La última corazonada

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Horas antes de expirar, Julia Urquidi Illanes, primera esposa cochabambina del ahora Nobel de Literatura, recuperó el ánimo, sonrió por última vez y les dijo a sus parientes y amigos que rodeaban su lecho: “Mario se merece el Nobel, pero se lo darán después de mi muerte”.

Cuando el Premio Nobel de Literatura era todavía una posibilidad hipotética para Vargas Llosa, en la Feria del Libro (La Paz, 21/VIII/ 2010) comenté la segunda edición de lo que Varguitas no dijo, de Julia Urquidi. Los editores me habían invitado porque se enteraron que, de alguna manera, estuve en los tramos germinales de “La tía Julia y el escribidor”, de Vargas Llosa, y en los inicios de su secuela más relevante, y porque, además, la recordada tía de la ficción, tía de su segundo marido y tía de la actual esposa de éste, era tía, también, de Sandra Urquidi Collins, madre de mis mellizos Mateo y Nicolás.

Primer tiempo

En el exilio limeño de 1972, repartía mi jornada laboral entre Caretas y Reuter-Latin, que me había encomendado entrevistar “a fondo” a Mario Vargas Llosa, acerca del proceso creador de su obra. En ese tiempo cultivaba cara amistad con César Hildebrandt en la redacción de la revista dirigida por Enrique Zileri. Le comenté el encargo de la agencia inglesa. “Me parece bien”, dijo, “vamos juntos, tengo una entrevista pendiente con él”, y se encargó de fijar día, hora y lugar. Por entonces, Hildebrandt era l’infant terrible del periodismo y, a sus 24 años, uno de los pocos entrevistadores capaces de sostener un mano a mano con el consagrado escritor arequipeño.

Fue un privilegio, realmente, alternar con los dos números uno de la narrativa y del periodismo peruanos del siglo XX. Visitamos a Vargas Llosa en su departamento de Barranco. Cuando le pregunté en qué estaba, dijo estar hilvanando una novela sobre “un subgénero literario, el radioteatro”, desde la angustia existencial de un personaje dedicado, hasta la locura, a escribir libretos, y como quien no quiere abundar sobre una temática menor y escabrosa -era tal su depreciación- se refirió a algo que le era más gratificante: “Si se me fuera dado vivir sólo para escribir, yo podría vivir treinta años… sólo escribiendo”. Tantas eran las vivencias y fantasías suyas, sus “demonios” en lista de espera. Porque no era del caso entrar en detalles sobre una obra embrionaria o porque él denotó desdén por el radioteatro y sus autores, o por ambas cosas, cometí una omisión involuntaria: no pedirle que hable un poco más de su trabajo en ciernes. Es que Vargas Llosa se estaba refiriendo nada menos que a La tía Julia y el escribidor. Él no sabía que yo era boliviano, yo ignoraba que los personajes inspiradores, y protagonistas de su nueva ficción, eran compatriotas míos: Julia Urquidi, su ex esposa y gestora literaria en sus comienzos, y Raúl Salmón, conocido radialista y dramaturgo paceño. De lo contrario, es claro, hubiera insistido en el tema. No funcionó mi mitad femenina, nula fue mi intuición.

Segundo tiempo

En la primavera del 77 se publicó La tía Julia y el escribidor. Yo estaba en La Paz, de vuelta del exilio. El efecto de la novela ya se hacía sentir en Bolivia. Humberto Vacaflor me pidió entonces colaborar en un programa de radio. Fresca estaba en mi memoria la entrevista al autor de La Casa Verde, de modo que me propuse visitar a los dos personajes centrales de La tia Julia… y a su autor. Raúl Salmón dirigía Radio Nueva América, estaba a la mano; Julia Urquidi, lo propio, trabajaba en el despacho de la Primera Dama; Vargas Llosa residía entonces en España y no era difícil ubicarlo y pedirle me diga lo que no me dijo años atrás.

De esta manera conocí a la más reputada tía de la narrativa latinoamericana, equiparable, literariamente hablando, a sus pares de La cabaña del tío Tom (Beecher Stowe) y de El tío Vania (Chejov). La entrevisté. Hice lo mismo con Salmón, ubiqué a Vargas Llosa en Barcelona y lo reporteé por teléfono. Raúl Salmón iniciaba así, con la ira sublevada, su defensa y ataque: “En Lima yo era un autor importado, él era un don Nadie. Es un maricón en forma y fondo, mente y espíritu”. Vargas Llosa no dijo más de lo que ya había dicho a propósito: “El escribidor (personaje co-protagónico del relato), sólo tiene alguna semejanza con Salmón. Él no tiene por qué sentirse ofendido, su nombre no figura ni por asomo”. Puso énfasis en lo que consideraba fundamental: la obra encajaba en la ficción literaria, y en que todo empezaba y terminaba ahí: “El Pedro Camacho de la novela, si bien inspirado en Salmón, finalmente, es un producto de mi imaginación”, reiteró.

Al empezar la entrevista le expresé a Julia Urquidi mi asombro por el perfeccionismo literario de su ex marido. Le dije que aquella noche, en Barranco, él decía que cuando uno se empantana, y no puede resolver la continuidad narrativa, lo mejor era “tomarse un buen trago, echar al fuego lo avanzado, dormir bien, darse una buena ducha y empezar de cero al día siguiente”; le conté que esa noche nos tomamos unos buenos tragos y Vargas Llosa iba a echar al fuego de la chimenea una buena cantidad de magmas (como él llamaba a sus manuscritos) de La tía Julia y el escribidor.

“Mario siempre fue así”, comentó Julia, “¿por qué crees que me cedió de por vida los derechos de La ciudad y los perros?”, me preguntó y, sin esperar respuesta: “Porque yo copié a máquina cinco veces los manuscritos de esa novela; a la quinta recién la publicó, con ella se hizo de su primer gran premio”, el de la Biblioteca Breve de Seix Barral. Más que de “su rol” en la obra de Vargas Llosa, la aún atractiva y vivaz Rota, lamentaba el ridículo papel que su ex marido “recreaba perversamente” a costa de Raúl Salmón. “Con sus exageraciones, mentiras y tergiversaciones, la parte mía corresponde a la porción de realidad-real de esta novela, sin duda, la menos feliz de Varguitas hasta ahora, quizás porque es, también, la más flagrantemente autobiográfica”, argumentó. “Me irrita que haya explotado comercialmente una relación familiar, pero lo que hizo con Salmón no tiene nombre”, reiteró.

Nada presagiaba el escándalo que iba a desatar años después la versión telenovelada de la obra, ni que a raíz de ella Julia Urquidi, asistida por Carlos D. Mesa, iba a decir en su obra testimonial lo que no dijo MVLl, autor del más grande e insólito amor jamás vivido por una prima-tía-esposa, y del más grande suplicio marital jamás contado de puño y letra. Esa tarde, al oírle hablar con más paz que odio en el espíritu y desde una frescura cautivante y coqueta, dirigí mis apremios a su segunda servidumbre -después del amor-, la literatura, lo que hoy me permite especular: Julia Urquidi no fue sólo el impulso vital de la novelística temprana de Vargas Llosa, sino que su pasión fue sacrificial: en aras de ese amor por las letras y por su marido escritor, quién sabe, postergó su propia producción literaria.

Tiempo complementario

Lectora de obras escogidas desde su niñez: novelas (Vargas Vila, Gustave Flaubert, Nataniel Aguirre; cuentos (Allan Poe, Horacio Quiroga); poesía (César Vallejo, Ana Inés de la Cruz, Adela Zamudio, Gustavo Adolfo Becquer, Franz Tamayo), sentía, además, amor maternal por el joven Javier Heraud; al igual que Borges, reivindicaba a Ricardo Jaimes Freyre y amaba la música, la pintura: se quedaba extasiada ante un cuadro del Greco. Ergo: Julia Urquidi encontró en Vargas Llosa, así sea agarrándose de los pelos y muertos de celos mutuos o haciendo el amor animalmente, la posibilidad de aprender y crecer, literariamente. Ella lo tenía claro: “Nuestra relación comenzó discutiendo sobre literatura, punto en el que siempre mantuve mi criterio a salvo de cualquier influencia y nunca (MVLl) me lo pudo cambiar.

Ignoramos cuál era su criterio, pero sus ideas literarias le sirvieron para compartir veladas apasionantes en su casa parisina con fi guras cumbres de la novelística de los 60 e íntimos de Vargas Llosa: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Miguel Ángel Asturias, entre otros, o cultivar estrecha amistad con otra amante de las letras: Celia de la Serna, madre de Ernesto Che Guevara, durante los tres meses que ella estuvo alojada en su casa, allá por el 62.

Dicen que al pasar los años la pareja se hace afín, cómplice, tiende igualarse el uno con la otra y viceversa, a tener lugares comunes: desde hablar igual a pensar parecido, desde el gusto por las películas al disfrute de los placeres hedónicos, desde las amistades selectas a los viajes, desde las maneras de redactar cartas hasta la forma de escribir. Este fue el caso de los Vargas-Urquidi en nueve años de matrimonio, digo yo, y arriesgo: si leemos con atención el capítulo XVIII (págs. 215 a 227) de Lo que Varguitas no dijo (el más logrado del testimonio escrito en 1983), el estilo, la prosa directa, la descripción de lugares, peripecias y personajes, las digresiones reflexivas, tienen un símil narrativo con buena parte de Travesuras de la niña mala, la novela más ligth de Vargas Llosa.

Como para no caer en la ucronía, recurrencia que en literatura remite a preguntarse cómo habría sido la historia si los hechos se hubieran dado de una manera diferente, es decir, especular sobre lo que pudo haber sido y no fue. Preguntarse, por ejemplo, ¿qué hubiera sido de Julia Urquidi Illanes si el Jet Boeing 707 de la ruta París-Nueva York-México caía en tierra la noche del 15 de octubre de 1962, cargando con la vida de sus 10 tripulantes y 130 pasajeros, entre estos, Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, flamante ganador del Premio Biblioteca. Breve. ¿Qué hubiera sido de la vida de éste si Hilda Gadea, primera esposa del Che -alojada en casa de la pareja en París-, días después del susto del avión no hubiera reparado en la espasmódica respiración de Julia en su dormitorio, tras ingerir un frasco de somníferos para ponerle fin a una vida oscilante entre el cielo y el infierno? Quienes gozaron de su amistad, de seguro dirían que hoy, a un año de su partida, la inefable y querida tía Julia -enemiga de los homenajes post mortem- preferiría que de una vez sirvieran un vino que llena la boca, para sumergirnos en las aguas profundas de la poesía y de la novela y de la música y de la pintura o de la santa-puta-vida que nos tocó vivir, dejando, así sea por única vez fuera de su vida y de su muerte a Mario Vargas Llosa…

“Y ¡Santas Pascuas!”.