Los poderes de un virus
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Abril 2020
Fotografia: Alberto Pizzoli/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Nunca hubo una crisis más general. Sus soluciones pondrán a prueba el poder de los ciudadanos para empujar a los gobiernos y el mercado a construir un mundo mejor después de la pandemia.

Te dicen que es una guerra y no es una guerra. Una guerra es el resultado de las decisiones del hombre. La epidemia del coronavirus lo es, si acaso, de sus indecisiones. Y no es fácil decidir frente a algo tan extraordinario. Ahora unos pocos políticos gobiernan -deben administrar la crisis como pueden, improvisando, sin manuales ante lo extraordinario-; los demás se dedican a la caza de culpables. Los gobiernos hablan mucho de la crisis global, para exculparse; las oposiciones hablan mucho de la crisis local, para inculparlos.

Pero es cierto que lo que est√° en crisis es el mundo: nunca hubo una crisis tan general. Aunque sus soluciones, parece, ser√°n locales, nacionales, y s√°lvese quien pueda.

Las situaciones extremas, te dicen, te ponen frente a la verdad. Es bonito: una manera elegante de decir que las situaciones normales la esquivan. No es dif√≠cil: contamos con un conjunto de mentiras habituales, las que nos hacen vivir todos los d√≠as. Pero ahora no funcionan bien; hay que crear mentiras especiales, que sirvan, como sirven todas, para enga√Īarnos o consolarnos o enga√Īarnos y consolarnos o solamente anestesiarnos. El opio, le dec√≠an.

Y hay una que circula con bríos: que China pudo contrarrestar mejor el virus porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y obligar a sus ciudadanos porque es un régimen autoritario. La noción se ha transformado en uno de esos lugares comunes que aceptamos y adoptamos, esas afirmaciones que nos gusta repetir sin repensar. Yo creo que no: que pudo contrarrestarlo mejor porque es más rica.

El obstáculo para establecer cuarentenas extremas en las "democracias occidentales" no fue la libertad. Nada indica que millones de personas se habrían negado a encerrarse: el trueque de libertad a cambio de salud funciona perfectamente en estos días -y puede ser un gran problema en el futuro-. El problema de estas democracias es la economía: tenían -y tienen- miedo a cerrar todo porque se pierde demasiada plata.

China es más grande y más rica. Con más reservas, puede dejar de ganar durante unos meses. Por eso, creo, pudo aplicar enseguida las medidas que muchos países occidentales rechazaron durante semanas -que, ahora sabemos, fueron fatales para muchos-.

El problema central, el que seguiremos repasando por décadas, es este dilema de hierro entre salvar vidas y salvar dinero.

Es como si todo esto sirviera, al fin y al cabo, para poner en escena la contradicción básica entre dos formas de ver el mundo. Tan desnuda: la bolsa o la vida. Claro que la opción no se presenta cruda: ninguno de los que claman por la economía quiere ponerla en esos términos. Entonces te dicen que salvaguardar la economía significa salvar vidas en el futuro, que serían afectadas por la crisis económica, y proponen sacrificios que nunca son suyos.

Vivimos en sociedades de la abundancia, donde hay mucho m√°s que lo que se necesita, solo que concentrado sin verg√ľenza. Entonces la ca√≠da de la econom√≠a es, efectivamente, un problema contable para unos pocos, un problema vital para muchos. Son los que sufrir√°n porque tienen tan poco que no pueden tener menos. Pero los pol√≠ticos y empresarios que enarbolan esa amenaza para clamar contra las cuarentenas no suelen ofrecer la soluci√≥n m√°s obvia: que los que tienen mucho repartan una parte.

(Te hablan de la guerra, decíamos, y la pandemia no es una guerra, no es el enfrentamiento entre dos ideas. Pero en su solución sí hay una guerra, ese enfrentamiento. Que tiene ganadores distintos en distintos países: todos sabemos lo que hacen Trump y Bolsonaro, lo que quiso hacer Johnson).

Los Estados son los instrumentos de redistribuci√≥n que conocemos. Su herramienta se llama impuesto: es la manera de tomar la riqueza donde est√° y colocarla donde no est√°, a trav√©s de subsidios directos o de servicios de salud, sanidad, educaci√≥n, seguridad, vivienda. En esta crisis los Estados se fortalecieron. Ha quedado claro que son los √ļnicos que pueden manejar los momentos extremos; que, en esos momentos, el famoso mercado puede ser un obst√°culo. Habr√° que ver si ese paso al frente de los Estados se mantiene cuando la crisis pase. Los mercados van a contraatacar. Habr√° que ver con cu√°nta fuerza, cu√°nto √©xito. Eso depende, claro, de las ganas y voluntades de los ciudadanos -que van a ser distintas en cada pa√≠s: para eso sirven los pa√≠ses-.

Se habla tanto de los cambios que la crisis traer√°, de futurolog√≠a. Una crisis no cambia nada por s√≠ misma. Lo cambian las fuerzas que pelean a partir de la crisis -y que la crisis puede cambiar-. Habr√° sectores que tratar√°n de restablecer el reino del mercado, habr√° otros que intentar√°n mantener m√°s presencia del Estado y, seg√ļn la potencia destructiva de la crisis, seg√ļn c√≥mo se cuente/lea, m√°s o menos personas apoyar√°n a unos u otros. Ahora, con el miedo, se dicen -e incluso se hacen- muchas cosas. La cuesti√≥n ser√° ver qu√© se hace cuando el miedo pase. O cu√°nto miedo quedar√° y cu√°nto cabreo.

Algunos dicen que será como el principio del Estado de Bienestar europeo. Que empezó tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial pero no por el desastre; porque sus conductas durante ese desastre habían hecho que la izquierda creciera y la derecha se hundiera, y el comunismo amenazaba.

Ahora tampoco alcanzar√≠a con el desastre; tendr√≠a que suceder, como entonces, que se produjera la tasa de cabreo social necesaria para empujar a los gobiernos en esa direcci√≥n. Que quedara claro que esta pandemia no habr√≠a sido igual sin la destrucci√≥n de la sanidad p√ļblica por las fuerzas del mercado y que la salud desigual no les sirve ni siquiera a los que pueden pagarla porque los bichos no respetan barrios ni chequeras. Y que, adem√°s, los ricos necesitan que los ciudadanos sigan sanos para consumir; en cuanto se avist√≥ la epidemia, las bolsas se derrumbaron por si acaso.

Hay sectores insospechables de cualquier socialismo que lo creen. El gesto pol√≠tico m√°s significativo de estos √ļltimos d√≠as fue el editorial del Financial Times, portavoz habitual de "los mercados", cuando escribi√≥ que, tras la pandemia, "para pedir un sacrificio colectivo uno debe ofrecer un contrato social que beneficie a todos". Y que para eso, "ser√° necesario poner sobre la mesa reformas radicales, que reviertan la direcci√≥n principal de las pol√≠ticas de las √ļltimas cuatro d√©cadas. Los gobiernos tendr√°n que aceptar un rol m√°s activo en la econom√≠a. Deben considerar los servicios p√ļblicos como inversiones y no como pasivos, y buscar las formas de hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribuci√≥n volver√° a la agenda; se cuestionar√°n los privilegios de los mayores y los ricos. Pol√≠ticas que hasta hace poco se consideraban exc√©ntricas, como la renta b√°sica y los impuestos a la riqueza, tendr√°n que entrar en la mezcla". Pero nada suceder√° si millones y millones de personas no lo exigen.

Si alguien hubiera querido ofrecer una gran lecci√≥n sobre el Antropoceno, nuestro destrozo de la Tierra, jam√°s habr√≠a podido imaginar nada mejor que estos d√≠as de retirada de los hombres y regreso de plantas y delfines y cielos azulitos. Ahora resulta a√ļn m√°s obvio que es nuestra presencia la que crea esas perturbaciones, y que tenemos que buscar la forma de combinar esa presencia con la menor tasa posible de perturbaci√≥n. (Sin llegar a la tonter√≠a com√ļn de suponer que somos malos y los animales buenos. La naturaleza tambi√©n es el virus. Llevamos diez mil a√Īos tratando de moderar sus efectos y lo hemos conseguido bastante bien; de vez en cuando se planta y nos mata con un tsunami, un terremoto, una corona).

Quizás estemos aprendiendo, en estos días, que gastamos mucho más que lo que necesitamos. Que hemos armado sociedades que despilfarran en tantas tonterías en lugar de invertir en lo que importa: cuidarnos a todos. Ojalá salgamos de estas semanas de austeridad forzosa convencidos de que no era necesario gastar tanto. Que no vale la pena correr y correr, que no vale la pena acumular: que se puede vivir de otras maneras, que todo puede deshacerse en un bichazo. Lo sabíamos, decíamos que lo sabíamos, pero no.

Hoy lo estamos viviendo.


Martín Caparrós (@martin_caparros) es periodista y escritor. Sus libros más recientes son el ensayo Ahorita y la novela Sinfín, que transcurre en 2070.

 

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