¿Por qué nos gusta que nos mientan?

Leonardo Toledo Garibaldi | Diario Red
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información desinfomación propagación , redes sociales

Nos gusta pensar que odiamos la mentira, pero en el pánico preferimos relatos rápidos a verdades lentas. El miedo, el deseo y la necesidad de sentido en medio del caos nos hacen vulnerables frente a la mentira.

(no es necesario, pero este texto se puede leer con fondos musicales. Para empezar suena Luis Miguel: “Precisamente ahora que tú ya te has ido / me han dicho que has estado engañándome […] Miénteme como siempre / por favor miénteme / necesito creerte / convénceme”)

Nos gusta creer que amamos la verdad como quien ama la luz. Nuestro equipaje de principios fundamentales suele incluir sinceridad, honestidad, autenticidad, todas esas cosas. Son nuestras lámparas para andar el camino de la incertidumbre vital. Al mismo tiempo transitamos esa incertidumbre arropados en ficciones que nos sostienen. Las religiones nos consuelan con resurrecciones y paraísos; los discursos patrióticos nos edulcoran con pasados gloriosos; los relatos familiares omiten decenas de episodios para que las cenas navideñas transcurran en paz y armonía. Todas esas ficciones nos mantienen de pie, nos permiten sostener las inminencias y las inevitabilidades, son consuelos, prótesis multidimensionales contra el miedo a lo desconocido. Más que perversión o delito, son un refugio, miles de pequeños ladrillos inventados que nos protegen del lobo.

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, o más bien la información que circuló en las horas posteriores a su muerte, fue como si los ladrillos se volvieran en nuestra contra. Decenas de mentiras se multiplicaron rápidamente, quizá porque estábamos convencidos de que la reacción sería fatal e inclemente, luego de varios años en que los medios nos han repetido un día sí y otro también que ese cartel es el más poderoso del universo, que tienen presencia y control de medio país, que su capacidad de fuego y crueldad es algo nunca antes visto. Quizá también se pensaba que las acciones de las fuerzas de seguridad serían inútiles y testimoniales, casi cómplices. Un país en llamas por haberse atrevido a tocar al intocable. Convencidos de esa ficción construída durante años, el capítulo inminente no podía ser otro. Nos refugiamos en las pantallas de nuestros teléfonos esperando la inevitable onda de choque.

La violencia fue real. No solamente bloqueos y vehículos quemados, sino decenas de soldados del ejército y guardias nacionales murieron en enfrentamientos con sicarios, gatilleros y pistoleros mini. Necesitábamos respuestas para saber qué hacer. ¿Habrá autobuses para regresar a casa? ¿Será seguro llevar a las hijas e hijos a la escuela mañana? ¿Están bien mis amigos y familiares en Jalisco, Michoacán, Nayarit, Guerrero o en cualquier otro lado? Pero la operación aún estaba en curso, las consecuencias y el alcance de la respuesta del cartel seguía sin conclusiones claras. El dispositivo de seguridad contuvo, no sin bajas lamentables, la violencia en las calles. Pero en la dimensión informativa se salió de control. Ahí no hubo una estrategia efectiva.

La demanda informativa fue pasto seco para oportunistas. Influencers cazalikes, sicarios informativos, periodistas desprovistos de ética y comunicadores militantes del caos (o de las derechas, que es lo mismo) echaron mano de su arsenal de ficciones. Fotos fabricadas con Nano Banana y ChatGPT, videos reciclados, posts desproporcionados y alarmistas, testimonios inventados, todo sirvió para la metralla.

La prensa internacional —Reuters, Associated Press, The New York Times— documentó la explosión de noticias falsas mientras que, en el terreno, decenas de periodistas se jugaban la vida tratando de confirmar o desmentir lo que ya estaba en todos los teléfonos del país.

La mentira como aliviane frente al vacío

(Al fondo suena la banda “Depresión Tropical”, apenas se oye la letra de una sus canciones “…te mientes a ti mismo para ser feliz”)

¿Por qué le dimos valor de verdad a toda esa información alarmista que circuló en las primeras horas del domingo? La psicología del rumor ofrece una posible respuesta.

En las primeras horas tras el operativo, la información oficial fue fragmentaria, difusa, inconcluyente. Más que un error, era una imposibilidad. La operación estaba en curso, las consecuencias, la respuesta, era imprevisible. En ese vacío prospera el rumor. Los fundadores de la psicología del rumor, Allport y Postman, plantearon hace muchos años una fórmula que lo explica: R = I x A (rumor igual a importancia por ambigüedad). El rumor se hará más grande bajo condiciones de alta importancia del tema y alta ambigüedad de los hechos. No es común encontrarse con un laboratorio nacional donde aplique su fórmula, pues como ellos mismos lo dijeron “La relación entre importancia y ambigüedad no es aditiva sino multiplicativa, puesto que con importancia o ambigüedad igual a cero, no hay rumor”. La mezcla de tema importante con alta ambigüedad de hechos disponibles produce grandes rumores.

Varios análisis circulan en la prensa mexicana donde se habla de cientos de publicaciones engañosas en las primeras 48 horas, que con bots o sin bots tuvieron millones de visualizaciones acumuladas. Es un dato estadístico, pero también metafísico. En una foto de un avión en llamas aparece un hombre inmutable junto al fuego de turbosina. Es una situación imposible, pero en ese escenario goebbelsiano donde vimos la foto mil veces repetida, era muy difícil poner atención a ese detalle. A eso se sumó que un empleado de la UdG, con altas dosis de irresponsabilidad o despreciable intencionalidad, posteó mensajes de alarma sin ningún tipo de evidencia, donde afirmaba que el aeropuerto había sido tomado por el “narcoterrorismo”.

Pudo ser lo que sea: un plato caído, una puerta azotada, un grito aislado. La foto y los tuits del empleado de la UdG produjeron su efecto concreto, tangible. Alguien empezó a correr y cientos lo siguieron, apanicados. Una especie de profecía autocumplida. El poder de un tuit.

La mentira y sus parientes respetables

(ahora suena un bolero de 1955, la voz es de Virginia López y la música es de los Tres Reyes: “Miénteme más si con eso / te sientes feliz […] dime si al mentir / todo es frenesí / si esa es la verdad / miénteme más”)

Hay mentiras deliberadas y otras no tanto. Es importante distinguir, aunque poner matices no implica apagar la indignación, y aunque quienes se animan a señalar el matiz suelen ser condenadas a la hoguera acusadas de negación, de protectoras de la mentira.

Hubo también una proliferación de videos antiguos presentados como actuales. Esa forma de mentira pertenece a la categoría de “contenido fuera de contexto”. Material real, tiempo falso. Es una forma de engaño que no necesita inventar los hechos, los desplaza, los mueve de tiempo y de lugar.

Otro pariente de la mentira son las interpretaciones apresuradas, las especulaciones convertidas en titulares, esas narrativas conspirativas que atribuyen los hechos a complots improbables. En varias columnas y notas se buscó, sobre los cuerpos caídos de soldados y guardias nacionales, otorgarle medallas al valor al presidente gringo, a la DEA, a la CIA. Lo importante era que el gobierno actual no se llevara ningún mérito. También lo hicieron con la violencia. Para ciertos medios no hubo una operación nacional de contención, no hubo enfrentamientos, no hubo despliegue. La violencia estaba desbordada y ninguna fuerza institucional estaba presente. Narcobloqueos en las calles y bloqueos informativos en las redacciones, todos unidos con el fin común de multiplicar la percepción de ingobernabilidad.

En los análisis posteriores se habló de campañas coordinadas que buscaban amplificar el caos y proyectar una sensación de poder criminal mayor al real. No basta quemar camiones si no hay redacciones y granjas dispuestas a esparcir el incendio en la imaginación colectiva.

Pero ya en serio ¿nos gusta que nos mientan?

(la banda sonora cambia a la Sonora Santanera: “pero no lo dices / con buena intención / porque tu no tienes / no tienes corazón”)

Creer una mentira no es un acto de estupidez o ignorancia. No siempre, pues. Se podría decir que es un acto de deseo. El psicólogo Daniel Kahneman demostró que bajo condiciones de amenaza nuestra mente privilegia la rapidez sobre la precisión. El peligro real reduce el escepticismo. Ante la humareda —real o digital— buscamos certezas más que verdad. Las teorías de Kahneman resultaron muy útiles para explicar decisiones económicas (que se suelen tomar en pánico), tanto así que le dieron el premio Nobel de economía (que no es un Premio Nobel real, ya que estamos en eso de identificar medias verdades).

Las investigaciones recientes sobre desinformación muestran que el contenido falso se comparte más cuando es novedoso, emocional y alarmante. No es la mentira en abstracto sino la intensidad que produce. El sobresalto. Pero sobre todo la sensación de estar enterados antes que nadie. Tener la primicia emocional en el chat familiar o en el grupo de amistades nos da un lugar de privilegio, de sabedores, de videntes, de personas con acceso a información privilegiada.

No nos gusta que nos mientan, pero participamos de la difusión de las mentiras porque nos gusta la sensación que se tiene al esparcirla. Es totalmente anticlimático y aburrido decir “Voy a esperar a la versión oficial y a la doble verificación de imágenes y videos”. Está más chido levantar la cabeza de la pantalla y gritarle a tus amigos “¡No mamen, ya tomaron el aeropuerto de Guadalajara!”.

¿Somos la sociedad más mentirosa de la historia? ¿o la más crédula?

(aparece de pronto Manú Chao con su guitarra y empieza a cantar “Todo es mentira en este mundo / todo es mentira la verdad / Todo es mentira, yo me digo / todo es mentira ¿Por qué será?”)

Sería injusto afirmar que vivimos la era más mentirosa de la historia. Las cruzadas, las inquisiciones y las propagandas del siglo XX demuestran que la humanidad nunca ha regateado creatividad en materia de falsedades. La diferencia es que ahora la mentira se mueve más rápido. Las falsedades que antes tomaban años en instalarse, hoy toman segundos.Hoy tenemos una gran infraestructura puesta al servicio de la mentira y muy reticente a esparcir verdad.

La muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación mostró esa infraestructura como si fuera el Beaubourg, totalmente en high-tech, descarnada, sin maquillaje. Bots, cuentas anónimas, imágenes sintéticas con sellos de agua que gritaban “soy falsa”, videos de estampidas donde las masas fuera de control pausaban su marcha sin motivo. La mentira tiene a su servicio servidores, algoritmos y métricas de rendimiento. Pero sobre todo tiene monetización. Es un crimen que sí paga.

¿Qué hacer frente al incendio?

(Con una orquesta dirigida por Ortiz de Pinedo y bajo la mirada adusta de Juan ferrara, Lupita D’alessio canta así: “Yo que he dejado todo por seguirte a ti / y te he dado mucho más que a nadie […] Tú me alimentaste siempre de mentiras / que estúpida que siempre te creí”)

No podemos, no debemos llamar a cuentas a la libertad de expresión. No podemos encarcelar cada falsedad porque tarde o temprano iríamos todos presos (seamos sinceros en esto).

Tenemos que aprender a leer (de nuevo). Ya no solamente las palabras, sino también imágenes, las fijas y las que se mueven. Es mucha chamba seguir las recomendaciones de expertos que nos dicen que debemos preguntarnos de dónde viene un video, en qué fecha fue grabado o quién gana con su difusión. También está fuera de realidad esperar que los amigos del chat tomen cada imagen que les llega y la pasen por la más reciente y robusta herramienta de verificación. Pero se pueden hacer llamados permanentes a sospechar del dramatismo instantáneo. Enseñarnos mutua y dolorosamente a desconfiar del titular que confirma exactamente nuestras convicciones.

En 2019, en un ya clásico reporte sobre manipulación audiovisual llamado “Deepfakes & Cheap Fakes”, las investigadoras Britt Paris y Joan Donovan dijeron esto: “Las nuevas tecnologías de los medios no cambian de forma inherente cómo funciona la evidencia en la sociedad. Lo que sí hacen es brindar nuevas oportunidades para negociar la experiencia y, por lo tanto, el poder”.

Paris y Donovan plantearon que las imágenes falsas representan una amenaza social, pues tanto las que están muy bien hechas como las más chafitas logran en ocasiones ser dadas como ciertas. También dicen que no es suficiente un enfoque puramente tecnológico para contrarrestarlas (Nota alarmada de quien redacta: ¡y mucho menos darle nuestra confianza a las herramientas de Palantir!). Cualquier solución debe tener en cuenta la historia de la evidencia, el tratamiento que cada sociedad le da a la carga de la evidencia, pero también y sobre todo a los procesos sociales que producen la verdad. No podemos dejar que el poder de la determinación de lo falso y lo real recaiga en manos de unos pocos (cargados con sus propios sesgos e intereses), pues eso nada más va a reforzar la desigualdad estructural de lo decible, sino que debemos buscar que la posibilidad de discernir se distribuya entre las comunidades en riesgo. Los medios requieren trabajar de la mano con la sociedad para construir evidencia y verdad.

La alfabetización mediática debe dejar de ser un privilegio de élites académicas y pasar a ser un mecanismo de resistencia y defensa civil.

Una misión sin salidas de emergencia

(Para cerrar, Fleetwood Mac: “Si pudiera cambiar la página / Con el tiempo reorganizaría un día o dos. / Pero no pude encontrar la manera / así que me conformaré / con un día para creer en ti / Dime, dime, dime mentiras)

Tal vez es una batalla perdida antes de empezar a pelearla. La mentira corre más rápido y es más atractiva que la verificación. Además va en una troca cargada de emociones que es conducida por Don Dinero. Pero renunciar a pelearla es aceptar que el espacio público ya le pertenece al sobresalto permanente y la deliberación en asamblea de iguales es una nostalgia de boomers y equises.

La semana postmortem del Mencho nos enseñó que la violencia informativa multiplica los efectos devastadores y desanimadores de la violencia física. Un país en llamas durante dos días no es tan ingobernable como un país convencido de estar todo el tiempo y en todas partes en llamas.

¿Nos gusta que nos mientan? Más bien nos gustan los relatos que nos permiten comprender el caos, aunque lo simplifiquen. Nos gusta la versión que nos convierte en testigos privilegiados del desastre, que nos narra el fin del mundo desde un rincón tranquilo y seguro. Nos gusta la historia que oculta nuestros miedos detrás de grandes mitos, que nos platica de sus pasteles, de su bonita letra, de sus boletos para el mundial, de sus parejas sentimentales, que despersonaliza y limpia la sangre para hacernos sentir que estamos viendo una obra de Bernard, Miro y Brancato (los que hicieron la serie de Netflix “Narcos México”).
Pero entre la ficción que consuela y la mentira que incendia hay grandes diferencias. Una nos ayuda a soportar la jornada, la otra nos hace correr en estampida hacia salidas de emergencia que no existen (ni las salidas ni las emergencias). Es una diferencia que puede determinar nuestra salud mental, pe


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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