
No es que los “síntomas del amor” sean falsos, sino que estamos acostumbrados a que estén presentes todo el tiempo, a que los repitan hasta el cansancio, a que los falseen hasta que se hagan señales importantes y reconocibles.
Mi texto anterior cierra de esta forma: “algunos dirán amor, pero esa palabra se queda corta ante lo que se vive…”, esto me dejó pensando en nuestra actual mecánica de simplificar para asir lo “real”. El amor se ha convertido en muchas cosas (si ubican más pueden añadir a esta lista): una adicción química reforzada por elementos del lenguaje, un revolcón placentero, un camino de mártires, madre, amante, esposos… Sin embargo, aquí surge un problema: esas ideas que pretenden definir al amor se vuelven tan perfectas que son representables (Y el Oscar al mejor amor es para…). ¿Eso es amor?
Siguiendo las señales (sospechoso), el amor surge cuando se cumple una lista de requisitos que son identificables: mariposas en el estómago (vigila tu dieta), necesidad de estar junto al objeto amado (bastante lógico, casi tanto como no poder dejar el tabaco), cierta sensación de irrealidad (si hay mariposas en el estómago, hay adicción, ¿por qué no puede haber síntomas de desconexión?), pan, dos kilos de azúcar, harina y un martillo. Lo que quiero decir es simple. Si puedo listar un par de “síntomas del amor”, entonces puedo formular una receta de amor (hay muchos videos de TikTok con esas recetas). ¿No será que confundimos el todo por la parte?
Vivimos en una época en la que nos gusta empacar todo: el riesgo, la locura y una serie de sandeces positivas las envolvemos en un paquete cómodo que llamamos valores; si se relaciona este regalo con un oficio tenemos, de hecho, una identidad valiosa lista para ser comercializada. Pasa lo mismo con el amor, al cual envolvemos en lo que podemos distinguir (sensaciones físicas, pensamientos recurrentes y signos externos), así nacen muchos días especiales, la identidad de enamorados, peluches, matrimonios pomposos, “green y red flags”, las famosas reglas del tipo: “con hijos no…”, “sin alto valor tampoco…”. Como si habláramos de un paquete de suscripción a algo. ¿No tenemos derecho a apostar?
¿Pero qué pasa cuando los amantes deben compartir adversidades o el sexo deja de ser placentero? ¿Cuándo el padre o la madre abandonan a sus hijos? ¿Cuándo los hijos golpean a sus padres? ¿Cuándo la pareja decide acompañar el vínculo en medio de una enfermedad terminal (con el dolor que conlleva)? ¿Qué sucede con la familia “Frankenstein” que es feliz? ¿No escuchan romperse un regalo bien empaquetado?
No es que los “síntomas del amor” sean falsos, sino que estamos acostumbrados a que estén presentes todo el tiempo, a que los repitan hasta el cansancio, a que los falseen hasta que se hagan señales importantes y reconocibles. Eso se da porque, sencillamente, son una parte de sentir amor, pero vivir la palabra es más complejo que leerla como un guion. Si buscamos el amor, debe encontrarse entre el colapso de lo que conocemos y el nacimiento del temor ante lo incierto (Por favor, tomen en cuenta que eso último también es una simplificación).
Lo cierto es que muchas veces lo que se cuestionó más atrás pasa y está más cerca de lo que pensamos. Pero muy rara vez somos conscientes de ello y estamos tan preocupados que no podemos ver: lo obvio, lo socialmente aceptado, lo práctico, que terminamos ciegos ante lo que pasa. Y es que el acto de amar se reconoce no solo por un medio observable y listable; hay muchas vías. Algunas están lejos del simulacro que produce una convención.
Basta con observar: parejas que deciden acompañarse en medio de una enfermedad terminal hasta las últimas consecuencias (con el sufrimiento que conlleva). Hay dolor; el amor genera un ambiente tóxico. Hay una enfermedad y nadie es culpable. Hay una constante amenaza de ruptura por muerte. Entre esas relaciones hay algo más que amor con marca registrada y sabiduría viral… Toca preguntarse: ¿Será amor?












