El Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, la alianza para contener a China

Alex Santos Roldán | Diario Red
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Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD),

La creación de una “OTAN asiática” se ve impedida por el choque de intereses entre sus posibles miembros y la urgencia de otros escenarios geopolíticos.

La contención de Rusia recae sobre la alianza de 32 Estados a uno y otro lado del Océano Atlántico. Desde el Mar Negro hasta el Oceáno Ártico, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se asegura de garantizar la hegemonía estadounidense a costa de debilitar la posición de uno de sus máximos rivales sistémicos. Esa misma lógica se pretendía aplicar en Oriente Medio para la contención de Irán antes de los ataques del 7 de octubre de 2023 y el inicio del genocidio en Gaza.

No existe un equivalente en el Pacífico. China, la verdadera amenaza, no tiene ante sí ninguna alianza militar que la contenga. Y es que, con las nuevas prioridades geopolíticas de la administración Trump – Oriente Medio y América Latina -, el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD por la traducción en inglés), lo más cercano que tenía Washington a una “OTAN asiática”, pende de un hilo.

Alerta temprana

El gigante se había despertado. Tras más de un siglo de humillaciones y miseria, China regresaba al tablero internacional por lo más alto. La Organización Mundial del Comercio (OMC) admitió al gigante asiático entre sus miembros a principios de siglo, allanando el camino a la “conquista comercial” del mundo. Pronto, el capital y los productos chinos se esparcieron por todos los rincones del globo, al mismo tiempo que se daban los primeros pasos de la Cuarta Revolución Industrial y el Ejército Popular de Liberación (EPL) iniciaba su proceso de modernización.

Nada de esto pasó desapercibido. Simplemente, no había consenso sobre sus implicaciones geopolíticas. ¿Pekín terminaría integrándose en el orden unipolar encabezado por Estados Unidos?, ¿Merecía la pena enfrentarse a un socio comercial tan relevante?, ¿Cuáles eran las intenciones reales del gigante asiático?… Las incógnitas mantuvieron a gran parte del tablero internacional quieto. Expectante ante los enigmáticos movimientos de China. Sin embargo, había un hombre que parecía tener claro cuáles eran las intenciones de Pekín: Shinzo Abe, exprimer ministro de Japón.

Tokio corría el riesgo de encontrarse solo y debilitado frente al gigante asiático. Mientras China crecía a un ritmo cercano al 10%, la economía nipona seguía estancada. El gallo joven amenazaba con sacar del corral al viejo. Pekín estaba avanzando a marchas forzadas en áreas clave para la política exterior japonesa, como la influencia sobre el Sudeste Asiático, el control de las aguas del Pacífico occidental o la importación de combustibles fósiles desde Oriente Medio. Todo, al tiempo que ambas naciones mantienen hasta el día de hoy un litigio por la soberanía de las islas Senkaku.

Frente a ello, Abe apostó por un cambio de paradigma estratégico. Japón debía ampliar las miras si quería competir con la nueva China. La “batalla” se debía librar desde las costas de Ormuz hasta el Mar del Sur de China. Una visión que requería de un ingrediente fundamental: aliados. Y es que, con este giro estratégico, Tokio estaba interpelando directamente a Washington, Canberra y Nueva Delhi.

Pese a ello, el temor nipón quedaba aún confinado a Asia Oriental. La prioridad internacional de la administración de George Bush se encontraba en Irak y Afganistán. En los pasillos de La Casa Blanca aún se creía en la posibilidad de una integración de China en el sistema hegemónico estadounidense. India, por su parte, se hallaba reluctante ante un movimiento que podría ser interpretado como un desafío abierto por Pekín. Y Australia directamente torpedeó la iniciativa. Teniendo a China como principal socio comercial y con un sinólogo como Kevin Rudd de primer ministro, Canberra se desmarcó totalmente. Un hecho que marcó el fin temporal de la QUAD.

El resurgimiento del Indopacífico

Una década después, China estaba en boga. Las advertencias de Shinzo Abe, se estaban haciendo realidad. Y en Estados Unidos, un candidato outsider había conquistado el Despacho Oval cargando sistemáticamente contra el ascenso del gigante asiático. La QUAD “resucitó”. La nueva coyuntura hizo decantarse a la India y a Australia por explorar la posibilidad de la conformación de un bloque regional anti-chino.

Con ello, el concepto de Indopacífico, pasó a regir los planteamientos estratégicos del Pentágono. En cuestión de 1 año, el centro de gravedad de la política exterior norteamericana viró bruscamente hacia Asia. Washington inició una guerra comercial con Pekín, abandonó el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y rebautizó el Comando del Pacífico como el Comando del Indopacífico para avanzar en la integración de Nueva Delhi en el esquema securitario estadounidense.

Pese a las diferencias ideológicas con Trump, tanto Canberra como Tokio secundaron la nueva apuesta estratégica de Washington. La proliferación de casos de interferencia política china hizo que Australia lanzara una ofensiva legislativa destinada a contener la influencia política y económica del gigante asiático en el país. Una política que tuvo su punto álgido con la exclusión de Huawei del desarrollo de las redes de 5G nacionales.

Japón, por su parte, puso el acento en el ejército. Shinzo Abe, secundado por el respaldo norteamericano a sus tesis geopolíticas, aceleró la normalización militar. Sin eliminar el pacifismo de la constitución, las Fuerzas de Autodefensa experimentaron un aumento presupuestario que les permitió desarrollar sus capacidades aeronavales y plantearse responder militarmente ante una eventual crisis en el Mar de la China Oriental.

La única reticencia la planteó la India. Los enfrentamientos entre tropas chinas e indias en los territorios disputados del Himalaya y la creciente influencia de Pekín en los países vecinos hizo que el gobierno de Nueva Delhi aceptase el marco del “Indopacífico”. Ahora bien. El surgimiento de China como un competidor estructural no desplazó la que siempre ha sido la principal preocupación estratégica india: el mantenimiento de la autonomía. El país se alineó paulatinamente con Occidente, pero no al ritmo esperado en el Despacho Oval.

¿Hacía la muerte de la QUAD?

El ritmo. Ese fue siempre el mayor problema de la QUAD. Estados Unidos, Japón y Australia aceleraban la competición con China, pero la India mantenía el “freno de mano” puesto. Y el tiempo se acababa. La pandemia del Covid-19 apresuró el litigio. Estados Unidos se tambaleaba por la mala gestión trumpista de la crisis sanitaria y la lucha entre el Partido Demócrata y el movimiento “Make America Great Again”. Mientras, China marcaba músculo al poder controlar la pandemia y desplegaba su fortaleza económica con vistas a la conquista de Taiwán.

Pisar el acelerador era cuestión de vida o muerte. Pese a la cruenta disputa ideológica entre demócratas y republicanos, la administración de Joe Biden tomó el testigo de la de Trump en todo lo relacionado a la QUAD. Con Biden, la alianza se institucionalizó y traspasó el marco militar. Era la era del decoupling, el momento de hacer que las cadenas de suministro estratégicas fueran independientes del gigante asiático. La lucha geopolítica iba a toda máquina. Una cadencia que no tardaría en hacer temblar los engranajes de la QUAD.

La alianza no tardó en demostrar sus límites. Ante la invasión rusa de Ucrania, la India hizo valer su autonomía estratégica y no sólo rechazó condenar la acción del Kremlin, sinó que reforzó los lazos económicos con Moscú. Ello inició un paulatino proceso de alejamiento que culminó con las tensiones entre ambos países en el contexto de la reactivación de la guerra comercial efectuada por la segunda administración de Donald Trump. Nueva Delhi ha dejado claro que no será un socio sumiso; invalidando por ende su participación en la coalición.

Pero la India no ha sido el único país afectado por la aceleración de los ritmos geopolíticos. El asesinato de Shinzo Abe dejó al concepto del Indopacífico huérfano. Una orfandad que dejó indefenso al proyecto ante la emergencia de nuevos retos como la contención de la inflación y los problemas internos del Partido Liberal Democrático (PLD). Así, pese a la institucionalización del enfrentamiento con China y el fin definitivo del pacifismo, Tokio ha tenido que renunciar de facto a la sobreextensión de sus capacidades.

La coalición se estaba desmoronando y Estados Unidos no pensaba perder el tiempo tratando de contener dicho proceso. Paradójicamente, la propia administración Biden puso los primeros clavos en el ataúd. Si aspirar a contener a Pekín en la totalidad de Asia era una utopía, Washington se concentraría en escenarios concretos. De este modo se acabaría asignando a cada aliado un rol específico sin necesidad de establecer un marco multilateral. Filipinas para la disputa en el Mar del Sur de China, Corea del Sur y Taiwán para la competición por los semiconductores y así sucesivamente.

El sueño de Shinzo Abe se encontraba en “muerte cerebral” cuando la geopolítica volvió a pisar el acelerador. Los ataques del 7 de octubre de 2023 y la consecuente reacción israelí han creado una constante crisis en Oriente Medio que ha drenado gran parte de los recursos norteamericanos. Al mismo tiempo, el resurgimiento de la Doctrina Monroe con Trump también limita las capacidades estadounidenses en el Pacífico. Sin la India, con Japón en un segundo plano y con Estados Unidos teniendo otras prioridades… en los pasillos de Washington corre la siguiente pregunta: ¿merece la pena intentar crear una “OTAN asiática”?


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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