
Mapa del estrecho de Bab el-Mandeb. | Fuente: NormanEinstein
El estrecho de Bab el-Mandeb en Yemen se ha convertido en uno de los puntos donde mejor se manifiesta la creciente interconexión entre la seguridad regional de Oriente Medio y el funcionamiento de la economía mundial.
El estallido de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán –que comenzó el 28 de febrero de 2026– ha tenido en todo momento el foco internacional situado sobre uno de los principales cuellos de botella marítimos del planeta: el estrecho de Ormuz.
La acumulación de acciones bélicas entre los diferentes actores del conflicto y los ataques contra el tráfico marítimo en la zona han generado un bloqueo de facto sobre una vía por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Sin embargo, mientras la atención mediática se concentra en el golfo Pérsico, otro corredor estratégico vuelve a cobrar protagonismo: el estrecho de Bab el-Mandeb.
A diferencia de Ormuz y su bloqueo, la importancia de Bab el-Mandeb no constituye una novedad derivada de la actual guerra regional. Desde finales de 2023, los ataques hutíes contra embarcaciones comerciales en el mar Rojo ya habían demostrado hasta qué punto un actor no estatal podía alterar el funcionamiento de una de las rutas comerciales más importantes del mundo.
Lo que ha cambiado ahora es el contexto. La posibilidad de que tanto Ormuz como Bab el-Mandeb se vean afectados simultáneamente por la confrontación regional, la cual ha estado en varios momentos de los últimos meses en convertirse en realidad, plantea un escenario que podría tener consecuencias mucho más amplias para los mercados energéticos y la economía mundial.
La importancia de Bab el-Mandeb
El estrecho de Bab el-Mandeb, conocido tradicionalmente como la “Puerta de las Lágrimas”, separa Yemen de las costas africanas de Yibuti y Eritrea. Con apenas unos 30 kilómetros de anchura en su punto más angosto, conecta el golfo de Adén y el océano Índico con el mar Rojo y, posteriormente, con el canal de Suez y el Mediterráneo.
Desde hace décadas constituye una de las principales arterias del comercio internacional, especialmente para el tráfico de mercancías entre Asia y Europa. A través de esta ruta transita alrededor del 12% del comercio mundial y una parte significativa de los flujos energéticos procedentes del golfo Pérsico con destino a Europa.
Durante décadas, la estabilidad de este corredor fue considerada relativamente segura pese a la inestabilidad política de la región. Sin embargo, la guerra civil de Yemen y el ascenso de Ansar Allah comenzaron a modificar progresivamente esta percepción.
Los acontecimientos posteriores al 7 de octubre de 2023 supusieron un punto de inflexión. En respuesta a la ofensiva israelí sobre la Franja de Gaza, los hutíes iniciaron una campaña de ataques contra embarcaciones vinculadas directa o indirectamente con el Estado hebreo.
Aunque inicialmente aseguraban que sus objetivos eran exclusivamente buques israelíes o de capital israelí, en la práctica los incidentes terminaron afectando a numerosas compañías internacionales.
Los ataques con drones, misiles y embarcaciones ligeras provocaron que algunas de las mayores navieras del mundo abandonaran temporalmente la ruta del mar Rojo y optaran por rodear África a través del Cabo de Buena Esperanza.
Aquella crisis ya puso de manifiesto la vulnerabilidad del comercio mundial ante las perturbaciones en Bab el-Mandeb. El aumento de los costes logísticos y los retrasos en las cadenas de suministro afectaron no solo a Egipto, cuyos ingresos por el tránsito marítimo en el canal de Suez experimentaron una importante caída, sino a la economía global.
A pesar de que Estados Unidos y Reino Unido –junto con otros países– respondieron mediante la Operación Guardián de la Prosperidad y posteriores campañas de bombardeos contra objetivos hutíes en Yemen, la realidad es que estas acciones se demostraron poco efectivas, obligando a estos actores a retirarse.
El estrecho en la guerra entre Irán e Israel
Sin embargo, los acontecimientos actuales elevan el problema a una escala superior. La importancia estratégica de Bab el-Mandeb ya no depende únicamente de la capacidad de los hutíes para interrumpir el tráfico marítimo, sino que ahora está estrechamente relacionada con la situación en Ormuz y con la evolución de la confrontación entre el Eje de la Resistencia y sus adversarios.
Para Teherán, ambos estrechos representan herramientas de presión de enorme valor. Durante décadas, la República Islámica ha construido buena parte de su capacidad de disuasión alrededor de la amenaza de alterar el tráfico energético en Ormuz.
No obstante, la consolidación del Eje de la Resistencia y el fortalecimiento de actores aliados como los hutíes han ampliado considerablemente sus opciones. Sin necesidad de desplegar fuerzas propias, Teherán dispone de socios capaces de generar presión sobre corredores marítimos situados a cientos o incluso miles de kilómetros de sus fronteras.
Por otro lado, actores como Egipto, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos observan la situación con preocupación. Para El Cairo, la estabilidad de Bab el-Mandeb está directamente vinculada al funcionamiento del canal de Suez y a una fuente de ingresos fundamental para una economía que atraviesa importantes dificultades estructurales.
Arabia Saudí, mientras tanto, intenta evitar que la guerra regional reactive plenamente el frente yemení, eche por tierra años de esfuerzos diplomáticos destinados a reducir las tensiones con los hutíes y termine bloqueando la otra gran salida que tiene para sus hidrocarburos a través del mar Rojo.
Washington se enfrenta igualmente a una situación incómoda. La estrategia estadounidense durante los últimos años había consistido en reducir gradualmente su implicación en Oriente Medio para concentrar recursos en la competición con China en Asia-Pacífico o, bajo la administración de Donald Trump, en el repliegue americano.
Sin embargo, la guerra de la Franja de Gaza primero y la actual confrontación con Irán después han obligado a Washington a dedicar nuevamente importantes capacidades militares a la protección de las rutas marítimas regionales.
La evolución de esta crisis refleja una deriva donde lo que finalmente está en juego es el control estadounidense del mundo como primera potencia, ya que la libertad del tráfico marítimo es la base para este control. Además, durante décadas, la globalización descansó sobre la existencia de corredores navales relativamente seguros y abiertos al comercio internacional.
Hoy, sin embargo, estrechos como Ormuz o Bab el-Mandeb se han convertido en espacios donde se mezclan los conflictos locales, las rivalidades regionales y la creciente competencia entre grandes potencias.
Precisamente por ello, la importancia actual de Bab el-Mandeb no reside únicamente en su geografía. Su verdadero valor estratégico radica en que se ha convertido en uno de los puntos donde mejor se manifiesta la creciente interconexión entre la seguridad regional de Oriente Medio y el funcionamiento de la economía mundial.












