Cuando el estratega reemplaza a la política

Por Ricardo Fuentes
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marketing político digital
Foto: Shutterstock

La publicidad puede ganar elecciones, pero no reemplaza la capacidad de gobernar.

Durante décadas se nos dijo que los partidos políticos eran indispensables porque articulaban intereses sociales, elaboraban programas de gobierno, formaban cuadros y permitían que la ciudadanía supiera qué proyecto de país respaldaba con su voto. Hoy, sin embargo, asistimos a un fenómeno distinto: la política es sustituida por el marketing y los programas por narrativas cuidadosamente diseñadas.

La llamada “nueva derecha” latinoamericana no se presenta como una corriente ideológica sólida, sino como un producto comunicacional. Las campañas se construyen alrededor de emociones, percepciones, imágenes y consignas simples que buscan conquistar audiencias antes que ciudadanos. El candidato deja de ser el representante de una organización política para convertirse en una marca electoral administrada por estrategas, consultores y expertos en comunicación.

El problema aparece cuando la campaña termina y comienza el gobierno. La publicidad puede ganar elecciones, pero no reemplaza la capacidad de gobernar. Los eslóganes no resuelven la inflación, la falta de divisas, el desempleo, la inseguridad ni la conflictividad social. Tampoco sustituyen a los partidos, a los equipos técnicos ni a los acuerdos políticos necesarios para administrar una sociedad compleja.

Por eso, cuando un candidato llega al poder sin una organización sólida, sin un programa coherente y sin una base social estructurada, termina dependiendo excesivamente de quienes diseñaron su estrategia electoral. El asesor adquiere una influencia que nunca fue sometida al voto popular, mientras el gobierno intenta administrar la realidad con las herramientas de una campaña permanente.

En Bolivia esta situación comienza a mostrar sus límites. La descalificación sistemática de los adversarios, la polarización discursiva y la sustitución del debate programático por la confrontación comunicacional erosionan las posibilidades de diálogo. Cuando la política se reduce a la construcción de enemigos, la concertación se vuelve imposible y la gobernabilidad se deteriora.

Las crisis nacionales no se resuelven con relatos ni con laboratorios comunicacionales. Requieren ideas, instituciones, liderazgo, acuerdos y una clara comprensión de las necesidades populares. Ningún estratega, por brillante que sea, puede sustituir la legitimidad que otorgan un programa serio y una organización política auténtica.

La democracia pierde sustancia cuando los ciudadanos eligen campañas y no proyectos de país. Y cuando eso ocurre, los gobiernos terminan descubriendo que la realidad es mucho más difícil de administrar que una narrativa electoral.

 


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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