Media war

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Dos hechos que sucedieron este mes preocupan  a cualquier persona que trabaja en la edición de  medios. En el primer caso, distribuidoras de revistas de los Estados Unidos y gobiernos federales  el país prohibieron la circulación de la revista Rolling Stone porque en la portaba aparecía despeinado     en estilo más poético que terrorista el autor de los atentados de la maratón de Boston. Se dijo que la  revista no podía comparar la insana mental de Dzhokar Tsarnaev con Dylan o Lennon; límites que   nos está señalando qué se puede escribir y que no. Estos dilemas afrontan los editores que con poca sangre en la cara, para ser editor no hay que tenerla; obligan a repensar hasta dónde llegar   para empaquetar temas de interés colectivo. Sacar de circulación a un medio no evita que la gente   lea. Creo que el efecto es inverso: prohibir atrae más lectores en la segunda opción.

El otro caso. Hace un par de semanas el filósofo Martín Sivak que escribe para la versión en español del New York Times  que publica el Clarín de Buenos Aires, se encontró con la sorpresa de que en lugar de su columna “Libran guerra de medios en América del Sur”, los editores publicaron una entrevista con el primer ministro de Serbia. A modo de ensayo con la realidad agreste que nos toca enfrentar a los editores de revistas y diarios, Sivak escribió que a las dos guerras del siglo pasado en América latina, la del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932 – 1935) y Las Malvinas que enfrentó a la Argentina  y el Reino Unido (1982), había que añadirle en el presente siglo la Guerra de los Medios que se libra en América del Sur. El filósofo decía en su columna que la concentración de medios -Clarín es un  multimedio con diarios, canales, señal por cable y frecuencias en radio- ha  ido un problema para las democracias de la región. “Históricamente pocas familias y pocas  impresas controlaban el mercado.

Esos medios han dependido del Estado  (especialmente en publicidad, créditos y otros beneficios) lo que ha contribuido  a las relaciones de toma y daca con los gobiernos de turno”. Y seguía  analizando: “En Ecuador, la ley de medios aprobada recientemente tiene un espíritu similar a la de  Argentina, pero interviene también en los contenidos.

Incluye penalidades por publicar material que pueda afectar el honor de  las personas. Los  ponentes al Gobierno advierten que el presidente Rafael Correa terminará definiendo qué es bueno y qué es malo y cerrarán medios de comunicación. Como Correa, y como el pionero en las ´Guerras de Medios´ Hugo Chávez, la presidencia Kirchner ha intentado quitarle a los medios privados su papel de intermediarios con la sociedad. Creó una vasta red de medios propios -estatales o paraestatales- que denotan al Grupo Clarín y celebran su obra de Gobierno”.

La columna de Martín Sivak era equilibrada. Sin salirse de los códigos permitidos, sin ofender a  nadie, pero los editores sintieron mácula y la censuraron.

El filósofo decía algo muy importante que debe servir como reflexión. “Pero esos medios -la parafernalia creada y/o comprada por los gobiernos de turno- no influyen sobre las audiencias  moderadas que no están en ninguno de los bandos de la Guerra de Medios. Deben esforzarse por descifrar que se dice en los medios para saber que sucedió el día anterior”.

En ambos casos – concentración de medios y credibilidad- hay un estrecho margen a las  apariencias. No vale la pena que los medios vivan alimentando noticias que el Gobierno cree que le harán olvidar a la gente sus necesidades inmediatas. Tampoco vale la pena que los medios que se llaman independientes hagan lo que critican al Gobierno. “Creo que estamos eligiendo mal nuestros aliados en América latina: que un diario censure un artículo porque no le gusta es no haber entendido al Times: les gusta el prestigio que les otorga, pero rechazan el periodismo del Times  cuando habla de ellos”. Ya lo expuse en un editorial anterior: el verdadero periodismo es una lucha constante por conquistar la mente y el corazón de las personas, una guerra sutil en la que finalmente se impone la verdad