Adolfo Suárez, el coraje de un desclasado

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No fue el primer presidente de la democracia española. Fue primero, tan sólo, el presidente del Rey. Fue el Rey su apoyador y su cómplice mientras la estrella de Suárez brilló, vigilada siempre por los densos nubarrones de la insidia. Fue el Rey quien tomó sobre sus anchas espaldas la pesada carga de aquel nombramiento que no fue comprendido ni saludado por nadie. Y es que para la inmensa mayoría de aquella clase política, trufada de franquistas y nostálgicos vergonzantes de cortesanos vicios monárquicos, Adolfo Suárez era eso: nadie. Ni siquiera un don nadie, porque enseguida Suárez empezaría a mostrar un desclasamiento del que siempre se sintió orgulloso. Huyó, sin embargo, del populismo de la derecha inútilmente empeñada en maquillar sus orígenes. Él no necesitaba de esos afeites con el que se embadurnaban a una velocidad patética los otros. Sencillamente porque él no era de ellos, nunca fue seducido por ellos y por eso ellos le odiaban silenciosamente. O no tan silenciosamente…

Le negaban la paz en la misa. Ése sería el primer aviso, una experiencia que él vivía con tranquilidad aparente pero con un profundo desgarro interior, pues era para él una insoportable paradoja que la propuesta pacificadora que defendía no fuera aceptada por quienes le manifestaban tan agresivamente su odio. Un odio que compartió, en insobornable solidaridad, con el cardenal Tarancón, aquella solitaria luz de la jerarquía católica con el que mantuvo una complicidad que alentaba sus decisiones más difíciles y que le proporcionaba la paz de la conciencia que las fuerzas oscuras siempre le negaron. Una paz que Suárez necesitaba: era condición imprescindible y exigente para su acción política vivir en paz con su conciencia, pues es una persona de profundas convicciones religiosas.

Tras ganar las primeras elecciones democráticas siguió siendo el Rey su apoyador y su cómplice. Pero ya no tanto, ya no siempre. Aquellas minas antipersona que colocaban ante Suárez todos los sectores de su propio partido también hicieron mella en las espaldas del Rey. La conspiración militar que Suárez no pudo conjurar a tiempo con su dramática dimisión hizo el resto. La peligrosa cuestión territorial, el empecinamiento en poner en pie la España de las autonomías, le hizo un daño irreversible. Más daño, incluso, que la legalización del Partido Comunista, aquella decisión que construyó una amistad con Santiago Carrillo a prueba del tiempo y de las interesadas flaquezas de la memoria. Hoy es la izquierda la que mantiene la memoria viva de aquel tahúr del Misisipi que tanta complicidad mostró siempre a esa izquierda desde su condición, nunca traicionada, de desclasado blindado de coraje.

El País Semanal Nº 1.641, España, 9 de marzo de 2008.