
Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar… ¿Pueden realmente desvincularse de lo que ocurra en el estrecho de Ormuz?
El cierre temporal del estrecho de Ormuz durante la guerra evidenció en Europa una realidad que los Estados del Golfo conocen desde hace décadas. En Arabia Saudí, Kuwait o Catar saben de primera mano, desde hace mucho tiempo, que la economía regional depende de un único cuello de botella marítimo. Por ese estrecho circulaba una parte esencial de las exportaciones mundiales de hidrocarburos, pero también buena parte de las importaciones de alimentos, productos industriales, bienes de consumo y suministros estratégicos destinados a las economías de la península Arábiga.
En realidad, es algo más crudo todavía. Los Estados del Golfo viven a través de Ormuz, por lo que necesitan estabilidad y libertad de navegación, exactamente lo que la agresividad del sionismo y de Estados Unidos les ha arrebatado. Cuando el tráfico marítimo se interrumpe, se resienten los mercados energéticos internacionales y lo percibimos en Europa, sí, pero también aparecen dificultades inmediatas para el funcionamiento cotidiano de los propios Estados ribereños.
Lógicamente, estos mismos países están intentando moverse, conscientes de la necesidad de garantizarse a sí mismos una serie de alternativas que ni su aliado americano ni su pseudo-aliado israelí les van a garantizar. La idea de muchos de ellos es impulsar el desarrollo de oleoductos, líneas ferroviarias, carreteras, puertos alternativos y corredores logísticos, pero la pretensión de sustituir de forma decisiva al estrecho de Ormuz se antoja delirante, al menos en el corto y medio plazo.
La geografía ordena… una vez más
Arabia Saudí sería, con toda probabilidad, el caso más favorable para desarrollar estas alternativas que pretenderían puentear a Irán para limitar su capacidad de presión en Ormuz. El territorio saudí conecta las costas del golfo Pérsico con el mar Rojo, lo que permite transportar petróleo desde los campos orientales hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, mediante el oleoducto Este-Oeste. La guerra ha impulsado además nuevos planes de inversión. Las autoridades saudíes estudian ampliar la red de oleoductos, acelerar la construcción del ferrocarril entre la capital, Yeda, y Dammam, y reforzar la capacidad del transporte por carretera.
Por su parte, Emiratos Árabes Unidos cuenta con una ventaja diferente. Mientras la ciudad portuaria de Jebel Ali y el puerto Califa, en Abu Dabi, permanecen dentro del golfo Pérsico, Fuyaira y Khor Fakkan se encuentran sobre el golfo de Omán, fuera del estrecho de Ormuz y, por consiguiente, a priori fuera del alcance directo del control iraní. Esta misma circunstancia geográfica permitió mantener abiertas parte de las cadenas logísticas incluso durante los momentos más crudos de la guerra. En este sentido, Abu Dabi parecería pretender el desarrollo de un segundo oleoducto hacia Fuyaira que, una vez concluido, elevaría la autonomía estratégica exportadora del Estado emiratí al margen de lo que pudiera suceder con Ormuz.
Sucede que la caprichosa geografía tan pronto te brinda ventajas como te impone límites. Los montes Al Hajar son una separación natural entre la costa omaní y el interior del país y, por extensión, también separan los puertos en esa misma costa de los principales núcleos económicos en el interior. El transporte terrestre se encarece notablemente y es mucho menos eficiente que el empleo directo de la ciudad portuaria de Jebel Ali. Evidentemente, en condiciones normales, Emiratos Árabes Unidos prefiere la ruta simple y preferiría evitar lo máximo posible el transporte terrestre.
Omán es un caso a parte, no solo por su relación con Irán, sino por su condición geográfica. Al disponer de salida directa al océano Índico, sus puertos tienen un valor estratégico innato que, lógicamente, se ve acrecentado cuando se incrementa la tensión en la región.
Entonces… ¿Por qué no construyen?
A primera vista, podría parecer que los Estados del Golfo tienen en sus manos una solución fácil que permitiría desvincularlos de los avatares del estrecho de Ormuz y, de paso, reducir la fuerza negociadora iraní y, por consiguiente, mejorar las cartas estadounidenses e israelíes. Pero tal cosa no es así. En primer lugar porque ninguna infraestructura terrestre puede igualar la capacidad y la eficiencia del transporte marítimo. Incluso funcionando al máximo rendimiento, los oleoductos de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos serían incapaces de sustituir el volumen de hidrocarburos que cruzaba el estrecho en condiciones previas a la guerra. Lo mismo aplica para el resto de mercancías.
A su vez, acceder a inversiones para estos macroproyectos es doblemente difícil. En primer lugar por el volumen de recursos necesario; en segundo lugar, porque muchos inversores consideran que un cierre de Ormuz siempre será temporal y que, en consecuencia, no merece la pena financiar estas infraestructuras que podrían perfectamente dejar de emplearse —o emplearse menos— si la situación se normaliza.
Otro argumento que esbozan quienes defienden estos desarrollos desde los países implicados es la seguridad, pero tampoco es un argumento sólido. Creer que alejar las infraestructuras del estrecho reduce la posibilidad de sufrir ataques iraníes en el marco de futuras aventuras imperialistas israelí-estadounidenses es completamente absurdo. Los ataques iraníes contra instalaciones energéticas saudíes y objetivos portuarios en Omán han demostrado que los corredores alternativos también pueden transformarse en objetivos estratégicos durante una crisis, y tanto los drones como los misiles iraníes son perfectamente capaces de llevar a cabo esos ataques.
Estos debates no son nuevos. Han emergido previamente entre los países del Golfo y, sencillamente, no han prosperado. Los límites geográficos, políticos y económicos ven cerrar su círculo cuando se incluye la variable de la cooperación; o, más bien, de la (no tan profunda) cooperación. Actores como Baréin, Catar o Kuwait necesitarían acuerdos sendos con grandes Estados regionales para acceder a estas infraestructuras, sencillamente porque su territorio nacional es pequeño y está totalmente ligado a Ormuz.
Las pretensiones de los Estados de Golfo son innegablemente interesantes para Estados Unidos e Israel, aunque solo sea por el hecho de que reducen la importancia relativa del estrecho de Ormuz y, por consiguiente, reducen el valor de esa carta de negociación iraní. Pero, a la luz de los hechos, parecen inviables a corto plazo y muy exigentes a largo plazo.












