El regreso de los militares
Por: Diego Fonseca /The New York Times
Noviembre 2019
Fotografia: Getty Images

El caso de Bolivia, en donde las fuerzas armadas sugirieron a Evo Morales renunciar, revel√≥ que los soldados no han abandonado el poder en Am√©rica Latina. La vuelta de los ej√©rcitos como actores pol√≠ticos es peligroso para una regi√≥n que a√ļn tiene cicatrices por las dictaduras militares.

El día que el general Williams Kaliman sugirió a Evo Morales que abandone la presidencia de Bolivia hizo más que desplazar a un movimiento ciudadano con un golpe militar: dejó claro que los soldados no se han ido jamás de la sombra del poder en las dos largas décadas del retorno a la democracia tras las dictaduras militares.

El caso boliviano ha puesto en la mesa que, cuando fracasan en América Latina las capacidades políticas de nuestras democracias imperfectas para gestionar los tensos equilibrios del gobierno, el estamento militar todavía cree tener potestades superiores al dictado constitucional. Es urgente para nuestra región no rendirnos a la idea de que para salir rápido de crisis políticas o de regímenes autocráticos no hay más solución que rebeliones o golpes. Las hay.

Los militares latinoamericanos volvieron a los cuarteles con la disolución de las hipótesis de conflicto de la Guerra Fría y el reenfoque geopolítico de Estados Unidos en Medio Oriente. Algunas fuerzas armadas se plegaron a misiones de paz en el extranjero, otras comenzaron a realizar inteligencia interna y no pocas son favorecidas con el control o los beneficios de negocios estatales, como en Venezuela. Y aunque parecía claro que habían entendido que su rol no era intervenir políticamente, ese pacto ahora está en entredicho.

Si no ten√≠amos presente cu√°n cercano estaba el aliento militar m√°s ominoso, Bolivia acab√≥ por descorrer el velo: han vuelto. Tras desplazar al movimiento c√≠vico de protesta contra Morales -y a diferencia del pasado, cuando asum√≠an el gobierno sin intermediarios- los militares esta vez prefirieron la comodidad de la segunda fila: decidieron solo acompa√Īar el regreso al poder de la derecha religiosa boliviana.

Despu√©s de que el general Kaliman le puso la banda a la presidenta proclamada, Jeanine √Ā√Īez Ch√°vez firm√≥ un decreto para liberar al ej√©rcito de responsabilidades penales durante la represi√≥n de las revueltas. La √ļnica misi√≥n del gobierno de √Ā√Īez -convocar a elecciones inmediatas- est√° amenazada ahora bajo la perspectiva de una democracia tutelada. Si con Evo, Bolivia caminaba a una autocracia electoralista, en la nueva etapa la democracia solo podr√≠a regresar a la sucesi√≥n de gobiernos conservadores c√≠vicomilitares que dominaron al pa√≠s entre los a√Īos sesenta y ochenta.

La experiencia boliviana no es un caso aislado. En Venezuela y Nicaragua, quiz√°s los casos m√°s visibles de la regi√≥n, las fuerzas armadas cogobiernan como parte integral de los reg√≠menes bolivariano y sandinista. En el Brasil de Jair Bolsonaro, hay m√°s de cien militares en cargos estrat√©gicos. Los militares han sido centrales en el proceso de represi√≥n en Chile, que a√ļn tiene cicatrices de la larga dictadura de Augusto Pinochet. El ej√©rcito de Honduras derroc√≥ al gobierno de Manuel Zelaya y es corresponsable de la reducci√≥n del pa√≠s a un Estado fallido. Las fuerzas armadas jam√°s soltaron el poder real en Guatemala desde el fin de las guerras de los ochenta y son el aparato de sustento del gobierno de Jimmy Morales. En El Salvador han tenido poder suficiente para empujar una amnist√≠a que los aleje de pagar por sus cr√≠menes en la guerra civil. En M√©xico, cuando la crisis del narco fue convertida en un asunto de seguridad nacional, los militares fueron enviados primero a combatir el crimen organizado hace trece a√Īos y luego se convirtieron en una fuerza parapolicial con poder de mando propio con la Guardia Nacional de Andr√©s Manuel L√≥pez Obrador.

Los gobiernos latinoamericanos no parecen saber c√≥mo superar la dif√≠cil prueba de lidiar con el descontento popular una vez concluida la mejor etapa de crecimiento econ√≥mico del √ļltimo siglo. Los recientes estallidos sociales mostraron que las fuerzas armadas, que estaban en expiaci√≥n -adeudando a Am√©rica Latina varias generaciones de obediencia para probar que abrazaban la fe democr√°tica-, a√ļn conservan reflejos del pasado.

¬ŅQu√© hacer? En Bolivia tendr√°n que encontrar mecanismos legales, pol√≠ticos y sociales novedosos para resolver una crisis tan pol√≠tica como cultural, social y racial. Otras naciones tienen mejor prospecto. Tal vez suene c√°ndido, pero no hay otra opci√≥n que empujar a los pol√≠ticos a recuperar la capacidad de construir consensos.

En las fracturas ganan los actores antidemocráticos. Las organizaciones políticas deben rediscutir los principios de sus disputas: salir de la concepción del otro como enemigo para recuperarlo como un adversario con el que existen diferencias de grado sobre la idea de nación. El marco de fondo es crítico: una vez que un actor tan históricamente poderoso como las fuerzas armadas ocupa un espacio en la política, no retrocede si no ve riesgo de derrota.

Es el momento de que cada movimiento -populista o neoliberal, progresista o conservador- envíe a la escena a su traidor necesario: alguien capaz de renunciar a posiciones intransigentes para acercar la balanza a un centro razonable. Un ejemplo: el pacto entre distintas fuerzas para abrir la posibilidad de una nueva constitución en Chile que reemplace la promulgada por Pinochet.

La crispación favorece a los cínicos. O construimos democracia o los militares construyen otra cosa por nosotros, ya no con golpes de Estado desembozados sino haciéndonos creer que su concepción del orden -susurrado al oído de los políticos- es el modo en que debe organizarse una sociedad democrática.

 

 

Diego Fonseca es un escritor argentino que vive entre Phoenix y Barcelona. Su libro m√°s reciente, en coedici√≥n, es Perdimos. ¬ŅQui√©n gana la Copa Am√©rica de la corrupci√≥n? Es director del Institute for Socratic Dialogue de Barcelona.

 

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