobre su historia.
El líder de la nación Yampara, Humberto Guarayo (Yamparáez, Chuquisaca, 34 años), ha pasado la mayor parte de sus últimos años en oficinas. En las del Instituto de Reforma Agraria de Bolivia, presentando documentos para que sean reconocidas las tierras comunitarias de origen de su pueblo; en las de la Comisión de Autonomías, para que Yampara sea reconocida en el estatuto autonómico del departamento de Chuquisaca; o en las del Órgano Electoral, para que les permitan tener representación en la Asamblea Departamental. Decidió, cuando era adolescente y tras escuchar los cabildos de su comunidad, dejar el valle interandino y estudiar Derecho en la ciudad. Es la carrera que más le ayuda a velar por los intereses de su nación: “Lo primero era preguntarnos quiénes somos; de ahí parte la búsqueda de nuestro origen histórico”, expresa.
Guarayo es uno de los jefes indígenas de 10 pueblos de Bolivia que ha sido formado en paleografía y en técnicas de historiografía en el Taller de Memoria Oral. La idea original del programa consistía en que investigadores del Archivo y Bibliotecas Nacionales de Bolivia (ABNB) recogieran relatos sobre el origen de las comunidades que no están presentes en los gigantescos catálogos de la institución porque han sido transmitidos por la tradición oral. Ya en las reuniones con los vecinos para llevar adelante el proyecto, estos pidieron que fueran ellos mismos quienes se encargaran del trabajo. El taller pasó de ser investigativo a formativo.
“He visto una forma de reivindicación para que mi nación sea reconocida por el Estado en otro campo de lucha: el académico. En ese mundo nos consideran solo como objeto de estudio, nunca escribíamos nuestra historia, pero hoy hemos tomado la palabra”, dice Guarayo a EL PAÍS desde su oficina en la Asamblea Departamental de Chuquisaca. Es, desde el pasado mes de mayo, el primer legislador de la nación Yampara, un puesto que, por resolución constitucional, le pertenece permanentemente a este pueblo indígena y que es elegido por sus propias normas y procedimientos. Se trata de un derecho que conquistó el mismo Guarayo a costa de dejar hace 18 años la vida junto a los suyos en la comuna para marchar a Sucre, capital del departamento y del país, a unos 40 kilómetros de su natal Yamparáez.
Ya no suele vestir su usual poncho de líneas oscuras sobre fondo rojo —la textilería es una de las prácticas milenarias más destacadas de los yampara— con el casco de cuero y la pequeña bolsa para guardar la coca, a la que llaman chuspa en quechua. Los ha cambiado por la camisa y el traje formal. “Me decían disfrazado cuando me vestía típicamente, pero es para dar visibilidad”. Con ese traje asistió a la ceremonia en la que le entregaron su certificado de paleógrafo. El curso le permitió, a él y a los otros caciques formados en el taller desde 2017, publicar investigaciones en el Anuario de Estudios Archivísticos y Bibliográficos del ABNB y hasta un libro propio sobre su historia: Yampara Suyu (2017).
Los primeros textos pasaban por la mano de edición de los historiadores, pero los más recientes están escritos íntegramente por los indígenas, como cuenta el director del ABNB y fundador del programa, Máximo Pacheco. “Inicialmente me creían un poco loco cuando les dije que les íbamos a dar cursos de paleografía a los yampara. Los archiveros tienen a la paleografía como un conocimiento muy exquisito, muy propio de ellos”, recuerda Pacheco. Pero, con el tiempo, el interés y la habilidad de los nativos disiparon cualquier duda: “Había niños de 14 años que leían textos del siglo XVII de corrido. Ojalá hayan continuado, porque la paleografía es como un idioma: necesita práctica”.
Cuando el personal del ABNB asistía a las asambleas de las naciones originarias, les entregaban una lista de intereses en la que, junto a la autodeterminación, el saneamiento básico y recuperar tierras de origen, también se incluía conocer su historia. “Es muy intenso el sentimiento de pertenencia, por eso les importa escribir su memoria”, infiere Pacheco. Juan Maraza (65 años, Challapata, Oruro), referente de la nación altiplánica Qaqachaca, es testimonio vivo de la sentencia de Pacheco.
Maraza sabe explicar minuciosamente cualquier detalle de su pueblo. Que se formó a partir de los campesinos que escaparon de la hacienda colonial —muchos de ellos desde el Perú—, que su cosmovisión, basada en la reciprocidad y complementariedad con la naturaleza, “está intacta”, y hasta enumera una serie de personajes históricos que pasaron por sus territorios, entre los que está el libertador Simón Bolívar. A diferencia de Guarayo, decidió dirigir a su comunidad desde el terreno; se dedica a sus llamas y a sus chacras de papa y haba. Está en Sucre buscando reabrir el mercado en el que anteriormente él y sus compatriotas vendían mantas, ponchos o chuspas elaborados con saturados tintes naturales provenientes de las plantas lampaya y tola o de insectos como la cochinilla.
Maraza reunió a los productores en una asociación, Artesanos Para Seguir Unidos (APSU), uno de los métodos para sostener económicamente a la nación junto con el turismo. “Mostramos a los visitantes nuestra forma de vivir, con nuestros gobernantes e instituciones, que son diferentes a los de la ciudad. Por ejemplo, de las 150 familias que vivimos en Livichuco, muy pocos llegan a la Fiscalía o los juzgados; tenemos nuestro propio método de justicia, más rápido y eficiente”. Escudriñando documentos coloniales, como expedientes judiciales y censos tributarios llamados revisitas, y entrevistando a los ancianos, Maraza descubrió que esas prácticas eran anteriores incluso al imperio inca.












