Sopesando el legado de Hitler

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En la frontera austro alemana justo al sur de Salburg, el azar me trajo hoy a una casa ubicada a tres millas (4.8 km.) del pueblo germano de Berchtesgaden en el lado alemán de la frontera; la casa de Adolf Hitler, el Berghof ubicado justo a la salida del pueblo en una montaña de los Alpes bávaros. Si Hitler tuvo alguna vez una casa, esta era la casa donde se reunió con muchos notables, principalmente antes de la guerra.

Sucede que hoy se conmemora el 76 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa lo que siempre produce un efecto muy especial; hay un sentido de historia presente aquí que se traduce principalmente en un estado de ánimo, puesto que Berchtesgaden es un lugar atractivo, pero ordinario aunque da la impresión de que los pueblos como este, debieran tener una pátina de grandeza a su alrededor; sin embargo, no es así como funciona la historia. Hay un estado de ánimo, pero no de ubicación puesto que en estos lugares desde el 1  de septiembre de 1939, existe un sentido de urgencia por encontrar el verdadero sentido al hombre que analizó y que vivió en una casa de la montaña.

Al cabo de 76 años, parece apropiado tratar de figurarse en qué  medida genuinamente Hitler cambió el mundo con la guerra que inició; no se trata de una pregunta fácil debido a que para arribar a una respuesta, he tenido que erradicar de mi mente muchos actos de la gratuita maldad que cometió, objetivo difícil de lograr porque dejó un escaso legado al mundo, que no sea la confirmación de que la civilización yace sobre una delgada capa de la bestial brutalidad de la humanidad, aunque francamente hablando, no era necesario que Hitler aprendiera aquello puesto que nosotros los seres humanos, frecuentemente sentimos lo que hay bajo nuestra superficie.

La cuestión es en qué forma cambió el mundo como resultado de la decisión de Hitler de invadir Polonia.

 

El precio para Europa

Obviamente, el primer resultado es que Hitler destruyó la hegemonía europea sobre gran parte del mundo y su influencia sobre el resto. Dentro de los 15 años del final de la guerra, Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda, perdieron sus imperios; el puñado de naciones europeas que dominaban el mundo al cabo de la guerra, también perdieron su deseo, voluntad y riqueza para mantenerse en el poder. Después de grandes esfuerzos y encomiables intentos para resistirse, estos mismos países voluntariamente participaron en el desmantelamiento de lo que una vez consideraron su derecho de origen, cosa que por supuesto cambió el diseño del orbe debido no sólo a la resistencia del mundo, pero también al agotamiento de la propia Europa.

Después de la guerra, Europa encaró el objetivo de reconstruir edificios; la ambición de gobernar quedó exhausta y sin embargo, por muy defectuosa o malvada que haya podido ser, aún persiste más allá del ánimo de confrontación, un ámbito de tristeza por su desaparición.

El deseo de dominar expresado en los apetitos de Hitler en sus formas más extremas, hiela la sangre; la pérdida de cualquier ambición trascendente, sólo la enfría. Europa ha perdido su temeridad, cosa que es buena en sí misma, aunque por el otro lado, ha ganado excesiva precaución lo que ahora dificulta a los europeos tomar decisiones sobre cosas grandes y pequeñas.

El mundo es ciertamente un lugar mejor sin la temeraria presencia de Hitler y seguramente, también es un mejor lugar sin el imperialismo británico o francés, aunque cuando observamos lo que dejaron detrás y sin que importe quien tuvo la culpa, nos preguntamos si la basura imperial, justifica la basura del mundo pos imperial.

No hay duda que Hitler no deseaba estos resultados y creo que fue sincero cuando afirmó que junto a su armada, dejaría intacto al Imperio Inglés si el Reino Unido aceptaba la dominación alemana del territorio europeo. Deseaba la paz con los británicos a fin de poder aplastar a los soviéticos, promesa que la nación británica, sólo podía aceptar si hubiera confiado en el ofrecimiento de Hitler y pese a que lo cumplió en 1940, Inglaterra no podía apostar sobre la continuidad de su palabra.

El resultado es que Hitler en su momento, cometió suicidio en Berlín y que Inglaterra presidió sobre la disolución de su propio imperio, lo único que hubiera enfadado a Churchill y a Hitler, el punto de encuentro del imperialismo del primero y del racismo del segundo.

Hay algo más que Hitler le costó a Europa: su sensibilidad metafísica; es impresionante el extremo al que la Europa cristiana, abandonó el Cristianismo al secularismo.

 

La declinación de la concurrencia de la iglesia, constituye el descascaramiento de la sensibilidad europea que en los más altos niveles del pensamiento, contemplaron el profundo significado de las cosas. No fue Hitler el que destruyó la sensibilidad metafísica europea; en muchos sentidos, se destruyó así misma desde dentro con el escepticismo radical del Absolutismo Ilustrado que la envolvió; no obstante, fue Hitler el que dio el tiro de gracia a esa sensibilidad mediante la apropiación de figuras como Friedrich Nietzsche y Richard Wagner para sus fines políticos, deslegitimizando de esa manera no solamente a ellos mismos, sino también a la tradición de dónde provenían. Hitler en el vagabundeo de sus propias profundidades, las convirtió en irrespetuosas y hasta sospechosas. Existe la afirmación de que los “…filósofos alemanes, entran más profundamente, permanecen ahí por más tiempo y emergen más sucios que los demás”. No sé sobre filósofos, pero el pseudo filósofo Hitler sí lo hizo y le costó a Europa la joya de su heredad intelectual.

Se dice que Napoleón denominó tenderos a los ingleses con intenciones obviamente peyorativas referidas a que los tenderos son gente falta de imaginación, ambición y entendimiento. A decir de los propios ingleses, hay algo de cierto en esto, a pesar de que George Orwell se enfurecía con la trivialización de sus logros.

En la medida en la que los ingleses sospechaban sobre la salud y la utilidad de la filosofía francesa y particularmente de la alemana, Napoleón tenía razón y si la tenía, entonces Hitler consiguió algo extraordinario, convirtió a toda Europa en naciones de tenderos.

Después de la guerra, la obsesión de los europeos fue sobrevivir; posteriormente fue tener una vida; el insulto de Napoleón fue que la vida es algo más que simplemente vivir y lo conseguido por Hitler fue precisamente lo que lo espantaba: unos tenderos gobernando Europa obsesionados por hacer una vida y recelosos de pensar con profundidad. Europa ha visto dónde los llevó esto y no tienen intenciones de volver allí; las mejores mentes consiguen Maestrías en Administración de Empresas mientras que el grueso de la población duerme hasta tarde los domingos. El tren descarrilado que Hitler hizo de Europa, creó secularismo no solamente en relación a la religión, pero asimismo en todo intento para recrear la profundidad de la cultura europea.

 

El poder de los Estados Unidos

Ciertamente que en todo esto, lo más importante que hizo Hitler fue desenganchar a los Estados Unidos, un país donde ganarse la vida es la definición de su existencia. Hitler creyó que su derrota significaría el triunfo del bolchevismo y en realidad significó el triunfo de los Estados Unidos y de su cultura distribuida en la Europa Occidental a través de la ocupación y en el bloque soviético a través de la imitación.

Los Estados Unidos re-definieron la cultura europea. Como afirmé en mi libro “Flashpoints: The Emerging Crisis in Europe” (Fogonazos: La crisis emergente en Europa), no es la Coca-Cola sino las computadoras lo que condujo la cultura norteamericana. La computadora no tiene nada que ver con la metafísica ni con lo verdadero o hermoso; tiene que ver con la forma más estrecha de la razón instrumental y simplemente consiguió que las cosas se hagan y al hacerlo, justificó su existencia. La computadora dominó el mundo y dominó Europa y con ella, arribó también una forma de pensar contenida en un programa; algo tan radicalmente distinto de la cultura europea que ésta lo consideró como algo casi llegado de otro planeta; por supuesto que los europeos colaboraron con el encuentro de la cultura, pero se la atribuyeron a su heredero, los Estados Unidos. Paradójicamente, los Estados Unidos continúa siendo el más religioso de los países con una asistencia masiva a las iglesias. La religiosidad y la razón instrumental son compatibles en los Estados Unidos y ese es un aspecto que debe ponderarse.

Hitler respetaba a Josef Stalin; entendía la ideología del que estaba dispuesto a matar; sentía poco respeto por los Estados Unidos; entendía a Stalin, pero Roosevelt le era impenetrable y tan cierto como que yo me siento aquí mirando hacia Berchtesgaden, debo acordarme que fue el 7mo Regimiento de Infantería de la Tercera División del Ejército de los Estados Unidos, que capturó el pueblo y la casa de Hitler; los americanos ocuparon el área hasta 1995 utilizándolo para fines militares.

Este fue el logro más importante de Hitler y lo último que él esperaba. Hitler condujo a los americanos hasta el corazón de Europa y dejó a los europeos completamente vulnerables a los modelos emergentes y a los extraños modos de enseñar cuanto a la gran consideración que los americanos guardan por los tenderos y por lo que son capaces de producir.

Hitler destruyó los diques que Europa construyó a su alrededor y la dejó tullida incluida a la Unión Soviética; no pudo imaginarse ni pudo darse cuenta de hacer lo propio con los norteamericanos y aún así, al final fueron ellos mismos los que reconstruyeron Berchtesgaden, realidad que sentado aquí, hoy puedo contemplar por mí mismo.

Lo más importante es que de muchas maneras, Hitler será recordado no solo por su enorme maldad, sino también porque la mayoría de las consecuencias de su guerra, fueron del todo inesperadas.