Pedro Castillo recorta distancias con Keiko Fujimori en un escrutinio agónico

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Creditos Foto: Antonio Melgarejo / EFE

Las elecciones de Perú no tendrán un ganador claro hasta el último minuto. La igualdad es máxima. La victoria se fraguará voto a voto. Con más del 90% del voto escrutado, Keiko Fujimori mantiene un 50,1% de los apoyos frente al 49,9% para Pedro Castillo, dos décimas de una distancia que se acorta conforme avanza el conteo. El organismo electoral había advertido, con el 40% de las papeletas escrutadas, de que “el voto rural y el voto de selva” es el último en reflejarse en los resultados. Esos son feudos favorables al maestro de escuela. En el resultado tampoco está reflejado aún el voto exterior, que acumula un enorme retraso, con apenas el 11% del conteo. Casi 750.000 peruanos estuvieron habilitados para votar desde el exterior, un voto que, por ahora, favorece a la líder conservadora. Con los dos aspirantes a la presidencia rozando el empate y poco más de 40.000 papeletas de distancia, cualquier voto es determinante.

Los dos sondeos que se dieron a conocer este domingo, después del cierre de urnas, ya lo anunciaban y arrojaban un empate técnico. La candidata conservadora Keiko Fujimori logró una ligera ventaja en una encuesta a pie de urna (50,3% frente al 49,7%), mientras que el izquierdista Pedro Castillo se impuso por muy poco en el conteo rápido (50,2% frente el 48,8%) publicado horas después.

Fujimori recibió los resultados de los sondeos en Lima, en la capital, en la ciudad. Pedro Castillo en Tacabamba, en la sierra, en el mundo rural. Dos sitios distintos desde donde observar el país. Eso se ha notado en los resultados de las regiones, según los sondeos. En los lugares donde ha ganado uno u otro lo ha hecho con holgura. En algún caso rozando el 90% de los votos.

El primer sondeo que daba esa pequeña diferencia a favor de la candidata de derechas tiene un margen de error del 3%, y estaba elaborado con entrevistas a 30.000 electores. En el segundo, el conteo rápido, su margen de error es menor, del 1%, porque se hace con planillas de mesas elegidas que sean representativas. Aunque los márgenes son muy estrechos y el conteo oficial podría alargarse durante días, en uno y otro lugar celebraron con euforia cuando las encuestas les dieron vencedores por apenas unas décimas.

Los Fujimori se abrazaron al conocer la encuesta a pie de urna. “Recibimos con alegría los resultados, pero al ver el margen, es fundamental mantener la prudencia. Y eso lo digo para todos los peruanos”, dijo la candidata. Y entonces utilizó el mismo tono de concordia de las últimas semanas, con el que ha atraído a un buen número de antifujimoristas: “Acá lo que se tiene que buscar es la unidad de todos los peruanos. Desde ya invoco a la prudencia, a la calma, a la paz. A los que votaron y no votaron por nosotros”.

Ese primer flash inquietó a Castillo, que hizo pública una carta dirigida a la autoridad electoral en la que exigía una revisión de todas las actas. De lado y lado se estuvo insinuando a lo largo de la jornada que podría haber un pucherazo. “Convoco al pueblo peruano de todos los rincones del país a asistir en paz a las calles para estar vigilantes en la defensa de la democracia. #ADefenderElVoto”, escribió el maestro en un tuit. Ese primer sondeo, aunque sugería un empate técnico, había dejado fríos a sus seguidores. El segundo los llenó de alegría. En la plaza de Tacabamba, desde donde siguió la jornada el candidato, la gente comenzó a gritar “¡sí se puede!”.

En Lima, los seguidores de ambos aspirantes tomaron las calles. Se encontraron en la plaza Bolognesi, un lugar cercano a los locales de los dos partidos, y se produjeron pequeños incidentes. La policía trató de evitar los enfrentamientos y los invitó a irse a casa, cerca de la medianoche. No se respetó el toque de queda, que estaba previsto para las once de la noche.

La campaña ha dividido el país en dos corrientes. La tensión ha sido máxima. Castillo, ganador de la primera vuelta (con 2,7 millones de votos, el 19%), lideró durante los primeros 15 días los sondeos, pero Fujimori remontó en el último tramo. Se suele decir que en Perú nunca gana el favorito. La hija de Alberto Fujimori (1,9 millones de votos en la primera ronda, el 13%), el autócrata que gobernó el país entre 1992 y 2000, ha estado hiperpresente desde que lograra pasar a segunda vuelta. A cualquier hora que se encendiera el televisor aparecía en pantalla vestida con la camiseta de la selección peruana, su uniforme de campaña. Paneles por todo el país lanzaron mensajes a su favor de forma indirecta (aunque muy obvia) para burlar la ley electoral.

Su principal arma ha sido alentar el miedo a una posible llegada de Castillo, que representa, para ella y la clase dirigente peruana que la ha apoyado sin matices, una aventura hacia el comunismo y el estatismo económico. Fujimori, de 46 años, puede ser presidenta en el momento que menos capital político atesora. Sus últimos cinco años de obstrucción en el Congreso maltrataron su imagen. La acusación de un fiscal contra ella por lavado de dinero en el caso Odebrecht tampoco ayuda. Sin embargo, la oposición de una buena parte de la nación a lo que representa Castillo la ha aupado en las encuestas. Antifujimoristas históricos como el escritor Mario Vargas Llosa la han apoyado.

El perfil de Castillo, un sindicalista de izquierda radical, ha sido mucho más bajo que el de su oponente, en parte por decisión propia. El profesor, de 51 años, apenas ha ofrecido entrevistas. En los mítines se ha quejado de que no se estaba respetando la neutralidad que se le presupone a algunos sectores de la sociedad. Su mayor esfuerzo en el tramo final lo ha gastado en tratar de alejarse de Vladimir Cerrón, el presidente de partido Perú Libre, al que está adscrito, más como invitado que como militante real. Cerrón es un izquierdista dogmático y cercano a Cuba y Venezuela. En el último debate insistió en que respetará la propiedad privada y la economía de mercado, pese a lo que diga su adversaria. Castillo ha tratado de atraer a última hora a un votante más centrado y urbanita, que podía tener la tentación de votar a Fujimori como mal menor.