Seis días para seducir a los indecisos

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Según las encuestadoras de Brasil, alrededor del 6 por ciento de los ciudadanos dispuestos a votar aún no decidió si hacerlo por la representante del Partido de los Trabajadores o por el opositor socialdemócrata.

Conquistar el 6 por ciento de los electores indecisos en los próximos seis días. Ese es el desafío que enfrenta desde hoy la presidenta Dilma Rousseff para ser reelecta en el ballottage del domingo, cuando enfrentará al opositor Aécio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), a quien las encuestas dan una ventaja mínima.

Si se da por cierto el cuadro mostrado la semana pasada por las encuestadoras, con la confiabilidad en baja luego de los errores del primer turno, alrededor del 6 por ciento de los ciudadanos dispuesto a votar aún no decidió si hacerlo por la representante del Partido de los Trabajadores o por Neves, un socaldemócrata nominal defensor de un programa “conservador”, según la definición de Marco Aurelio García, asesor internacional de la presidenta.

Dilma se impuso en la primera vuelta del 5 de octubre con 43,2 millones de votos, 8,3 millones de diferencia sobre Neves, pero éste conquistó el grueso de los electores de Marina Silva, la ambientalista ubicada en tercer lugar, según consignaron Datafolha e Ibope. La semana pasada esas empresas de opinión pública mostraron una ventaja de dos puntos para el postulante opositor -lo que configura un empate técnico-, mientras Vox Populi ubicó a Dilma en la delantera, con sólo 2 puntos de luz.

Dilma Rousseff y Aécio Neves se batieron como gladiadores dispuestos a matar o morir en los dos debates televisivos del martes y jueves últimos, y en el que comenzaba a realizarse en la noche de ayer al cierre de esta edición en los estudios de la cadena Record, de la evangélica Iglesia Universal del Reino de Dios.

Todo indica que la confrontación será igualmente recia el próximo viernes, cuando los presidenciables volverán a chocar ante las cámaras de la TV Globo, cuando se espera que haya una audiencia alta, seguro la más importante de los cuatro debates celebrados con miras a la segunda vuelta.

Hasta el último minuto del sábado se librará una guerra política a tiempo integral durante seis días, o 144 horas, en las que Dilma y Lula contarán solamente con 20 minutos diarios de propaganda obligatoria por cadena nacional de medios que culminará el jueves, último día de publicidad autorizada por la ley. Es decir, los petistas dispondrán de 80 minutos en red nacional de medios, los cuales dedicarán el resto de su programación a propalar noticias negativas sobre Dilma -algunas falsas, otras verdaderas- y hacer propaganda encubierta o desembozada por el triunfo del “cambio” encarnado en Neves.

Seguramente en ninguna de las campañas electorales de Bolivia, concluida la semana pasada con la victoria de Evo Morales, y Uruguay, donde el próximo domingo se realiza la primera vuelta de los comicios presidenciales, se observa una desventaja comunicacional tan exagerada como en Brasil, donde los principales grupos multimedios son enemigos, y en el mejor de los casos contrarios al PT.

La narrativa periodística escogió como argumento principal las maniobras fraudulentas que desviaron decenas de millones de dólares de Petrobras a partir de las declaraciones de un ex ejecutivo de la petrolera, Paulo Roberto Costa, y el titular de una mesa de dinero clandestino, Alberto Yousseff, quien reconoció haber lavado dinero procedente de sobornos.

Costa y Yousseff comenzaron a contar con detalles sus delitos perpetrados en Petrobras a un juez ligado a la oposición pocos días antes de la primera vuelta electoral, amparados en la figura de la delación premiada, instituto que reduce la pena del reo.

Y a pesar de que las confesiones ocurrieron bajo secreto de sumario, el texto y el audio completos fueron filtrados (con obvia anuencia del juez) a la cadena Globo y la revista Veja, que propalaron las confesiones que salpicaron al gobierno con grandes titulares. Pero omitieron otras revelaciones en las que se involucró al ex presidente del PSDB, el partido de Neves.

“No tengo dudas de que hubo una selección de las filtraciones de las denuncias de Petrobras”, aseguró Dilma, en implícita acusación al juez y los medios, en declaraciones publicadas este fin de semana en la revista Carta Capital.

Esa estrategia de desinformación continuó el fin de semana, cuando salvo Folha de San Pablo ningún medio de gran porte trató con profundidad la presunta corrupción en la agrupación de Neves, denunciada por el ex directivo de Petrobras.

Sabedor de que no podrá imponerse si se limita al combate en los medios, el PT prepara una serie de actos de Dilma, que priorizará Río de Janeiro en los primeros días de esta semana, y Lula, quien realizó una maratónica gira por la región amazónica la semana pasada.

La popularidad de Lula, y su capacidad para convocar a la militancia, son dos argumentos centrales en los que confía el PT para que Dilma logre alguna ventaja, aunque sea mínima, en la línea de llegada del domingo próximo.

El ex presidente está acostumbrado a las proezas electorales. En 2005, luego del escándalo de corrupción conocido como Mensalao, su gobierno bajó a los peores índices de aprobación mientras Globo martillaba a diario con nuevas denuncias, algunas sin fundamento. Parecía que había llegado el final de la gestión lulista.

Fue entonces que el ex mandatario decidió romper el cerco mediático, apostó a la comunicación directa con el público, encabezando hasta tres actos diarios en todo el país durante meses en los que comenzó a recuperar credibilidad y en octubre de 2006 fue elegido para un segundo mandato.