El estrecho de Florida, clave en los planes de Trump en Cuba

Descifrando la Guerra
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La renovada campaña de acoso y derribo de Donald Trump contra Cuba tiene una explicación esencialmente política. La influencia de Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, figura históricamente asociada al lobby cubano-estadounidense anticomunista de Florida, y la necesidad del movimiento MAGA de lograr una victoria militar antes de las elecciones mid-term explican, a grandes rasgos, las agresiones.

Pero también existen factores geoestratégicos, como el estrecho de Florida, que condicionan las decisiones de la Casa Blanca. Lo cierto es que el interés estadounidense en Cuba se remonta a antes de Trump, incluso a bastante antes de la revolución socialista en la isla.

Cuba siempre ha sido relevante para la proyección imperial estadounidense, fundamentalmente por un rasgo intrínseco al territorio, y no tanto a su política de Estado: su geografía.

El estrecho de Florida, siempre en la mira

Durante el siglo XIX, la arquitectura de seguridad del incipiente imperialismo estadounidense estuvo condicionada por la presencia de potencias europeas en el Atlántico occidental y el Caribe.

Entre todas ellas, Cuba ocupó un lugar singular debido a su posición geográfica. Situada entre el golfo de México y el océano Atlántico, a apenas 150 kilómetros de la actual ciudad insular de Cayo Hueso, la isla da acceso a uno de los pasos marítimos más importantes del hemisferio: el estrecho de Florida.

Esta vía, complementada por el canal de Yucatán, constituye la salida natural de los barcos que navegan desde la cuenca del Mississippi hacia los mercados internacionales.

Tras la compra de Luisiana en 1803, Estados Unidos obtuvo el control de un vasto sistema fluvial articulado en torno a los ríos Mississippi, Missouri y Ohio. Esta red permitió integrar económicamente el interior del país y convirtió a Nueva Orleans en el principal puerto de exportación de productos agrícolas.

Pero la prosperidad derivada del capitalismo norteamericano centrado en la exportación agrícola dependía de que las rutas marítimas permanecieran abiertas. Cualquier potencia capaz de controlar los accesos al golfo de México podía amenazar el comercio estadounidense.

Ya en 1890, en un libro titulado La Influencia del Poder Marítimo en la Historia, el estadounidense Alfred Thayer Mahan advirtió sobre la centralidad del control del golfo de México para la proyección global del poder de Washington.

Según su enfoque, recuperado más de un siglo después por el movimiento MAGA, Estados Unidos necesitaba controlar tres cuellos de botella en su vecindario inmediato: el canal de Yucatán, entre Cuba y México, el estrecho de Florida y el canal de Panamá, entonces conocido como el canal ístmico.

En ese contexto, Cuba adquirió una importancia estratégica extraordinaria. Mientras España conservó la isla, junto con Florida y otros territorios caribeños, mantuvo una posición privilegiada para influir sobre las comunicaciones marítimas de Estados Unidos.

Aunque el debilitamiento del Imperio español redujo su capacidad militar, Washington temía que otra potencia europea, especialmente Gran Bretaña o, más tarde, Alemania, utilizara Cuba como base naval para bloquear el estrecho de Florida o proyectar fuerza sobre Nueva Orleans.

La preocupación estadounidense aumentó a medida que España perdía poder. Una Cuba débil pero ubicada en una posición estratégica podía convertirse en una plataforma para cualquier rival extrarregional.

Por ello, la guerra hispano-estadounidense de 1898 tuvo una dimensión geopolítica que trascendía la propia isla. La victoria estadounidense permitió eliminar la última presencia imperial significativa en la entrada del golfo de México y garantizar el control indirecto de los pasos marítimos entre Cuba y Florida.

Durante la primera mitad del siglo XX, Washington mantuvo una estrecha influencia sobre la isla y logró impedir que actores externos aprovecharan su ubicación. El éxito de la Revolución Cubana de 1959 y la posterior alianza entre Cuba y la Unión Soviética alteró este equilibrio. La crisis de los misiles de 1962 confirmó hasta qué punto el control del estrecho de Florida seguía siendo una cuestión esencial para Washington.

Tras la derrota soviética en la Guerra Fría, Cuba dejó de ser percibida como una amenaza estratégica prioritaria, pero el temor en algunos segmentos de la política estadounidense por no controlar el crucial estrecho de Florida nunca se disipó por completo.

En la actualidad, en el marco del repliegue hemisférico trumpista, y en franca coherencia con la estrategia de expulsión de China de América Latina, la presión estadounidense sobre el país socialista se ha incrementado… y este paso marítimo tiene mucho que ver.

El estrecho, hoy… y mañana

El estrecho de Florida es inmediatamente relevante para los planes económicos trumpistas por ser una de las dos salidas marítimas del golfo de México, que Trump ha pretendido renombrar como golfo de Estados Unidos.

Esta colosal masa de agua desempeña un papel fundamental en el sistema energético, comercial y alimentario de Estados Unidos, entre otras cosas porque concentra alrededor de la mitad de la capacidad nacional de refinación de petróleo y procesamiento de gas natural.

A su vez, las aguas del golfo de México son responsables directas de aproximadamente el 40% de los productos pesqueros consumidos en el propio Estados Unidos y de buena parte de su perforación petrolera marina, que produce más de 650 millones de barriles de crudo al año.

Además, las costas cubanas del estrecho de Florida podrían albergar interesantes reservas energéticas. El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula que la Cuenca Norte de Cuba contiene importantes recursos energéticos aún sin descubrir: alrededor de 4.100 millones de barriles de petróleo y 13,3 billones de pies cúbicos de gas natural. La mayor parte de estas reservas potenciales se localizaría en áreas marítimas situadas frente a la costa cubana.

En cualquier caso, Estados Unidos no tiene una urgencia inmediata objetiva por controlar Cuba ni el estrecho de Florida. Puede hacer uso de esta vía marítima a placer y, hasta la fecha, ha podido emplear sin mayores complicaciones el golfo de México. El motivo geoestratégico de una agresión contra Cuba, con el estrecho de Florida y el canal de Yucatán en el foco, no sería inmediato, sino futuro.

Controlar la isla supondría una garantía para la proyección de poder hemisférico de Estados Unidos, asegurándose de que en un futuro ni China ni ningún otro gran jugador que desafíe la hegemonía estadounidense pueda pretender valerse del territorio cubano para presionar la economía estadounidense.

En otras palabras: dominar el estrecho de Florida hoy significa asegurarse que, en el futuro, ningún actor hostil puede usar este cuello de botella en su contra, tal como está haciendo Irán en Ormuz o los hutíes en Bab Al-Mandeb.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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