Trump y Putin pactan un acuerdo de diésel a costa de Ucrania y de la Unión Europea

- Con urgente necesidad de reducir la inflación antes de las elecciones, Trump ha acudido a Rusia para lograr un acuerdo de exportación de diésel ruso que contradice sus propias sanciones y ha descolocado a Ucrania y a sus aliados europeos.
- Desde hace varias semanas, Donald Trump ha utilizado la guerra de Ucrania, y especialmente los ataques ucranianos contra las refinerías rusas, para justificar el alza del precio del diésel, una forma de exculparse a sí mismo, a la guerra contra Irán, a la situación en el estrecho de Ormuz y, sobre todo, de buscar una respuesta sencilla para un problema complejo.
- Por su parte, Ucrania continúa jactándose de sus éxitos contra las refinerías rusas, la carta elegida para tratar de minar su economía y obligar al Kremlin a negociar en posición de debilidad, y Rusia ha iniciado los ataques contra las instalaciones de producción y distribución eléctrica ucranianas, presagio de un invierno aún más duro que el anterior para la población civil.
- Políticamente, la principal conclusión es la voluntad de Estados Unidos de llegar a acuerdos con Moscú al margen de Kiev y de las capitales europeas, algo preocupante teniendo en cuenta la importancia de Washington en la venta de armas para la guerra y en el suministro de inteligencia que hace posible, por ejemplo, los ataques de larga distancia de Ucrania contra Rusia.
- Más allá de la eficiencia que vaya a tener la medida a corto y medio plazo, el acuerdo entre Putin y Trump pone en cuestión el régimen de sanciones, cada vez más flexible a la hora de eximir productos y personas por las necesidades y exigencias de diferentes países.
A un mes de la celebración de las elecciones de medio término, en las que el Partido Republicano se arriesga a perder las mayorías que ahora disfruta en las dos cámaras del poder legislativo, la principal obsesión de Donald Trump, rebajar precio del diésel y controlar la inflación, se ha traducido esta semana en la presión a los aliados del G7 para liberar parte de sus reservas y un acuerdo inesperado que ha sorprendido y ofendido a Ucrania y a sus aliados europeos. El 9 de octubre fue la fecha elegida por el trumpismo para reanudar las negociaciones con Kiev en una reunión en la que, según medios como Axios o Financial Times, Steve Witkoff y Jared Kushner mantuvieron un encuentro productivo con la delegación ucraniana.
Los negociadores estadounidenses plantearon nuevas propuestas para el arreglo territorial de la guerra, concretaron las garantías de seguridad que Washington y las capitales europeas pretenden ofrecer a Ucrania más allá de la guerra y, en términos económicos, Estados Unidos precisó tanto fórmulas para financiar la futura reconstrucción como para reducir el actual déficit que padecen las arcas de Kiev. Sin embargo, la diplomacia descarriló cuando Steve Witkoff anunció a sus interlocutores ucranianos que el presidente Donald Trump se disponía a mantener una conversación telefónica con Vladimir Putin en la que esperaba lograr el acuerdo de adquisición de diésel ruso que se confirmó el viernes por la noche.
Sin siquiera mencionar la reunión que habían mantenido sus negociadores con la delegación ucraniana, Donald Trump anunció en su red social personal que había concluido “una discusión muy fructífera con el presidente Vladimir Putin de Rusia, en la que se ha acordado que Rusia suministrará inmediatamente 300.000 toneladas de diésel al mercado americano y global, otras 500.000 toneladas durante el mes de noviembre y otro millón inmediatamente después”.
Con su mensaje, Donald Trump presagiaba un fuerte descenso del precio del combustible gracias a este acuerdo, unido al “TOTAL control” del estrecho de Ormuz -una visión excesivamente optimista teniendo en cuenta que, pese el aumento del tránsito de crudo, su coste apenas se ha rebajado y dejaba caer el posible aumento de la colaboración energética con Rusia. “En función del estado de sus refinerías”, añadió Donald Trump, “Rusia entregará, en un breve periodo de tiempo, tres millones de toneladas de diésel”.
Te puede interesar: Rusia: Europa ha comprado hidrocarburos por 320.000 millones de dólares desde 2022
Teniendo en cuenta las cifras, insuficientes para suponer por sí mismas un cambio sustancial en el precio del diésel en Estados Unidos, las implicaciones políticas del acuerdo superan a las económicas. Desde hace varias semanas, Donald Trump ha utilizado la guerra de Ucrania, y especialmente los ataques ucranianos contra las refinerías rusas, para justificar el alza del precio del diésel, una forma de exculparse a sí mismo, a la guerra contra Irán, a la situación en el estrecho de Ormuz y, sobre todo, de buscar una respuesta sencilla para un problema complejo.
El 14 de septiembre, Donald Trump anunció una tregua energética entre Rusia y Ucrania con un mensaje en el que insistía en que “el alza del precio mundial del diésel se debe fundamentalmente a la guerra Rusia/Ucrania, no a Irán” y alegaba que ambos países habían aceptado no atacar las infraestructuras energéticas del oponente. Pese a que la idea de una tregua en las infraestructuras energéticas y de exportación de grano ha sido uno de los principales temas de la agenda, ninguno de los dos países aceptó ese supuesto acuerdo y, no solo no se han reducido esos ataques, sino que han aumentado de forma notoria.
Ucrania continúa jactándose de sus éxitos contra las refinerías rusas, la carta elegida para tratar de minar su economía y obligar al Kremlin a negociar en posición de debilidad, y Rusia ha iniciado los ataques contra las instalaciones de producción y distribución eléctrica ucranianas, presagio de un invierno aún más duro que el anterior para la población civil. La campaña aérea ucraniana, que según ha admitido Vladimir Putin ha costado a la Federación Rusa un 1% de su PIB, no ha logrado reducir la capacidad de lucha del ejército ruso y ha provocado una respuesta en la que Ucrania ha perdido capacidad industrial y, sobre todo, de exportación marítima, un duro golpe para su creciente déficit presupuestario.
Para Rusia, la principal consecuencia ha sido la caída en la capacidad de refinado de petróleo y diésel, cuyas exportaciones quedaron suspendidas en agosto con una prohibición que el Gobierno ruso había extendido hasta el 31 de octubre, pero que ha levantado para realizar el primer envío de diésel a Estados Unidos inmediatamente después del acuerdo.
La especulación sobre la capacidad rusa de refinar suficientes cantidades teniendo en cuenta que durante estos meses se ha visto obligada a importarlo es una de las muchas preguntas que se han planteado desde el viernes analistas y periodistas. Mientras una parte dudaba de la capacidad rusa de cumplir con el compromiso adquirido, otra incidía en una información de Interfax en la que esta misma semana se apuntaba a un descenso del precio del diésel en Rusia y a la posibilidad de levantar la prohibición de exportación para evitar exceso de existencias.
Políticamente, la principal conclusión es la voluntad de Estados Unidos de llegar a acuerdos con Moscú al margen de Kiev y de las capitales europeas, algo preocupante teniendo en cuenta la importancia de Washington en la venta de armas para la guerra y en el suministro de inteligencia que hace posible, por ejemplo, los ataques de larga distancia de Ucrania contra Rusia. Reaccionando a la sorpresa del acuerdo entre Putin y Trump, Kaja Kallas, que recordó la elevadísima cifra de víctimas civiles causadas por los ataques rusos esta semana -al menos 80 civiles asesinados en apenas tres días-, condenó el acuerdo insistiendo en que provee a Moscú de más ingresos para continuar la guerra cuando “no es momento de rebajar la presión contra Rusia” y anunció para el lunes “el paquete más grande de sanciones dirigido contra la maquinaria de guerra rusa desde el inicio de la guerra”.
En la misma línea, el presidente de Ucrania, que horas antes había exigido a Estados Unidos aplicar más presión sobre Rusia y había recuperado la exigencia de “cerrar los cielos”, calificó el acuerdo de “injusto” y “poco propio de un socio” e insistió en que “permitir que Rusia venda productos petrolíferos es una inversión en una guerra que debe terminarse, no prolongarse. Lo que se necesita es una verdadera desescalada con Rusia sobre una base recíproca”. El presidente ucraniano apelaba a una diplomacia hoy inexistente con una guerra desbocada ante la certeza de ambos bandos de que continuar luchando un poco más será beneficioso para llegar a una futura negociación en posición de fuerza.
Ucrania, que apenas unas horas después del anuncio del acuerdo atacó la terminal de exportación de combustible de Rostov, se reafirma en su intención de continuar con unos ataques que, desde el verano de 2025, han sido posibles gracias a la inteligencia de quien ahora le ordena que los cese, Estados Unidos. Mucho antes de que la guerra contra Irán provocara el actual aumento del precio del petróleo, minar la economía rusa a base de destruir su capacidad de producción energética -sector en el que Rusia es competidora del crudo estadounidense- fue la opción con la que Washington quiso presionar a Moscú. En octubre de 2025, Financial Times explicaba que “desde hace meses, Estados Unidos ha estado ayudando a Ucrania a realizar ataques de largo alcance contra instalaciones energéticas rusas en lo que, según las autoridades, constituye un esfuerzo coordinado para debilitar la economía de Vladimir Putin y obligarle a sentarse a la mesa de negociación”.
La situación actual muestra los límites de esa estrategia, el fracaso de cada intento de presionar a Rusia para rebajar sus exigencias negociadoras y un nuevo cambio de opinión del trumpismo, que con este acuerdo no solo deja claro que sus intereses están por encima de la posición negociadora de Ucrania o de la opinión de sus aliados europeos, sino que infringe incluso la legislación que el propio Donald Trump ha ratificado este otoño. El 18 de septiembre, el presidente de Estados Unidos firmó la conocida como ley Graham -en homenaje al recientemente fallecido senador Lindsey Graham-, que permite sancionar a los sectores energéticos de Rusia e Irán e imponer aranceles contra los países que continúen adquiriendo sus productos. Paradójicamente, en lugar de aplicar esa ley por la que se congratularon Ucrania y la Unión Europea, Estados Unidos se ha convertido en uno de esos compradores.
Más allá de la eficiencia que vaya a tener la medida a corto y medio plazo, el acuerdo entre Putin y Trump pone en cuestión el régimen de sanciones, cada vez más flexible a la hora de eximir productos y personas por las necesidades y exigencias de diferentes países -como ha ocurrido en Europa con el permiso para la oligarquía griega de transportar gas licuado ruso a terceros países- y cuestiona una de las máximas que Estados Unidos planteó a Rusia durante la reunión de agosto de 2025 en Alaska. En rueda de prensa, Donald Trump resaltó las grandes posibilidades de negocio entre los dos países, pero supeditó esas oportunidades a un acuerdo de paz. Como había anticipado hace unos días The New York Times, los nulos avances en la negociación y la voluntad estadounidense de reanudar las relaciones económicas con Rusia hacían posible que esos acuerdos prometidos para más allá de la guerra comenzaran a plantearse sin el prerrequisito de paz.
El acuerdo de adquisición de diésel ruso puede ser un primer paso en esa dirección, aunque aún es pronto para descartar que se trate solo de una aproximación hacia el alto el fuego energético que Washington lleva semanas buscando y que Kiev necesita desesperadamente antes del inicio del invierno. Según habían publicado varios medios, mientras Ucrania exigía para cesar sus ataques contra las refinerías rusas que Moscú hiciera lo propio con sus infraestructuras energéticas y de exportación de grano, Rusia reclamaba un levantamiento de sanciones que, en el caso del diésel, ya se ha producido, al menos hasta el 27 de abril.
Por el momento, la postura de Trump reafirma su voluntad de actuar al margen de Ucrania y de la Unión Europea y pone a Zelensky en una difícil disyuntiva de detener los ataques contra las refinerías rusas o arriesgarse a alienar a un aliado indispensable, sin el que Kiev no habría tenido la posibilidad de realizar esos ataques de larga distancia y sin cuyas armas e inteligencia en tiempo real no podría seguir luchando con garantías de forma indefinida.












