YAPACANI Breaking Bad

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El sinuoso camino del comercio de la droga.

Después de casi 10 años de negar la presencia de carteles de la droga, el Gobierno del presidente Morales admitió que la zona de Yapacani, departamento de Santa Cruz, se ha convertido en un verdadero reducto del narcotráfico. Por eso, ha decidido construir un cuartel antidroga que frene la actividad delincuencial del narco colombiano y brasileño que opera en la zona.

Hace menos de cinco años, los municipios de Yapacani, San Germán y Buena Vista, vivían de cultivos tropicales y de la producción de café. Hoy, sus pobladores se oponen a la construcción del cuartel con el pretexto de que podría crecer la violencia.

El ministro de Gobierno Carlos Romero, encargado de la lucha contra el narcotráfico, reveló que las fuerzas antidroga lograron en menos de dos años incautar 15 toneladas de droga, destruir 6.021 fábricas móviles, 39 laboratorios de cristalización de droga y pistas clandestinas de aterrizaje. Pero esos datos parecen quedarse chicos ante la verdadera dimensión de la actividad. “Resulta difícil para cualquier Estado poner freno al delito cuando penetra niveles de la sociedad”, asegura el experto Franklin Alcaraz. Y eso es lo que al parecer está sucediendo en varias zonas del país. Los pobladores de Yapacani se oponen a la construcción del cuartel antidroga; han salido en manifestaciones y han bloqueado las carreteras en protesta por la decisión del Gobierno.

Efectivos de la Unidad de Patrullaje Rural (Umopar), que llegaron a la zona roja han señalado que “no queremos que Yapacaní se convierta en territorio sometido a la ley y la autoridad del pichicatero; queremos que sea lo que ha sido históricamente para Santa Cruz y Bolivia, una población de la que nos sentimos orgullosos por su potencial productivo, su riqueza natural y turística”. Haciendo juego a esas declaraciones, el alcalde de Yapacani,  Zenobio Meneses atribuyó la presencia del narcotráfico a la coca que proviene del Chapare.

La FELCN tiene establecido un cuartel antidroga ubicado en la localidad de Chimore en el trópico de Cochabamba. Pero la instalación resultó insuficiente para controlar el peligroso crecimiento de la actividad del tráfico de cocaína. El cuartel operaba bajo directrices y supervisión de las agencias norteamericanas, pero ese cuadro se modificó tras la asunción al poder del presidente Morales. Gran parte de la masa de sustento del mandatario, proviene de las seis federaciones de cocaleros asentados en el Chapare, y aunque se diga en el Gobierno que los productores de coca son quienes ejercen control para evitar la actividad ilegal, no hay certificación que demuestre que efectivamente la afirmación sea cierta.

Cuartel en Chimore (Chapare)

Agentes antidroga en Chimore, han revelado que es frecuente escuchar tiroteos entre narcos. Enfrentamientos y asesinatos a sangre fría nunca fueron novedad cuando de comercialización de droga se trata. Lo que se pretende evitar, es que se comience a considerar al país como un elaborador masivo de cocaína. El cuartel que se pretende construir en Yapacani tiene un financiamiento de 1.5 millones de euros financiados en su integridad por la Unión Europea. La preocupación a estas alturas parece compartida. En un aparado del informe anual que elabora el departamento de Estados de EEUU sobre la lucha contra el narcotráfico, se cuestiona la falta de controles para evitar la internación de químicos utilizados para la fabricación de la droga.

Otro acápite del mismo informe señala el peligro de que Bolivia se convierta en un mercado atractivo para la fabricación de drogas de diseño que han ganado un espectacular crecimiento en el mercado mundial y son consideradas por los expertos “las drogas del futuro”. Según notificaron los Estados miembros de la UNODC (United Nation Office on Drugs and Crime), la presencia de este tipo de drogas se incrementó en un 50% de 2009 a 2012 en todo el mundo. Se trata de estupefacientes sintéticos fáciles de fabricar y altamente rentables para los productores, como los cristales de metanfetamina o las pastillas de éxtasis.

Distintos a la cocaína, no se necesitan las condiciones para el cultivo de la materia prima, sólo alcanza con precursores químicos y un simple laboratorio para hacer las mezclas. Afortunadamente Bolivia no ostenta una industria química altamente desarrollada para estos fines

Si bien aún los casos de traficantes de drogas de diseño son aislados -casi todas las bandas comercializan algunas de estas drogas pero en menor cantidad que la cocaína- y el consumo está concentrado en las clases medias y altas (una sola dosis de éxtasis puede costar entre 30 y 60 dólares), este mercado crece exponencialmente en todo el mundo.

Ante este panorama, el funcionamiento de las fuerzas de seguridad especializadas cobra vital importancia. Un excomandante de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico  que accedió a dialogar con DATOS bajo anonimato, lo sintetizó así: “En 2003 cada uno de nosotros viajaba a los Estados Unidos, hacíamos cursos en Alemania, trabajábamos en conjunto con la DEA. Paulatinamente se quitó presupuesto y se desarmó todo”.

La facilidad a la hora de conseguir los precursores necesarios para la elaboración de drogas tales como la cocaína y sus derivados, es otro de los puntos que aportan comodidad a los actores de este mercado ilegal: el éter de los aerosoles, el litio de las baterías, la nafta y el querosene “se consiguen en cualquier lado sin ningún tipo de control”, completa la fuente.

 

La coca por los caminos

 

Pero lo que no parece estar en la mira de las autoridades bolivianas es la circulación casi con absoluta libertad de coca ilegal que se desvía a la producción de cocaína. “Se trata de un fenómeno que está sucediendo en todo el país”, comenta un agente de las patrullas antidroga. Un caso llamativo refleja esta secuencia, contada por uno de nuestros cronistas que accedió a un informe policial.

El martes 1ro de abril no era un día normal en la carretera La Paz – Oruro. La preocupación era seguida por transportistas y por un millar de pasajeros que confluyeron en la ruta bloqueada por las piedras que los cooperativistas mineros decidieron arrojar en el asfalto. El chofer Pedro Almanza Calderón se encontraba en medio del tumulto. Había salido de La