
AP despidió a 120 periodistas para reemplazarlos con IA. Las agencias llevan décadas buscando escribir como robots, y cuando los robots aprendieron a escribir, los humanos salieron sobrando. El final lógico de una historia que ellos mismos construyeron.
El pasado 6 de abril el sindicato de la agencia periodística Associated Press dio a conocer el despido de más de 120 periodistas. La empresa decidió reemplazarles con una máquina que escribe igual pero más rápido.
Me hizo recordar esa narración de estas tierras mayas (el Popol Vuh) en la que los hombres de tz’ite y las mujeres de espadaña son destruidos por los objetos inanimados.
En la antropogenia del Popol Vuh, los dioses Tepeu y Gukumatz descubren que su creación (las mujeres y hombres de palo) carecían de sangre (k’ikel), por tanto, tampoco tenían corazón, por tanto no tenían entendimiento ni memoria ni alma.
Hay tres “señales” que anteceden al despido de los 120 de AP. Elementos previos integradores sin los cuales toda explicación apocalíptica sale sobrando.
El primero es la agencia misma. El periodismo de agencia. Desde sus orígenes estas han buscado estandarizar su estilo, hacerlo lo menos humano posible. Detrás de la idea de objetividad estaba la idea de un estilo neutro para que cualquier cliente pudiera reutilizar sus textos sin meter la manos. Copiar y pegar, tal como lo hicieron medios como El Espectador, Caracol y El Colombiano, que esta semana publicaron información falsa sobre un plan malévolo de los malvados rusos para controlar a los influencers de Colombia, noticia que les mandó la agencia española EFE y ellos reprodujeron sin verificar.
Los manuales de estilo de AP siempre han sido una guía para quien busque borrar su propio estilo. Lenguaje neutro, radicalmente denotativo, funcional, modular, anónimo, universal. Nunca conjugado en subjuntivo especulativo. Se presume que un redactor de AP escribe igual si está en Kuala Lumpur o si está en Bogotá. Las agencias han postulado el grado cero de la escritura como una virtud, como si estar ausente (diría Camus) mereciera aplausos.
Estos humanos creados en madera y grafito llevan varias décadas intentando escribir como robots, así que resulta “natural” que cuando los robots aprendieron a escribir, los humanos resulten innecesarios.
El pecado de ser periodista y no enterarse de nada
El comité ejecutivo del sindicato de AP dice en su comunicado del 6 de abril: “La semana pasada, AP ignoró una solicitud sindical de negociar sobre inteligencia artificial, después de haber informado al personal que planeaba realizar grandes cambios.”
Este párrafo me desconcertó.
No porque más adelante habla de “navegación de los vientos en contra del periodismo” (¡una metáfora en AP!) sino porque el sindicato apenas la semana pasada buscó hablar con la empresa sobre la IA. ¡La semana pasada!
El sindicato de actores (el SAG-AFTRA) se fue a huelga hace tres años ¡tres años! La primera huelga en resistencia frente a las amenazas de la IA. Lo advirtieron, resistieron, se opusieron. Los camaradas del sindicato de AP se tardaron tres años en pedir una audiencia con la patronal para hablar del tema. Una audiencia que les fue negada.
Periodistas que no se enteraron de los riesgos que representan para su gremio las herramientas de IA generativa. No sé cómo llamar a esa paradoja autodestructiva.
El tercer elemento es que tampoco es una noticia nueva y hay una cierta ironía del destino. La inteligencia artificial generativa no llegó a la agencia de noticias AP como una novedad espontánea. Sus antecesores habían construido ahí sus primeras villas, su cabeza de playa. A mediados de la década pasada la agencia fue una de las primeras organizaciones periodísticas del mundo en implementar sistemas de generación automatizada de lenguaje, lo que en la jerga técnica se conoce como Natural Language Generation (NLG).
El NLG era herramienta relativamente sencilla, construida con algoritmos simples que convertían datos estructurados en textos mediante plantillas y reglas predefinidas. Al redactor de la agencia le bastaba poner los nombres de los equipos, el marcador final y las expulsiones para que la máquina le entregara una nota terminada de acuerdo a las normas de la agencia. Resultaba mucho más sencillo cuando se trataba de información de la bolsa de valores. Con esa herramienta, AP comenzó a producir miles de notas deportivas y financieras sin intervención directa de periodistas.
Los resultados de la tercera división de la liga de fútbol, los informes financieros y las estadísticas que, salvo los muy nerds de cada tema, nadie más lee con mucha atención. La escritura robótica no era muy diferente a lo que de por sí tenían o lo que de por sí querían leer. Cuando AP integró los NLG a sus procesos, probablemente despidió a la mayoría de sus reporteros de deportes y de finanzas. Pero el resto no se inmutó porque ni los conocían (muy niemöllereanos ellos).
El sindicato de AP pudo ver, desde dentro, cómo ocurría el reemplazo de los humanos por las máquinas. Tuvo años para entender la dirección del viento. Hicieron notas sobre la huelga de SAG-AFTRA, sobre su negociación, su advertencia implícita sobre lo que se venía para todos los trabajadores culturales. Pero ellos, así como el resto del gremio periodístico, no se movieron con la urgencia que el momento exigía. Estaban entretenidos ganándole a la competencia. Siendo más rápidos, más neutros, más robotizados.
Claro que organizarse toma tiempo, se requiere un tipo de energía especial para esas cosas de la solidaridad gremial, además que requiere claridad sobre el destino que debe tomar la lucha, porque luego el enemigo evidente no es el verdadero enemigo, y menos cuando aparece de manera gradual. La automatización periodística no es un villano que se apareció en las redacciones un lunes por la mañana con su cara de muy muy malo. Llegó con andar pausado, como secuaz de Luis Fonsi, con su oferta de trabajar menos, trabajar más rápido. Tomó primero los márgenes, las orillas, esos medios periféricos que trabajan para las grandes plataformas (aunque se creen emprendedores con su propio negocio). Luego apareció en medios más grandes, en las notas que nadie firmaba, en las secciones donde la letra y sus vericuetos resulta irrelevante. Cuando el centro, el core, empezó a sentir el peso, ya no había mucho terreno pa donde hacerse.
Lo que está ocurriendo ahora es una continuación, no una sorpresa, no un reinicio. Los grandes modelos de lenguaje (LLM) actuales heredaron la automatización periodística de las plantillas de la NLG, que a su vez creció en la tierra fértil del manual de la neutralidad absoluta de AP. Es una historia continua, de herencias y sofisticaciones. Claro que ahora es más rápido, más sencillo, las notas salen más “prompto”. La lógica de fondo permanece.
La resistencia que anuncia el sindicato de AP suena a una resistencia de esas de papel. Suena muy bonito decir “el periodismo de calidad comienza y termina con las personas que cubren las noticias” cuando el sello de la empresa siempre ha sido borrar a las personas, ocultar sus nombres y sus pasiones. Agrega el sindicato “Sus voces no serán ignoradas” y suena lejano, simulado, resignado.
Las brechas
Tendremos, en tiempos inminentes, una gran brecha entre los medios escritos que usan IA generativa y los que no. Por un lado estilística, pero por el otro en términos de presencia y oportunidad. Talento versus monetización. O la más vieja conocida: talento para las letras o talento para el negocio.
En lo personal mantengo una esperanza de que encontraremos puntos de conciliación (tal como lo hizo SAG-AFTRA). Esta semana estuve revisando el proyecto creado por Joe Amiditis para Claude Code (en Git-Hub) de “skills for journalism, media and academy”. Es una cosa bien bonita, que abarca desde verificación de fuentes, acceso a información pública, periodismo de datos, archivo digital, web-scraping, desarrollo de apps y herramientas de seguridad.
Los medios y periodistas con acceso a este tipo de herramientas, a modelos de IA más potentes, a mayor capacidad de procesamiento, a las versiones de paga, pues, serán capaces de producir textos más variados, menos predecibles y más difíciles de identificar como generados. En cambio los medios basados en Facebook (que en mi pueblo hay muchos), que operan con versiones básicas, obtendrán eso que ya vemos sin parar. Basura de IA. Lenguaje sin faltas de ortografía pero pastoso, pesado como champurrado frío. En uno y otro medio vemos las mismas frases que el modelo aprendió a repetir porque lo entrenaron con textos de gente aburrida y pastosa.
No ahora, pero en un futuro inminente, las y los y les lectores seremos capaces de identificar al primer vistazo notas periodísticas generadas.
Esto nos llevará a seleccionar medios que aparentemente no lo usen. Tendremos una paradoja bien interesante, donde la inteligencia artificial democratiza la producción de contenido pero al mismo tiempo construye una nueva élite, porque producir buen texto generado requerirá recursos, conocimiento técnico y acceso a infraestructuras que, esas sí no están distribuidas de manera igualitaria. Los medios escritos serán los primeros que pagarán la IA como si pagaran oxígeno. Esa fantasía de CEO del multiverso LLM.
El periodismo asistido y automatizado existe, desde hace tiempo. Esta versión estratificada es nueva, en la que coexisten distintos niveles de intervención tecnológica que el lector puede o no distinguir a simple vista, y donde los contenidos de mayor calidad técnica quedarán con frecuencia detrás de muros de pago, mientras el slop circula libre y abundante en los espacios abiertos.
Los 120 periodistas de AP son el síntoma visible de una reorganización en proceso. No nada más se trata de recortes, sino de una redistribución de la capacidad de narrar, de estructurar verdad en términos públicos. Es decir, no estamos solamente ante una transición tecnológica, sino también política. Por eso es importante que la respuesta sea gremial, aunque parezca tarde. SAG-AFTRA no detuvo la inteligencia artificial. Negociar en serio con esta tecnología no debería pretender detenerla, sino discutir las condiciones de su implementación.
Aunque siempre podemos nada más sentarnos a esperar que una lluvia de resina negra controlada ya no por Tepeu y Gucumatz, sino por chips de Nvidia, arrase con los hombres y mujeres de palo que caminan sin rumbo y sin corazón.












