La nueva normalidad
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Mayo 2020
Fotografia: Jorge Guerrero/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Cada vez que se produc√≠a alg√ļn cataclismo extraordinario, su v√≠ctima intentaba volver a la vida que hab√≠a perdido. Ya no ser√° posible.

Nunca pens√© que escribir√≠a estas palabras, pero aqu√≠ van: he aprendido a ser conservador. Todav√≠a no digo que lo sea; digo que, tras huirle como a la peste toda mi vida, ahora entend√≠ c√≥mo podr√≠a serlo. Me ataca, lenta, arrolladora, la conciencia de que no vamos a vivir como viv√≠amos. Llevo d√≠as y d√≠as extra√Īando la vida que creo que perd√≠; d√≠as y d√≠as pensando en esas cosas que me gustaban de mi vida anterior al virus que seguramente no volver√°n -los viajes, la felicidad de mezclarse sin pegas con personas en mercados o estadios o manifestaciones, los encuentros y conversaciones impensados, el calor de un abrazo-. D√≠as y d√≠as lamentando su desaparici√≥n tan probable; d√≠as y d√≠as imaginando c√≥mo podr√≠a conservarlos.

Esa es, ahora entend√≠, la actitud entre melanc√≥lica y reactiva -reaccionaria- del conservador: sabe que algo se le escapa y se pregunta c√≥mo podr√≠a conseguir que algo de ese algo no se fuera del todo o volviera de alg√ļn modo. Se suele pensar que los adultos se vuelven conservadores porque quieren vivir mejor. Creo que es un error: lo hacen, si lo hacen, porque creen que han vivido mejor: no, en mis tiempos... Eso es, creo, ser conserva, y me est√° dando. Porque ahora, parece, empieza la otra vida.

Ahora desescalamos: esa es la orden, al menos en Espa√Īa, donde estoy. Yo sab√≠a que los escaladores escalaban y, una vez que hab√≠an llegado a la cumbre, bajaban o incluso descend√≠an; nunca supe que desescalaran, pero nosotros s√≠ lo haremos. No ser√° f√°cil: no es lo mismo abrir que descerrar. Y si conseguimos desescalar lo suficiente llegaremos abajo de todo, muy abajo, al fondo, donde nos espera la nueva normalidad. Desescalar hacia la nueva normalidad es la consigna: el castellano sufre, las sociedades puede que tambi√©n.

Era un cl√°sico: cada vez que se produc√≠a alg√ļn cataclismo extraordinario, su v√≠ctima intentaba "volver a la normalidad". Ya no; ahora vamos a ir, con suerte, hacia la "nueva normalidad".

"Nueva normalidad" es una contradicci√≥n en los t√©rminos. La normalidad se construye a trav√©s del tiempo, poco a poco, probando y descartando y adoptando formas y maneras que se van volviendo normales. Ahora es normal que las mujeres voten; hace cien a√Īos era anormal, y se fue "normalizando" a golpes durante todo el siglo XX, por ejemplo. La "nueva normalidad", en cambio, no ser√° el resultado de un largo proceso sino la imposici√≥n de unos gobiernos empoderados por nuestro miedo.

Están inflados. Nunca gobiernos democráticos tuvieron tanta cancha para ejercer su poder: hace dos meses que les permitimos cualquier cosa porque estamos asustados por la enfermedad, por la muerte presente y prematura. Lo hacen, por supuesto, por nuestro bien; no hay razón más eficaz para hacerte obedecer que convencerte de que es "por tu bien", y ahora estamos, con razón o sin ella, convencidos.

Así que todo lo que hicimos con nuestras vidas en estos meses no fue producto de un debate, de una decisión consultada y compartida: es lo que nuestros gobiernos, apoyados en el supuesto saber de ciertos científicos, nos dicen que hagamos. La democracia se suspende -por nuestro bien, faltaba más- y los poderes deciden sin más máscaras. No digo que esté bien o mal; digo que sería bueno tenerlo presente. Cuando se nos pase el susto, la inmovilidad del susto, habrá movidas, pedidos y pases de cuentas: terremotos políticos varios.

Y eso mismo que hacen los Estados lo hacen, en estos d√≠as, tantos ciudadanos, cuando sermonean a los "infractores", los atacan, les lanzan desde sus ventanas el peso de sus mejores intenciones. Es el peligro de las causas justas o, peor, las buenas causas. Cuando tenemos una -cuando creemos que tenemos una-, ella lo justifica todo. Entonces podemos permitirnos todas esas conductas que en general reprimimos, porque la causa lo requiere. Ahora tenemos la mejor -o una de las mejores-: la conservaci√≥n de la salud de la comunidad, la vida de la comunidad. Y, gracias a eso, miles de ciudadanos antes ¬Ņrespetuosos? ¬Ņtemerosos? ¬Ņreprimidos? se transformaron en verdaderas arp√≠as policiales, llenos de raz√≥n y sacrosanta c√≥lera, que se dedican a decirles a los otros lo que deben hacer -y todo por la causa-. Si no diera asco dar√≠a risa. Y, sobre todo, si no cupiera la sospecha de que esa conducta lleg√≥ para quedarse: que el control mutuo "por la buena causa" ser√° una de las bases de la nueva normalidad.

Nueve semanas. Ya van dos meses que nos despertamos cada ma√Īana con las cifras de los muertos, las historias de los muertos, los ecos de los muertos: la muerte en la cabeza. Para una cultura que se dedica a ocultar la muerte es un fracaso extraordinario y habr√° que ver c√≥mo nos cambia. Hemos hecho todo lo que hemos hecho todos estos d√≠as por el miedo a la muerte, por la muerte. Ahora la sabemos, de esa manera f√≠sica en que se saben pocas cosas. No est√° claro que podamos deshacernos de ella y volver a ser empecinados ignorantes. No est√° claro, en general, c√≥mo seremos, pero la nueva normalidad incluir√° una presencia de la muerte que hasta ahora supimos evitar.

Mientras, la pregunta del mill√≥n es si los Estados mantendr√°n algo de la fuerza que consiguieron en estas semanas. Todos -las grandes empresas, las peque√Īas empresas, ciertos ricos, los pobres de todas las formas y colores- los necesitamos para sobrevivir en estos tiempos dif√≠ciles. Muchos -sobre todo los grandes capitales- intentar√°n desasirse cuando los tiempos se apacig√ľen. Pero ha quedado claro que en ciertas situaciones el famoso mercado no alcanza o no sirve. Y que hay momentos en que el destino de las personas se hace com√ļn, cuando alcanza con que unos pocos est√©n mal para que todos lo estemos; que hay males -las epidemias, la destrucci√≥n de la Tierra- que todav√≠a no aprendieron a discriminar seg√ļn fortunas. Esa ser√≠a la gran ense√Īanza que los m√°s poderosos querr√°n olvidar: contradice las bases de su conducta, de sus ideas del mundo.

Y llegarán los cambios en la vida cotidiana, los que me volvían conservador. Los que podamos viviremos, sin duda, en un mundo más plano. La pantalla -la computadora que suele estar detrás- es un campo de concentración, un territorio concentrado. Ya cumple las funciones que hasta hace poco cumplían muchas herramientas distintas: el tocadiscos, la calculadora, el libro, el diario, el mercado, la radio, la televisión, el cine, el teléfono, la libreta, el naipe, el mapa, el correo y siguen firmas. En estos días incluyó también relaciones sociales y espectáculos que le escapaban, y trabajo, mucho trabajo. La tendencia existía, pero se aceleró. Lo sabemos: el teletrabajo llegó para quedarse, y habrá que ver cómo nos cambia.

Puede producir, entre otras cosas, ciudades menos congestionadas por personas yendo a sus empleos, pero también acabar con los negocios de tantos -bares, restoranes, transportes, roperías- que vivían de sus necesidades. Puede producir un uso más razonable de nuestro tiempo pero ya produce -dicen estudios recientes- un aumento del tiempo de trabajo. Puede reducir el control de los jefes cocoritos pero también dificulta la posibilidad de armar respuestas comunes de los trabajadores.

Y será un mundo mucho menos físico. Entre el avance de las relaciones digitales y el miedo a los demás nos tocaremos mucho menos. Los abrazos y los besos quedarán limitados a los muy cercanos, y a ver cuántos son los valientes que se atreven a darle la mano a un desconocido cuando se lo presenten. Nos miraremos con esa desconfianza que ya se encuentra en cualquier góndola, y ni siquiera nos veremos: viviremos en un mundo con muchas menos caras, con las caras hundidas detrás de esas máscaras que, por disimular, llamamos mascarillas. La sonrisa se volverá algo privado: un privilegio de interiores, como el pelo de las mujeres musulmanas.

(Es curioso. Una de las caracter√≠sticas m√°s destacadas del avance chino en el mundo era que ten√≠a rasgos occidentales: lo llevaban adelante con costumbres y cosas y maneras y m√°quinas dise√Īadas de este lado, para vivir vidas parecidas a las "nuestras", hechas de coches, rascacielos, vinos, tel√©fonos, bluyines. Lo que hab√≠a triunfado no era Oriente sino un Occidente desplazado, con mano de obra m√°s barata. Las mascarillas, que ellos usan desde hace mucho y ahora todos usaremos, ser√°n, quiz√°, el primer gran rasgo oriental que se va a imponer en nuestro espacio: una marca de su poder en nuestras caras).

Un mundo empieza en estos d√≠as, y siempre es f√°cil encontrar belleza en el que se termina. En eso consiste esa tonter√≠a de ser conservador. Pero es cierto que, si todo sigue como parece, viviremos en un mundo con m√°s miedos y controles. Un mundo con menos gestos, menos intercambio. Un mundo donde los extra√Īos ser√°n tanto m√°s extra√Īos.

Son solo algunas previsiones para los que todav√≠a creemos que podemos prever algo. Hay millones -muchos millones- cuya previsi√≥n m√°s insistente consiste en querer prever -y proveer- la comida de ma√Īana. Mientras algunos teletrabajamos y nos dolemos por los viajes y los besos perdidos, millones clamar√°n, reclamar√°n, exigir√°n a gritos. Con ellos -y con la respuesta que reciban- se jugar√° la suerte de nuestros pa√≠ses. Entonces s√≠ sabremos c√≥mo ser√° esa normalidad que anuncian nueva y que puede ser, en lo esencial, siempre la misma. O no, c√≥mo saberlo. Hace tres meses no imagin√°bamos nada de lo que nos sucede: si esta lecci√≥n no nos ense√Īa la modestia, nunca nada podr√°.

 

 

Martín Caparrós (@martin_caparros) es periodista y escritor. Sus libros más recientes son el ensayo Ahorita y la novela Sinfín, que transcurre en 2070.

 

Imprimir
Enviar Articulo

Lo más leido en:
Opinion
Artículos Relacionados:
Personajes
Jorge Zepeda Patterson / El País
Martín Caparrós / The New York Times
Cayo Salinas
Cayo Salinas
El llanto de un √°rbol Dat0s 193