Lava-Jato: el fin del mayor escándalo de corrupción en América latina

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Con la decisión del Supremo Tribunal Federal de Brasil de anular las impugnaciones que pesaban contra el expresidente Lula da Silva se va cerrando uno de los ciclos inescrupulosos de corrupción en Brasil que se extendió por varios países de la región.

 

Edson Fachin es uno de los supremos del tribunal federal de Brasil. Firme, hasta hace poco sustentaba que los procesos el caso Lava-Jato emulaban las peores tragedias humanas, esas que engordan a los peces y enflaquecen a la población, afectada por la corrupción a gran escala que priva el desarrollo equilibrado de sociedades determinadas. Fachin nunca escondió su admiración por el Lava-Jato y el gran aprecio que mantenía por el trabajo del exjuez Sergio Moro, uno de los responsables directos de la investigación y que tuvo mucho que ver en la detención de Lula. Pero en los últimos meses, el ministro del STF estaba visiblemente preocupado con el destino de la mayor operación de combate a la corrupción de la historia en América Latina.

Hubo indicios concretos de que el Segundo Colegiado del Tribunal Supremo Federal (STF), del cual él es uno de los integrantes, aceptaría una solicitud de sospecha contra Moro presentada por la defensa del expresidente Lula. Esta hipótesis se confirmaría más tarde y, no solo anularía la principal condena impuesta al líder del Partido dos Trabalhadores (PT), sino que abriría el camino para que otros imputados también escapen a la justicia.

Sería, según él, el inicio de la implosión total del Lava-Jato, la contraseña para una amnistía general, la confirmación de que los poderosos permanecían por encima de la ley. Fachin decidió actuar. El lunes 8 de febrero, en una decisión monocrática, extemporánea y sorprendente, él mismo se hizo cargo de la implosión y fue aún más lejos. De un solo golpe, anuló todos los casos contra Lula, restableciendo los derechos políticos del expresidente, abrió la puerta de la impunidad de una vez por todas para que otros criminales pueden quedar impunes estropeando la imagen del Tribunal Supremo Federal, que en los hechos es lo que vendría a ser la Corte Suprema de Justicia, órgano que en Brasil tiene poderosas atribuciones y actuaba en un círculo de postulados independientes, aparentemente sin vicios o influencias del poder político instalado en Brasilia.

Fachin y la decisión sobre Lula

Que buscaba Fachin con la decisión de implosionar el mayor caso de corrupción que se tenga recuerdo en la historia brasileña que iría posteriormente haciendo implosiones menores o mayores -léase como se quiera- en varios países de América latina a través de millonarias coimas para presidentes, ministros, hombres de negocios, empresas y una gama aligerada de poderosos del poder político y empresarial. La decisión de Fachin, sorprendió a todos al presentarse como una maniobra legal para proteger la reputación de Sergio Moro. Por muy nobles que sean los objetivos, ese no era el papel de un magistrado. La operación comenzó a materializarse y acabó desnudando las incompetencias. Las impugnaciones contra el expresidente cayeron y hoy tiene grandes probabilidades de volver a ocupar la presidencia en las elecciones que se disputarán en Brasil en diciembre de 2022.

Ante la sospecha de que el pedido estaría en la agenda, el ministro disparó una batería de mensajes de texto al presidente del Supremo, Luiz Fux, defendiendo la necesidad de proteger el legado del Car Wash, pero no dio pistas sobre lo que pretendía hacer. Una de las hipótesis era programar el juicio de algún pez gordo atrapado en la investigación. No hubo tiempo para hacer avanzar el plan. Fachin se enteró de que la solicitud de sospecha de Moro sería considerada al día siguiente.

Sin mucho tiempo para dar más detalles, la idea que surgió fue dejar de lado las demandas contra Lula, argumentando que los casos que involucran al expresidente no tenían conexión directa con el escándalo de Petrobras y, por lo tanto, no debieron haber sido procesados en la Corte Federal de Curitiba. Imaginaba que esta medida dejaría ineficaz la solicitud de sospecha, salvaría la biografía del exjuez y aún preservaría una parte del Lava-Jato -pero solo logró producir una de las aberraciones más grandes de la historia del STF. Edson Fachin anuló las dos condenas de Lula por corrupción y lavado de dinero y otros dos procesos que aún estaban en curso (ver recuadro).

Sin las imputaciones, el PT dejará de estar sujeto a la Ley de “Limpio Record”, recuperará sus derechos políticos y, si lo desea, podrá presentarse a las elecciones presidenciales del próximo año. Fachin, cabe señalar, no exoneró a Lula, pero le dio un salvoconducto para continuar con su vida, sin la perspectiva de ser molestado nuevamente por la ley.

El ministro determinó que los casos anulados se rehagan en la Corte Federal de Brasilia, una tesis que podría tener sentido allá atrás, pero no ahora. Con este cambio de competencia, según cálculos de expertos, el juicio en primera instancia concluiría, en el mejor de los casos, en cinco años. Es decir, sin considerar incidentes, el expresidente recibiría su sentencia en 2026, cuando cumplirá 81 años. En caso de condena, conviene recordar que aún existe la posibilidad de varios recursos en segunda instancia, en el Tribunal Superior de Justicia (STJ) y en el propio STF. En resumen, las posibilidades de un nuevo castigo son prácticamente nulas.