Un emblema de terror en el poder

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Tras décadas de estudios, revisiones y análisis, son varios los que coinciden en que el Golpe de Estado de 1976 fue uno de los más anunciados y con mayor respaldo de la sociedad civil en la historia argentina. La extrema fragilidad del gobierno de la entonces presidente Isabel Péron era un defecto imposible de ocultar, y así lo tenían claro los militares de ese momento. En “Disposición Final”, libro del periodista Ceferino Riato, el propio Jorge Videla señalaba que la Junta Militar podía elegir el momento para terminar con el gobierno de “Isabelita” por su extrema debilidad.

 

El “partido militar”, como lo llamaban, preparaba el ataque con antelación. Contra la voluntad de Martínez de Perón, el 28 de agosto de 1975 Videla asumía como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. En adelante, el General, sólo conocido en el ámbito castrense, ocuparía cada vez mayor espacio en los medios de comunicación.

Según relatara el mismo dictador, el Golpe comenzó a ser gestado en julio de 1975, con un notable apoyo de sindicalistas, empresarios, políticos y banqueros. Tal fue la preparación, que entre enero y febrero de 1976 la cúpula que encabezaría uno de los últimos ataques a la democracia ya tenía en sus manos un listado tentativo de quienes serían sus primeras víctimas, que llegarían a ser miles.

El Comunicado. Las restricciones emitidas por la Junta Militar compuesta por Videla, el comandante de la Fuerza Aérea, Orlando Agosti, y el almirante Eduardo Massera ya eran conocidas por periodistas, intelectuales y militantes, aunque imprevistas para el resto de la sociedad civil. El 24 de marzo, la expresión adusta del General Videla se hizo conocida para todo el país, en el comienzo de uno de los períodos más oscuros de la historia nacional.

Ambición interrumpida. A inicios de 1980, Argentina comienza a dar muestras de los síntomas de una irrefrenable crisis económica. La imagen negativa que la comunidad internacional tenía sobre el país, las denuncias en el exterior sobre los atropellos a los Derechos Humanos y la desconfianza generada por la propia Junta Militar, sumida en fuertes internas por la sucesión de un modelo que exponía con crudeza el desastre, derivó en temerosas -aunque crecientes- protestas sociales.

Un sector de las Fuerzas Armadas estaba convencido de que la salida era escapar hacia adelante con una guerra. Se especuló en profundizar un conflicto con Chile, opción poco redituable, tras la intervención de la Iglesia. El plan B, más lejano: las Islas Malvinas. Sin embargo, las disputas de las diversas facciones militares no lograban mantenerse bajo control, ni siquiera con un plan bélico por delante. Enfrentado con el almirante Eduardo Massera, Videla le deja la presidencia de facto al jefe del Ejército, Roberto Viola.

Según confesó el mismo Videla en “Disposición Final”, especulaba con ser candidato por el “partido militar” cuando llegaran las primeras elecciones. Cualquier aspiración secreta tendría su fin cuando Leopoldo Galtieri tomara  las riendas de las Fuerzas Armadas. Con la derrota de Malvinas, ya ningún militar tendría futuro político en la democracia.

El adiós por TV. El 23 de septiembre de 1981, por Cadena Nacional, Jorge Rafael Videla brindó sus últimas palabras como gobernante. “Vengo a despedirme del pueblo de la República (…) La gestión del primer capítulo del Proceso de Reorganización Nacional quedará abierta al juicio de la ciudadanía (…) Con estos cinco años hay una generación de jóvenes que tiene juicio y pensamiento político”.

Lejos de arrepentirse -actitud que mantuvo hasta sus últimos días- señaló: “Los peligrosísimos contornos de aquella situación en 1976, que resultó una situación de extrema vulnerabilidad de la Nación toda (…) costó mucha sangre y mucho dolor“.

“La agresión subversiva desarrollada a nivel ideológica en todos los ámbitos y respaldada por la apelación al crimen y al terror trató de imponer su pretendida revolución (…) pretendieron someter a la sociedad a su poder absoluto”, remarcaba el oficial, con el mismo temple con el que había definido a los desaparecidos pocos años antes.

En su despedida, Videla siguió reivindicando el terrorismo de Estado. “Como Presidente de la República tuve pacificar al país y conducir a la Nación hacia los objetivos prefijados (…) Con el fragor de lucha armada en todo el país dio comienzo una tarea enérgica, pero gradual cuidadosa, para cambiar las condiciones sociales y económicas (…) la victoria militar sobre el terrorismo era un hecho”, insistió.

El final. Con el retorno de la democracia, el represor pasó la mayor parte de su tiempo repartido entre Tribunales, prisión domiciliaria, Campo de Mayo y el Penal de Marcos Paz, donde murió. Fue condenado en el histórico el Juicio a las Juntas de 1985, e indultado por el entonces presidente Carlos Menem en 1989. Recién veinte años después, sería detenido en una causa por robo de bebés durante la dictadura. Murió repudiado socialmente, y condenado por la Justicia.

 

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