La salud y el imperio del mal

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La salud de un presidente debería ser primordial para los servicios de información -de cobertura abierta o cerrada- que se manejan de forma oficial cuando se trata de la primera autoridad de una nación. Es la gran diferencia entre un régimen de corte autoritario y uno de características democráticas. Sin embargo, el debate es atemporal porque como se ha planteado recientemente con la salud de varios mandatarios latinoamericanos, la dolencia o afectación de una enfermedad no siempre se puede detectar para tratarla antes de que aparezca. Ocurrió en varios países del mundo y dependió el manejo de la información de los voceros oficiales para definir la suerte que correría el futuro del mandatario y por lógica, la del propio país; sin provocar reacciones negativas, incertidumbre o tragedia, en caso se produzca lo peor.

Hace un  par de años, se especuló acerca de la salud del presidente Morales. Entonces, embargó un pesar mezclado con incertidumbre por saber el diagnóstico de una enfermedad que aparentemente evolucionaba  sin consecuencias. De forma sistemática se negó que el primer mandatario estaba enfermó. Para tranquilizar a la opinión pública se dijo que se trataba de un simple resfrío y por consiguiente no revestía gravedad. Finalmente se optó para que un equipo cubano -que tiene instalada una clínica en la zona de Achumani en la sede de Gobierno- interviniera quirúrgicamente al mandatario de una septoplastia -desviación el tabique nasal- que efectivamente no revestía gravedad. Morales volvió a las 24 horas a la residencia presidencial y se puso a trabajar en sus labores cotidianas que le demandan un enorme esfuerzo. La intervención corrió varios filtros, pero ninguno que se sepa informó con precisión el estado real del mandatario.

Tras esa larga y profusa confusión entre los allegados más próximos del presidente nada cambio la percepción de que se había actuado con oportunidad para tratar el malestar. El caso no paso a mayores y lo que se sabe hoy del presidente es que goza de una excelente salud y un envidiable estado físico. Sus jornadas prolongadas de trabajo y aunque ha disminuido su pasión por el fútbol, trata de vez en cuando de exhibir su condición deportiva. No se puede decir lo propio de sus colegas latinoamericanos, los que ocuparon hasta hace poco la presidencia y los que se encuentran confiando responsabilidades de Estado en sus países.

Hugo Chávez. El mandatario venezolano se atrevió a lanzar una diatriba el día que el mundo latino se consternó con la noticia de que se había detectado en la presidenta de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, un carcinoma papilar de tiroides, que debía ser sometida de emergencia a una cirugía para extirpar el tumor maligno. Chávez no dudo entonces en acusar a los Estados Unidos por la salud de los presidentes, sobre todo los que son críticos a las políticas del país del Norte. El mandatario venezolano se preguntó apuntando a EEUU: “¿Sería extraño que hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer y nadie lo sepa hasta ahora?”. Chávez, quien asegura haber vencido el cáncer que le fue diagnosticado en junio pasado, afirmó no querer “lanzar ninguna acusación temeraria”, pero insistió en la “extrañeza” que le produce el hecho de que a cinco mandatarios o ex mandatarios de América Latina se les haya diagnosticado cáncer desde 2009. “Es muy difícil explicar a estas alturas”, incluso “con la ley de las probabilidades, lo que nos ha estado aconteciendo a algunos de nosotros en América Latina. Al menos es extraño, muy extraño”, añadió el presidente. “Quizá se descubra dentro de 50 años” ese supuesto plan estadounidense para inducir el cáncer, dijo el presidente, en el poder desde 1999. “No lo sé, sólo dejo la reflexión”, agregó.

Lo curioso del caso es que el mismo presidente bolivariano pasó en los dos últimos meses de 2011 por cuatro cirugías cuando se detectó que sufría un cáncer que había generado metástasis y que probablemente es incurable. Se sigue especulando en base a informes de los servicios de inteligencia que el venezolano tendría entre 9 a 11 meses de vida. Muchas imágenes corrieron pata atender la gravedad en la salud del presidente; la sensibilidad sobre un tema que a partir de la información se convierte en una suerte de vida o muerte para cualquier persona, más allá de su investidura, cuando padece esa enfermedad.

Es posible que Chávez hubiera sentido en carne propia un alivio al lanzar esa versión que en los hechos dan fuerza a las teorías conspirativas que su Gobierno anuncia cada vez que algo malo les ocurre a sus colegas de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador y un poco más distante de esa línea a la recientemente electa con mayoría de votos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sea como fuese, el hecho es que la declaración sufrió un doble coletazo de vuelo. Pocos días después de la intervención se desmintió el rumor de que la presidenta tenía un carcinoma y luego se trató de corregir la información  con explicaciones imprecisas. Chávez tuvo que tragarse sus aprehensivas declaraciones y más de un fanático acabó celebrando el error.

El hecho de la salud de los mandatarios podría quedar en lo lejos tras el incidente, pero descubre las  bajezas del ser humano cuando se trata de ser preciso en alusión de la información que se debe transmitir y de allí generar un adecuado nivel de atención pública. Cuando en 1985 se le diagnosticó un cáncer de colon al presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan, la claridad con que se informó a la ciudadanía sobre esa enfermedad tuvo una consecuencia positiva de alto impacto en la salud pública, ya que en conocimiento de la eficacia de los diagnósticos destinados a identificar lesiones colónicas que se encuentran en los primeros estadios del mal, mucha gente concurrió a la consulta, por lo que el diagnóstico precoz de dicha enfermedad aumentó significativamente, lo que hizo que muchos de esos pacientes fueran sometidos al tratamiento correspondiente y se curaran.

En el caso que nos ocupa: el diagnóstico de un falso positivo de la mandataria argenta, “la cantidad de consultas que comenzaron a recibirse en los consultorios de los servicios de Endocrinología aumentó significativamente. Pero, a partir del alta presidencial y del brusco cambio, las redes sociales explotaron con las dudas de muchísimos pacientes que tras haberse sometido a una punción biopsia de la tiroides o haber estado a punto de hacerla fueron invadidos por la desconfianza acerca de la eficacia de ese recurso. El tema del falso positivo irrumpió en sus vidas, dato no menor que trajo a muchos de ellos incertidumbre y angustia”, afirma el médico y periodista argentino Nelson Castro.

El mismo médico señala que las pasiones desatadas tras el segundo diagnóstico y el desenlace de la realidad, que en estos casos es tan parecida en los países latinos; una suerte de tragicomedia que a la interpretación científica de la enfermedad. Aunque cueste creerlo, son motivos de una realidad anacrónica que busca la explicación genuina de las particularidades de cada caso, que según Chávez puede que haya sido extendida por los perversos servicios secretos del Gobierno de EEUU e introducido en una especie de sondas hasta los despachos de las víctimas: los presidentes latinoamericanos críticos al imperialismo norteamericano.

 

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