La muerte de Lee Kuan Yew y los valores asiáticos

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Foto: EFE

Pocos políticos han cosechado tantos efusivos homenajes públicos después de sus muertes como lo hizo Lee Kuan Yew, fundador de Singapur y su primer ministro por un largo período. Un hombre a quien Henry Kissinger llamó sabio, y el presidente ruso Vladimir Putin consideró como un modelo de conducta política y Barack Obama describió como “un verdadero gigante de la historia” es un hombre que debe haber hecho algo bien.

Una cosa es indiscutible: la influencia de Lee fue muchas veces mayor que su autoridad política real, autoridad que, a su evidente frustración cuando Singapur y Malasia se separaron en 1965, nunca se extendió más allá de los estrechos límites de una pequeña Ciudad-Estado del sudeste asiático. La influencia más profunda que Lee tuvo fue en la China post-Mao, donde el auge económico empresarial coexiste con un Estado autoritario, unipartidista y leninista.

Lee fue el pionero del capitalismo con mano de hierro. Su partido llamado “Partido de Acción Popular”, a pesar de ser mucho menos brutal que el Partido Comunista de China, impuso su autoridad sobre un Estado de facto unipartidista. Lee, al igual que muchos líderes autoritarios (Mussolini, para mencionar uno), fue socialista en algún momento. Pero su pensamiento recibió la influencia de remembranzas extrañamente nostálgicas de la disciplina colonial británica y de su propia interpretación del confucianismo, misma que hace hincapié en la obediencia a la autoridad, pero ignora el derecho a disentir, que también es parte del confusionismo.

La activa economía, el bienestar material y la eficiencia sin complicaciones de Singapur parecen confirmar la opinión de muchos sobre que el autoritarismo funciona mejor que la democracia, al menos en algunas partes del mundo. Por lo tanto, no es de extrañar que Lee fuera tan admirado por los autócratas de todo el mundo quienes sueñan con combinar su monopolio del poder con la creación de una gran riqueza.

Sin embargo, hay algo extraordinario sobre la adulación de la que Lee goza. Otros líderes quienes tuvieron puntos de vista similares no fueron tratados como grandes sabios, y mucho menos como gigantes de la historia. El hombre fuerte del ejército chileno Augusto Pinochet, por ejemplo, impuso su propia versión del capitalismo con mano de hierro, y, a pesar de que Margaret Thatcher y Friedrich von Hayek lo admiraban, casi nadie le venera en la actualidad. Entonces, ¿por qué Lee, y no Pinochet?

Para empezar, Lee no llegó al poder mediante un golpe militar, y sus opositores no fueron masacrados en los estadios de fútbol. Con frecuencia se encarceló y maltrató a los disidentes en Singapur, pero nadie fue torturado hasta morir. El gobierno de Lee, si bien permitió que se celebraran elecciones para mostrarse como un gobierno democrático, prefirió aplastar a la oposición a través de la intimidación y castigo financiero: los hombres y mujeres valientes que se le pusieron al frente fueron llevados a la quiebra mediante carísimos procesos judiciales; por lo general, Lee pudo apoyarse en un poder judicial complaciente con sus deseos.

Pero la reputación estelar de Lee también está relacionada con la cultura. Fue muy bueno al momento de encuadrarse dentro del antiguo y estereotípico concepto occidental del sabio de Oriente. A pesar de que “Harry” Lee, como era conocido cuando estudiaba en Cambridge, absorbió gran parte de la civilización occidental, incluyendo una admiración especial por la jerarquía de la Iglesia Católica, siempre se esmeró en destacar la procedencia asiática de sus ideas políticas.

Lee nunca afirmó que la democracia liberal en Occidente fuera un error. Todo lo que dijo fue que no era adecuada para los “asiáticos”. Argumentaba que los asiáticos estaban acostumbrados a poner el bien colectivo por encima de los intereses individuales. Los asiáticos eran naturalmente obedientes a la autoridad superior. Estos rasgos se encontraban arraigados en la historia de Asia: eran “valores asiáticos” profundos.

Hay buenas razones para dudar de esta tesis. En primer lugar, ¿quiénes son estos “asiáticos”? La mayoría de los ciudadanos de la India seguramente no estarían de acuerdo con la aseveración que indica que ellos culturalmente no se personas adecuadas para la democracia – esta opinión también sería compartida por los japoneses, taiwaneses o coreanos modernos. Tiene algo de sentido hablar de valores asiáticos en Singapur, debido a que sería una falta de respeto a las minorías malayas e indias justificar la subordinación de los ciudadanos mediante la invocación de valores chinos.

Sin embargo, también hay una gran cantidad de chinos, no sólo en Taiwán y Hong Kong, que se problematizarían con la defensa cultural del autoritarismo que lleva a cabo Lee. Incluso los singapurenses están empezando a inquietarse un poco al respecto.

¿Al menos, sería cierto decir que más democracia habría causado que Singapur sea una sociedad menos eficiente, menos próspera y menos pacífica? Muchos habitantes de Singapur podrían creer que esto sí es cierto. Sin embargo, si ellos están o no están en lo correcto de ninguna manera es algo indiscutible, porque la interrogante nunca fue puesta a prueba. Corea del Sur y Taiwán pasaron por transformaciones democráticas en la década de 1980, tras el fin de sus propias versiones del capitalismo autoritario, y están prosperando más que nunca. Además, sin lugar a dudas la democracia no hizo ningún daño a la economía japonesa.

La premisa de la que Lee nunca se alejó asevera que, especialmente en sociedades multiétnicas como Singapur, una élite meritocrática debe imponer la armonía social desde arriba. En este sentido, Lee fue bastante chino. Al hacer nutridas concesiones a la élite, Lee minimizó las posibilidades de corrupción. Fue Lee quien hizo funcionar esto en Singapur, aunque sí hubo algún costo. Singapur puede ser eficiente y relativamente libre de corrupción; sin embargo, también es un lugar bastante estéril, con poco espacio para los logros intelectuales o artísticos.

Lo que puede funcionar durante un tiempo en una pequeña Ciudad-Estado difícilmente puede ser un modelo útil para sociedades más grandes y complejas. El intento de China con respecto a imponer un capitalismo con mano de hierro ha creado un sistema de corrupción grave, con enormes disparidades en la riqueza. Y Putin tiene que recurrir a un nacionalismo cada vez más beligerante para encubrir las deficiencias sociales y económicas de su gobierno.

Por lo tanto, por supuesto que debemos admirar las carreteras de lisas superficies, los imponentes edificios de oficinas y los impecables centros comerciales de Singapur. Sin embargo, al evaluar el legado de Lee, también debemos prestar atención a las palabras de Kim Dae-jung, quien fue encarcelado y casi asesinado por oponerse a la dictadura de Corea del Sur, antes de convertirse en presidente del país elegido democráticamente en 1998. “Asia no debería perder el tiempo en cuento a establecer firmemente la democracia y fortalecer los derechos humanos”, escribió en respuesta a Lee. “El mayor obstáculo para esto no es su patrimonio cultural, sino la resistencia que ejercen los gobernantes autoritarios y sus apologistas”.

Iun Buruma, profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo del Bard College en Nueva York. Autor de numerosos libros, entre ellos el asesinato en Amsterdam: La muerte de Theo Van Gogh y los límites de la tolerancia y, más recientemente, Año Cero: Una historia de 1945. Este artículo fue publicado en el portal de Project Syndicate el 4 de abril de 2015 y se encuentra disponible en el sitio web: http://www.project-syndicate.org/