Una era de turbulencia mundial

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Cuando la Guerra Fría terminó hace dos décadas, en todo el mundo se esperaba que por fin habría un período de paz. El politólogo Francis Fukuyama predijo “el fin de la historia”: el conflicto entre las ideologías y entre las grandes potencias había terminado, en la medida que habían triunfado los defensores del libre mercado y la democracia.

Pero la ilusión del fin del conflicto llegó a su fin. La semana pasada, en las Naciones Unidas, el tema predominante entre los gobernantes allí reunidos era la turbulencia mundial. “Éste ha sido un año terrible”, declaró el secretario general, Ban Ki-moon. Como ejemplos mencionó la tragedia de Gaza, la inestabilidad en Ucrania, la guerra política en Sudán del Sur y los numerosos conflictos en África, así como en Irak y Siria.

“Desde la Segunda Guerra Mundial no se había visto tal número de refugiados, desplazados y solicitantes de asilo como ahora”, dijo Ban. “Nunca antes se había pedido a las Naciones Unidas atender con urgencia las necesidades alimentarias de tanta gente. Parecería como si el mundo se cayera a pedazos, a medida que las crisis se acumulan y la enfermedad se propaga”.

Dos temas concretos puestos sobre la mesa la semana pasada en Nueva York muestran la magnitud de la crisis: el cambio climático y el ébola.

Participé en la Cumbre del Clima del 23 de setiembre en Nueva York, en la que más de un centenar de gobernantes se comprometieron a reducir o enlentecer las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero eso fue, básicamente, reiterar viejas promesas y en gran medida inadecuadas. Solo tres líderes europeos prometieron un monto sustancial de dinero para el Fondo Verde para el Clima, que en total estuvo muy por debajo de la meta de 100,000 millones de dólares por año.

La Cumbre dio protagonismo al sector privado y a las acciones e inversiones que harían voluntariamente en la medida que se les brinden incentivos. Surgió una pregunta: si los gobiernos de los países desarrollados estaban intentando eludir la adopción de medidas más fuertes contra las fuerzas del mercado causantes del problema climático, así como su compromiso de brindar financiamiento a los países en desarrollo.

Al final de la sesión de clausura, tras un día de debates entre presidentes, primeros ministros, hombres de negocios, directores de bancos, científicos y algunas estrellas de cine, como Leonardo DiCaprio y Li Bing Bing, Graca Machel, viuda de Nelson Mandela, cuestionó a los gobernantes: “Hay una falta de correspondencia entre la magnitud del problema y la respuesta que se da hoy. Millones salieron a las calles. Si ésta es la respuesta que les vamos a dar, ¿acaso alcanza? Cada uno de nosotros tiene que estudiar los compromisos formulados y preguntarse si estamos a la altura del desafío. No se trata de lucro sino de nuestra supervivencia y bienestar. Se necesita el coraje de adoptar decisiones impopulares para algunos pocos miles pero por el bien de millones (…) Se necesita coraje para regular”.

Asistí también a una sesión sobre la amenaza del ébola, el 25 de setiembre, en la que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barosso, el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, y los representantes de Alemania, China, Cuba, Nigeria, Reino Unido y Timor Oriental se comprometieron a apoyar a los países más afectados: Liberia, Sierra Leona y Guinea.

Los gobernantes de estos tres países africanos explicaron cómo la crisis del ébola desbordó a sus sociedades al colapsar sus frágiles sistemas de salud. “Tenemos un sistema de familia extendida en el que nos hacemos cargo de los miembros y estamos al lado de los moribundos”, dijo Ellen Johnson-Sirleaf, la presidenta de Liberia, el país en el que la enfermedad se está cobrando más vidas. “Nos llena de ira que nos digan que no podemos tocar a nuestro hijo enfermo o enterrar a nuestros muertos”.

Se teme que el ébola afecte a toda África Occidental y se transmita a otras partes del mundo. Obama advirtió que si no se lo controla, puede matar a cientos de miles de personas en los próximos meses. Y el presidente del Banco Mundial dijo que la respuesta debe ser lo que se necesita y no lo que es posible.

Como quedó demostrado en esta reunión, las Naciones Unidas pueden desempeñar un valioso papel movilizador frente a una crisis como ésta. Pero la respuesta ha sido demasiado lenta, y ahora debe multiplicarse por veinte.

Joanne Liu, directora de Médicos Sin Fronteras, quien ha estado en la primera línea y ha advertido del peligro durante meses, dijo que las promesas no se han cumplido, que los trabajadores humanitarios están exhaustos, que cunde el miedo, que los índices de infección se duplican cada tres semanas, que los sistemas de salud colapsaron, que se manda a los enfermos a casa y allí contagian a la familia. “La respuesta tiene que ser práctica, no hay que tomar atajos. Hay enormes dificultades de organización, pero las Naciones Unidas no pueden fallar (…) Es un momento político crucial y ustedes, como líderes mundiales, serán juzgados”, expresó.

El cambio climático y el ébola muestran la magnitud de la crisis actual. La respuesta de los líderes políticos mundiales es, hasta ahora, insuficiente. Deben ponerse a la altura de las circunstancias.

Martin Khor es Director ejecutivo del Centro del Sur.

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