Haití, ¿fuera de la trampa de Tucídides?

Antonio Jesús Pinto Tortosa | Descifrando la Guerra
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En un mundo que intenta sentirse más seguro recurriendo a la inversión en armas, generando un clima global de inseguridad que conduce al miedo y que, de manera irremediable, nos sume a todos en la conocida como “trampa de Tucídides”: ¿dónde queda Haití?

Dos desgraciados sucesos concernientes a Haití han pasado prácticamente desapercibidos en las últimas semanas. Por orden cronológico, en primer lugar, a finales de marzo se notificó una matanza de hasta 70 personas, además de 30 heridos, en el departamento de Artibonite, causadas por el ataque de las bandas Gran Grif y Viv Ansanm.

En los dos casos se tratan, en realidad, de grandes confederaciones de otras bandas de menor tamaño, que han capitalizado la vida civil de la población haitiana desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse el 7 de julio de 2021, hace ya casi cinco años.

También ambas han sido declaradas como organizaciones terroristas por el Departamento de Estado de Estados Unidos, lo cual en los últimos tiempos es casi una garantía plena de una inminente intervención militar por el vecino del norte.

En segundo lugar, apenas dos semanas más tarde, se producía una estampida humana, en el marco de un evento turístico ligado a las celebraciones de Semana Santa, en las proximidades de la ciudadela de Laferrière, al sur de Cap Haïtien, antigua capital de la Provincia del Norte del País, provocando alrededor de 30 fallecidos.

Quizá cabría preguntarse sobre las motivaciones que podrían haber llevado a un grupo de jóvenes, aparentemente turistas, a participar en un evento de tales características en Haití, país sumido en el caos y la violencia desde hace cinco años.

Sin embargo, lo que más llama la atención es la proximidad temporal entre estos dos acontecimientos y otro no menos significativo: la retirada, a finales de ese mismo mes, de las fuerzas especiales que Kenia había desplegado en el Estado haitiano en el marco de la Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad local.

En efecto, los últimos 150 agentes fueron despedidos en una ceremonia en el aeropuerto de Toussaint Louverture, en Puerto Príncipe, en un clima que contrastaba con el panorama desolador que dejaban atrás, a cuya calma no han contribuido en absoluto. A la vista de los acontecimientos, y considerando sobre todo este último, la pregunta parece obligada: ¿se retiran las fuerzas keniatas porque Haití es un lugar más seguro?

Haití tras la intervención extranjera

La respuesta, a la par, no puede ser más contundente: no. De hecho, tan solo entre el 1 de marzo de 2025 y el 15 de enero de 2026 las muertes violentas en Haití habían aumentado en 5.500, fruto de los conflictos entre las bandas armadas, y de los choques entre estas y las diferentes fuerzas extranjeras presentes en el país.

Así se explica que, al tiempo que los efectivos de Kenia volaban de regreso a Nairobi, varios países africanos alineados con Estados Unidos, entre los cuales se ha destacado Chad, hayan anunciado la remisión de otros 1.500 soldados más a suelo haitiano, que deberían sumarse a los 400 militares que ya se encuentran desplegados allí.

Asistimos, pues, a la imagen desamparada de un Estado inexistente, incapaz de lo más básico en términos weberianos: esto es, ejercer el monopolio del uso de la violencia para restablecer algún tipo de orden interno dentro de sus fronteras. Tal es así que, de no existir la presencia extranjera, las armas institucionales del Estado para cumplir este objetivo serían insuficientes.

Ahora bien, tampoco la presencia de fuerzas extranjeras es la panacea, ni mucho menos, para pacificar el país y generar las condiciones para celebrar unas nuevas elecciones presidenciales. Esa, al menos, era la función del Consejo de Presidencia instaurado en la primavera de 2024 tras la renuncia del presidente en funciones, Ariel Henry.

No obstante, este mismo organismo se disolvió a principios de febrero de 2026, invistiendo como presidente a Alix Didier Fils-Aimé, que ya era primer ministro, y que se ha convertido en la única figura referente de un poder ejecutivo sin capacidad real de acción.

En el momento del trasvase de poder, tanto el Consejo saliente como el recién proclamado Fils-Aimé anunciaron que la convocatoria de elecciones presidenciales era inminente, sin que de momento se vislumbre una fecha en el futuro próximo.

De nuevo, la política interna haitiana parece entrar en una fase de moratoria perpetua, que aleja al país de la agenda de las grandes potencias, simplemente porque todas dan por supuesto que el caos reinante en aquel territorio se ha convertido en una suerte de estructura inamovible contra la que es inútil luchar.

Y es que las bandas siguen controlando la capital, los distritos clave del país y también las principales rutas comerciales, de modo que se han constituido en una suerte de “Estado dentro del Estado”, incapaces de ser subyugadas por unas tropas extranjeras que desconocen el terreno y la idiosincrasia local.

Es más: puede concluirse que la intervención de fuerzas foráneas en el escenario haitiano no ha hecho sino empeorar las condiciones de vida de la población civil, convirtiendo algunos distritos y regiones en un campo de batalla que absorbe y elimina cuanto encuentra a su paso.

Es preciso aclarar que desde aquí se rechaza la aberración que supone el reclutamiento forzoso de civiles, incluyendo niños y niñas, por las bandas para obligarles a combatir y, con demasiada frecuencia, explotarlos sexualmente.

Sin embargo, ello no implica tener la capacidad analítica precisa para condenar, con la misma energía, como ha hecho Amnistía Internacional, los procedimientos de las tropas extranjeras para reducir a las bandas, recurriendo, entre otras armas, a los drones para bombardear los territorios controlados por aquella de manera indiscriminada, sin escrúpulo alguno sobre los daños colaterales de su acción.

Haití en el repliegue de Estados Unidos

Toda la información analizada hasta ahora nos deja una imagen desoladora del país, cuyo olvido contrasta profundamente con la atención mediática en otros escenarios vecinos del espacio haitiano. En enero de 2026, Venezuela regresó a la agenda de las grandes potencias tras la violación de su soberanía por el gobierno de Estados Unidos para secuestrar a Nicolás Maduro.

En los últimos días, Donald Trump ha lanzado serias advertencias contra Cuba, que han concluido con la imputación de Raúl Castro por una operación militar contra dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate en 1996.

Dejando de lado la guerra abierta contra Irán, que queda lejos del espacio caribeño, la atención sobre los dos países previamente mencionados contrasta fuertemente con la ignorancia absoluta del infierno haitiano. Un infierno del cual la administración estadounidense solo se acuerda para enarbolar el eslogan aquel de America first y señalar a los migrantes haitianos en Estados Unidos como un peligro para la nación.

Por este motivo Washington ha decidido anular el Estatus de Protección Temporal (PTS) que ha permitido a unos 350.000 haitianos acogerse a asilo en Estados Unidos. Haitianos que, lejos de representar un elemento conflictivo en su destino, han tenido una participación activa en el tejido económico de esta gran potencia.

Precisamente este hecho ha movido a algunos magistrados conservadores del Tribunal Supremo a cuestionar el acierto de Trump, debatiendo sobre la posibilidad de anular en el terreno judicial esta iniciativa que el ejecutivo a aplicado de manera unilateral.

Paradójicamente, también en Estados Unidos, en este caso en Miami, un jurado federal ha declarado culpables a cuatro individuos, Arcángel Pretel Ortiz, Antonio Intriago, Walter Veintemilla y James Solages, de conspirar para asesinar a Jovenel Moïse en 2021.

Así pues, en un contexto internacional marcado por la política injerencista de Estados Unidos en América; por sus amenazas sobre la soberanía danesa en Groenlandia; sus ataques contra Irán y su apoyo incondicional a Israel en el genocidio de la Franja de Gaza; y por las oscilantes relaciones con China…

En un mundo que intenta sentirse más seguro recurriendo a la inversión en armas, generando un clima global de inseguridad que conduce al miedo y que, de manera irremediable, nos sume a todos en la conocida como “trampa de Tucídides”: ¿dónde queda Haití? ¿Está fuera de riesgo de caer presa de esa misma trampa que amenaza con terminar con el orden internacional basado en reglas, predominante desde el final de la II Guerra Mundial hasta ahora?

Puede no haber una contestación sencilla para este último interrogante, o puede que sí exista pero sea demasiado pesimista como para que podamos asumirla: Haití está fuera de la trampa de Tucídides, lejos del clima global de miedo que parece conducir a una mayor inestabilidad planetaria.

Y se encuentra fuera de ese juego porque, para su desgracia, su caída se produjo mucho antes de que el equilibrio internacional se alterase de manera definitiva al calor de la segunda legislatura de Donald Trump. Entre 2015 y 2021, Moïse tuvo la virtud de convertirse en un presidente incómodo para muchos:

Para la oposición, que tildó su deseo de permanecer en el poder de giro autocrático, más allá de que la Constitución le asistiese en su voluntad de mantenerse en el cargo hasta finales de ese mismo año; para los propios lobbies que lo auparon, que probablemente acabaron descubriendo en él a una especie de verso libre; y para los grupos criminales que operaban en el país desde finales del siglo XX, cuya labor se reforzó como consecuencia del terremoto de 2010.

Su ejecución, en manos de mercenarios colombianos, con la participación de capital y apoyo logístico de Venezuela, Colombia, Miami y el propio Haití, no perseguía un cambio de régimen. Antes bien, su objetivo era crear un Estado basado en el desorden, que generase las condiciones necesarias para que las prácticas ilícitas en suelo haitiano se desarrollasen sin ningún control estatal.

Máxime cuando Haití, por su posición, es un lugar de paso entre Norteamérica y Sudamérica, en ambos sentidos, que resulta mucho más conveniente cuanto menos organizado esté.

A diferencia del régimen transitorio de Venezuela, coaccionado por Washington; la futura reconstrucción de Gaza, bajo los auspicios de las grandes multinacionales estadounidenses; o el régimen cubano, insignificante en sí mismo, pero relevante en términos de lo que Cuba significa en la historia de Estados Unidos; en el Estado haitiano no hace falta crear un vacío, porque ya existe.

Del mismo modo que su irrelevancia en términos materiales y geoestratégicos genera un absoluto desinterés por participar activamente en su “pacificación” y su “democratización”, términos que la administración estadounidense no ha dudado en aplicar en otros muchos escenarios.

En definitiva, la desgracia de Haití parece ser su propia suerte, porque nadie desea ordenar su caos, lo cual parece dejarlo al margen, de momento, de las tensiones que amenazan la seguridad internacional. Mientras tanto, las bandas siguen exigiendo la marcha de los extranjeros y reivindicando la dignidad de los haitianos, a quienes únicamente corresponde la decisión sobre qué ha de ser su país en el futuro inmediato.

Sin negar que la violencia a la que recurren –de la que también es víctima la propia población civil– resulta injustificable, es problemático reducir estos fenómenos a meros elementos criminales susceptibles de ser incorporados al “catálogo terrorista” del Departamento de Estado.

Aplicar este tipo de etiquetas sin atender a las condiciones históricas y actuales de cada país puede derivar en una lectura excesivamente simplificada. Y esa simplificación, especialmente cuando se observa a “los otros” desde una mirada occidental, corre el riesgo de conducir a diagnósticos incompletos y a decisiones equivocadas.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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