La política industrial china y el riesgo de una guerra comercial

Alonso Campos | Descifrando la Guerra
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china industria vehículos eléctricos
  • En la actualidad, la nueva industria amenazada –en Estados Unidos, pero sobre todo en Europa– es la joya de la corona: los automóviles, donde China ha podido construir una potente base industrial en la fabricación de vehículos eléctricos para la exportación ante las constantes dudas occidentales sobre la transición a la movilidad eléctrica. 
  • Para China –el mayor importador mundial de combustibles fósiles– esto es clave: cada coche eléctrico y panel solar es un barril de petróleo o un metro cúbico de gas natural que no tiene que cruzar el estrecho de Ormuz.

Sin duda, uno de los principales procesos históricos de las últimas décadas ha sido el ascenso de China como superpotencia industrial y económica desde el comienzo de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping.

Bajo la batuta del Partido Comunista de China (PCCh), el gigante asiático ha protagonizado uno de los procesos de crecimiento económico más vertiginosos y sostenidos de la historia, multiplicando rápidamente su producción y sacando a cientos de millones de personas de la pobreza.

Inicialmente, este proceso fue bien recibido por Estados Unidos, que primero vio en China un contrapeso en Asia frente a su rival soviético y, posteriormente, confió en que la apertura comercial y económica conduciría al país hacia la democracia liberal y el capitalismo, como había ocurrido anteriormente con sus vecinos Japón, Corea del Sur y Taiwán.

Sin embargo, en las últimas décadas estas esperanzas se han convertido en preocupación y antagonismo abierto. El gran tamaño del país y su efectiva política industrial le han convertido en un coloso económico, industrial y militar, mientras que un PCCh más nacionalista que en el pasado está confrontando a sus vecinos en el mar Meridional y en torno a Taiwán.

Como parte del aumento de la tensión internacional, China también está usando su control sobre industrias estratégicas para ejercer influencia en el exterior en su pugna con Estados Unidos.

Paralelamente, las consecuencias y debilidades de su estructura económica han situado al país asiático en rumbo de colisión comercial con otras potencias, como la Unión Europea. Por tanto, su política industrial debe entenderse no solo como una herramienta de desarrollo económico, sino también como un factor relevante en las relaciones internacionales de China.

El ciclo de inversión industrial chino

Si bien los primeros años de la modernización económica china son un periodo extremadamente complejo desde el punto de vista de su análisis político y económico, algunas estrategias generales empleadas en aquel momento han continuado en uso hasta la actualidad. Una de las principales dinámicas es la utilizada habitualmente por Pekín para desarrollar e impulsar nuevas industrias.

En primer lugar, el gobierno central establece directrices sobre sus prioridades industriales, identificando determinados sectores como estratégicos para el desarrollo del país. Los gobiernos locales y regionales se lanzan entonces a crear y apoyar nuevas empresas en estos ámbitos mediante ayudas, préstamos blandos, cesiones de tierras y otras herramientas.

Los gobiernos regionales tratan de seguir al máximo posible las directrices nacionales porque sus miembros tienen fuertes incentivos para hacerlo: su poder local depende de la fortaleza económica de su territorio y los impuestos que recaude, mientras que su ascenso dentro del organigrama del PCCh está condicionado por el cumplimiento de las órdenes de Pekín y de los objetivos establecidos en materia de crecimiento y recaudación.

Así, múltiples competidores en la nueva industria nacen en distintos puntos del país. Al ser frecuentemente estas industrias menos productivas y competitivas que sus pares internacionales, Pekín crea barreas comerciales –arancelarias y no arancelarias– para protegerlas de la influencia extranjera, y exige a las empresas occidentales del sector con presencia en China que compartan su tecnología con las compañías locales.

Simultáneamente, sin embargo, las nuevas empresas son forzadas a una competencia feroz en el mercado doméstico, que las lleva a reducir los precios y mejorar la calidad de sus productos.

Cuando emergen uno o varios ganadores, estos suelen ser lo suficientemente grandes como para adquirir a sus competidores derrotados y lo suficientemente competitivos como para comenzar a exportar al resto del mundo.

A partir de este momento, gracias a las enormes economías de escala y al mercado doméstico del gigante asiático –que continúa protegido de los competidores extranjeros–, los nuevos campeones industriales chinos pueden lanzarse a aumentar la producción para los mercados internacionales.

Los productos y sectores que han sido objeto de este proceso son indicativos del desarrollo tecnológico e industrial chino desde su apertura económica. Inicialmente, China se centró en la exportación de bienes con una fabricación de baja complejidad y alto uso de recursos humanos, dada su falta de tecnología y gran abundancia de mano de obra barata.

En las últimas dos décadas, no obstante, las directrices nacionales chinas han ido progresando hacia sectores manufactureros cada vez más avanzados, en línea con el progreso tecnológico del país. Esto pone repetidamente a China en conflicto con las potencias desarrolladas, contentas de externalizar al gigante asiático industrias de bajo valor añadido pero no de perder industrias avanzadas frente a los competidores chinos.

En los 2000, por ejemplo, China aumentó gradualmente su posición en el mercado de la construcción naval hasta convertirse en el primer fabricante en la década de 2010, por delante de Corea del Sur y Japón, llegando hoy a captar el 80% de los pedidos globales. Pero quizás el primer enfrentamiento comercial notorio tuvo lugar en 2012 y 2013 a costa de la emergente industria de los paneles solares.

Si bien los países europeos fueron pioneros en este sector, para 2012 China había generado una potente industria en toda la cadena de valor que, empujada por las ayudas públicas y un mercado doméstico incapaz de absorber su exceso de capacidad, se lanzó a exportar a precios ínfimos a Europa y otros puntos del planeta.

China está pasando de un modelo de exportaciones basado en los “viejos tres” productos –ropa, muebles y electrodomésticos– a uno basado en los “nuevos tres” –paneles solares, baterías y vehículos eléctricos–.

Los intentos de la Comisión Europea por establecer aranceles retaliativos llegaron tarde y débilmente, frenados por la estrategia de “divide y vencerás” china en el Consejo Europeo. Así, la gran mayoría de la industria europea se perdió y Pekín pasó a ser el líder mundial.

En la actualidad, la nueva industria amenazada –en Estados Unidos, pero sobre todo en Europa– es la joya de la corona: los automóviles, donde China ha podido construir una potente base industrial en la fabricación de vehículos eléctricos para la exportación ante las constantes dudas occidentales sobre la transición a la movilidad eléctrica.

Así, muchos analistas apuntan que China está pasando de un modelo de exportaciones basado en los “viejos tres” productos –ropa, muebles y electrodomésticos– a uno basado en los “nuevos tres” –paneles solares, baterías y vehículos eléctricos–.

El problema para los fabricantes en los países occidentales es que sus pares chinos ya no sólo compiten por precios bajos alimentados por subsidios y salarios reducidos: las fábricas chinas de los “nuevos tres” son genuinamente más productivas, cuentan con un elevado grado de automatización y sus productos se encuentran frecuentemente entre los líderes de calidad de sus respectivos segmentos.

La preocupación en Bruselas y las capitales europeas es grande, poniendo a la Unión y al país asiático al borde de una guerra comercial. Mientras ambas partes negocian, con los europeos marcando octubre como fecha límite, Europa refuerza su arsenal comercial: la fabricación de automóviles y sus industrias auxiliares son demasiado críticas para la economía del bloque –y sus empresas y trabajadores un lobby demasiado poderoso– como para permitir que el sector caiga.

En general, si bien el enorme aumento de las exportaciones industriales es común en países en industrialización y desarrollo –como ocurrió, por ejemplo, con Japón tras la Segunda Guerra Mundial–, el caso chino es particular por varios motivos.

En primer lugar, el enorme tamaño del gigante asiático hace que sus desequilibrios entre demanda interna y capacidad productiva no lleven a un pequeño cambio en el comercio mundial, sino a terremotos comerciales que pueden derribar las industrias de otras superpotencias económicas como la Unión Europea y Estados Unidos.

Además, el gran tamaño de China también hace que su industria no esté especializada en ningún sector o sectores en particular: lo fabrica todo, y cuando genera un exceso de capacidad, lo exporta todo. Así, aunque en oleadas según las prioridades marcadas por Pekín, el impacto de la enorme capacidad exportadora china no se limita a un ámbito, sino que es transversal a toda la economía.

Finalmente, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, es la primera vez que este tipo de “milagro económico” se produce fuera del bloque occidental liderado por Estados Unidos. Por ejemplo, Taiwán no usó ni usa su dominio sobre la fabricación de microchips avanzados como herramienta de confrontación, sino para integrarse en la cadena de suministros militar y de alta tecnología estadounidense, buscando garantizar así la protección de Washington.

Pekín nunca ha visto el desarrollo y la política industrial como una cuestión meramente económica, sino como una herramienta más para la construcción del poder nacional a largo plazo.

China, en cambio, emplea abiertamente su poderío industrial como herramienta de presión y coerción, especialmente con su control sobre la producción de tierras raras –claves para robótica, equipos militares avanzados, vehículos eléctricos, etcétera– y de galio y germanio –necesarios para la producción de electrónica avanzada–.

Y es que Pekín nunca ha visto el desarrollo y la política industrial como una cuestión meramente económica, sino como una herramienta más para la construcción del poder nacional a largo plazo.

Por ejemplo, las enormes industrias chinas de fabricación de equipos de energía renovable y de vehículos eléctricos, así como la expansión de estas tecnologías por todo el mercado nacional –muy por delante de la mayoría de países occidentales, en el caso del vehículo eléctrico–, no fueron promovidas por una cuestión meramente económica.

Por un lado, son parte de las “nuevas fuerzas productivas de calidad” que deben contribuir al “sueño chino de rejuvenecimiento nacional”, como sostiene la propaganda oficial del PCCh.

Por otro, la elección de estas tecnologías específicas no es casual. Pekín sabía que sería mucho más fácil ganar la partida a los fabricantes automovilísticos europeos con una nueva tecnología –el motor y la batería eléctricos– que tratando de superar el motor de combustión que las empresas alemanas llevan décadas perfeccionando –lo que se conoce como leapfrogging tecnológico–.

Pekín también es consciente de las enormes ventajas geopolíticas derivadas de las tecnologías eléctricas que pueden alimentarse con recursos exclusivamente domésticos. Para China –el mayor importador mundial de combustibles fósiles– esto es clave: cada coche eléctrico y panel solar es un barril de petróleo o un metro cúbico de gas natural que no tiene que cruzar el estrecho de Ormuz.

Nubarrones en la estrategia china

¿Qué le depara el futuro a la política industrial de China? Siguiendo el ritmo de las directrices nacionales del PCCh, muchos expertos ya alertan de la creciente pujanza china en lo que empiezan a llamar los “siguientes nuevos tres” –inteligencia artificial, robótica y medicamentos avanzados–, donde las fuertes prioridades estatales e intereses económicos están llevando a un rápido desarrollo de la industria y tecnología china.

Sin embargo, el futuro industrial y económico de China también presenta múltiples problemas a largo plazo. En primer lugar, el gigante asiático sigue siendo extremadamente dependiente de la inversión como fuente de valor y crecimiento económico.

Si bien esto en común en economías en desarrollo –que deben construir una amplia infraestructura económica y social–, China nunca ha abandonado este modelo, escogiendo en su lugar nuevos sectores en los que desplegar una enorme inversión: trenes de alta velocidad, vivienda, despliegue de energía renovables, etcétera.

El motivo es que la alternativa es cambiar a un modelo económico basado en el consumo –como todos los países desarrollados–, pero esto requeriría amplias reformas muy sensibles para el Estado y el Partido.

Por ejemplo, aumentar la inversión en servicios públicos –educación o sanidad– para que las familias ahorren menos para esos gastos y consuman más, pero esto requeriría impuestos más progresivos y frenar el desarrollo de industrias estratégicas, al tiempo que el poder económico se movería hacia los ciudadanos, que podrían exigir reformas políticas.

Los cambios también afectarían a los ingresos y el poder de los gobiernos regionales y locales, y al sistema por el cual los funcionarios consiguen ascensos dentro del PCCh desde hace décadas. Por estas razones, y por la gran complejidad de las reformas necesarias, hasta ahora los intentos del gobierno central por aumentar el consumo no han causado ningún cambio de paradigma.

A pesar de ello, Pekín está poniendo cada vez más el foco en esa dirección. El último Plan Quinquenal pone énfasis en el aumento del consumo y en el “crecimiento de calidad”, acompañado de reformas como facilitar el acceso de los trabajadores migrantes internos a los servicios públicos mediante cambios en el sistema hukou.

Sin embargo, el rápido envejecimiento demográfico –que acumula cuatro años consecutivos de caídas de la población– debilitará todavía más el consumo y requerirá mayores inversiones en servicios públicos a largo plazo, aunque la propensión china a la inversión podría facilitar la automatización de la economía para aliviar parcialmente el efecto.

De momento, China está consiguiendo más que compensar la debilidad del consumo interno con el rápido aumento de sus exportaciones, aunque esto la haga más vulnerable a la demanda económica de sus rivales geopolíticos. El resurgir de la política industrial y las barreras arancelarias en los países occidentales son, por tanto, una amenaza para el crecimiento sostenido de China.

Junto con los cada vez más altos niveles de deuda –la deuda pública se incrementó del 39% del PIB al 99% entre 2014 y 2025–, necesarios para sostener inversiones cada vez más grandes pero menos rentables, una crisis económica en los países desarrollados que deprimiera su consumo o la imposición de fuertes aranceles u otras barreras comerciales podrían llevar a China a una espiral de deuda, quiebras sectoriales y despidos generalizada.

En conclusión, la potencia asiática lleva a cabo desde hace décadas una decidida política industrial liderada desde su gobierno central, apoyando con múltiples palancas y estrategias sectores clave, en un esfuerzo por impulsar el valor añadido de su industria y garantizar su control sobre tecnologías y cadenas de suministro de importancia crítica para su seguridad económica y política internacional.

Pero, si bien las acusaciones occidentales de que Pekín se ha valido de subsidios estatales, robar propiedad intelectual occidental, forzar transferencias de tecnología y otras tácticas de “juego sucio” para construir su industria son correctas, una estrategia sólida para frenar el auge chino o replicar su éxito requerirá que Occidente reconozca que China tiene mucho más que eso: mano de obra muy cualificada, integración industrial vertical y geográficas, y enormes economías de escala.

En definitiva, se trata de ventajas industriales reales y sólidas que no pueden contrarrestarse únicamente mediante ayudas estatales o tratando de replicar en cada país todas las cadenas de suministro de tecnologías críticas, sino que requieren planificación y colaboración a largo plazo.

Aunque medidas como exigir transferencias tecnológicas a las empresas chinas que quieran establecerse en Europa suponen un primer paso, los cambios de mayor calado parecen cada vez más difíciles ante una alianza occidental crecientemente dividida.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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