Furor por las ‘apps’ de meditación: ¿revolución del bienestar o ‘comida rápida’ espiritual?

Begoña Gómez Urzaiz | El País
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App Calm
Foto: Edward Smith | Getty Images

El móvil de Lucía García-Cabrera, diseñadora de moda de 31 años, marca que lleva 328 días seguidos meditando con la aplicación Headspace. “Si no me hubiera despistado algunos días, serían más de 400″, explica. Paga unos 50 euros al año (”los 50 euros mejor gastados”, dice) y la usa entre 10 y 15 minutos al día, casi siempre antes de acostarse, y para hacer meditación guiada. “Mi vida ha cambiado completamente. Tengo un sueño mucho más profundo, estoy más descansada y durante el día hago ejercicios de respiración. Me ha dado un giro la perspectiva y la visión de la vida. Todo va muy rápido y esto es una manera de decir: vamos a parar y vamos a vivir el presente”.

García-Cabrera se bajó Headspace coincidiendo con el principio de la pandemia, para contrarrestar la angustia que le generaba la información constante sobre el virus. “Ponías la tele y el bombardeo de muertes era horroroso. Esto me ayudó a relativizar. Supongo que podría meditar sin aplicación, pero me resulta más fácil hacerlo así”. Millones de personas hicieron el mismo gesto. La popularidad de las aplicaciones de meditación y mindfulness (la práctica derivada del budismo centrada en estar presente en el momento) se ha disparado en el último año y medio.

Las líderes en el sector son Calm, con más de 100 millones de descargas, y Headspace, que supera los 65 millones y que este pasado mes de agosto se fusionó con una plataforma financiada por el fondo Blackstone. Headspace es la creación de un británico, Andy Puddicombe, que pasó 10 años formándose como monje budista y montó la aplicación casi como una herramienta para organizar su agenda. Ahora vive en Silicon Valley y preside una empresa que ganó más de 100 millones de euros en 2020. Según Business of Apps, existen más de 5.000 ofertas similares en este nicho, entre ellas Boom Journal, Ten Percent Happier, Buddhify, Calmer U y Mind·U. A todas les benefició que Apple nombrara a Calm como aplicación del año en 2017, y la mayoría se han consolidado durante la pandemia.

No es difícil deducir por qué. Desde marzo de 2020 en todo el planeta se multiplicaron los motivos para sentir (aún más) ansiedad y angustia, a la vez que aumentaba la soledad y la dificultad para asistir a terapias presenciales.

Aunque tienen distintas funcionalidades, por lo general las aplicaciones ayudan con programas guiados a simplificar y hacer hueco en la vida cotidiana a unas prácticas relativamente complicadas. “La meditación a pelo, con un gong, la encuentro difícil. No me sale”, explica Gerard (no es su nombre real), que lleva cuatro años usando Calm y se siente mucho más centrado cuanto más la utiliza. “Hay dos profesores, la mítica Tamara Levitt y otro que se llama ­Jeff Warren, que cuelgan una meditación diferente cada día. Engancha bastante porque todas son diferentes y acabas teniendo una relación con ellos similar a la que tienes con tu profesor de yoga”. Él tiene una profesión creativa y en momentos de picos de estrés, cuando publica un libro nuevo, por ejemplo, llega a usar la aplicación hasta dos horas diarias. Le ayuda a gestionar el miedo al fracaso y el síndrome del impostor, dice.

Los ensayos clínicos en este campo son todavía pocos y limitados, pero la mayoría concluye que el uso de este tipo de aplicaciones sí tiene efectos positivos. Un estudio de la Carnegie Mellon University puso a 140 adultos a practicar mindfulness a través de una aplicación durante 20 minutos al día durante dos semanas. Los investigadores observaron cómo a los participantes se les reducían los niveles de cortisol y les mejoraba la presión arterial.

Sin embargo, su uso también genera reticencias, tanto por su método como por la filosofía