La primera falsificación de dinero en Potosí que hizo tambalear a la Corona española

El País
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catalina de dos mundos juan claudio lechín

El método para hacerse rico no siempre fue el más digno, como recuerda la novela histórica Catalina de dos mundos. Su autor, Juan Claudio Lechín, reconstruye la primera falsificación de dinero a escala global que ocurrió en el siglo XVII en el virreinato del Perú, con lo que llama el “primer dólar”: el real de a ocho acuñado en Potosí.

Potosí era el lugar para hacer fortuna. “Vale un Potosí”, popularizó la expresión Miguel de Cervantes en Don Quijote para hacer referencia a la principal fuente de plata del mundo que fue el Cerro Rico, ubicado en la ciudad boliviana altiplánica. Comerciantes, militares, embaucadores o artesanos se lanzaron en masa en busca de obtener algo de las 200 toneladas anuales que llegó a producir la villa colonial en su mejor temporada, según registran diversas fuentes. El método para hacerse rico no siempre fue el más digno, como recuerda la novela histórica Catalina de dos mundos. Su autor, Juan Claudio Lechín, reconstruye la primera falsificación de dinero a escala global que ocurrió en el siglo XVII en el virreinato del Perú, con lo que llama el “primer dólar”: el real de a ocho acuñado en Potosí.

A Lechín (La Paz, 70 años) le tomo más de tres décadas de investigación rearmar la trama de corrupción que abarcaba desde el portero de la Casa de Moneda en Potosí hasta el corregidor, como se conocía entonces a los alcaldes. “Necesitaba tener la pluma necesaria para contar la historia”, cuenta a EL PAÍS. El germen del nuevo libro comenzó con la lectura del cuento decimonónico Los tesoros de Rocha, de Julio Lucas Jaimes, donde se relataba un gran fraude monetario que ponía en jaque a la Corona española. “A partir de ahí, comenzó la infección, el virus, a preguntarme si era un hecho real o ficticio”.

El escritor paceño acudió entonces a crónicas, a sociedades numismáticas pero principalmente al historial de los juicios contra los falsificadores de monedas que empezaron en 1648 y están resguardados en el Archivo General de las Indias, en Sevilla. Con esos datos pudo constatar un hecho poco estudiado en la historia de las finanzas españolas: una red de gobernadores, comerciantes, caciques andinos y banqueros europeos adulteraba con otros metales la moneda de plata americana y se quedaba con el excedente. Las investigaciones de la Corona confirmaron la falsificación: los numismas solo contenían el 75 % de la plata que legalmente debían tener.

La confesión del fraude hizo tambalear a la maquinaria bélica de la España de los Habsburgo, que debía financiar la guerra en Flandes con las provincias de Países Bajos y convencer a los banqueros genoveses de su seguridad monetaria para acceder a préstamos. El escándalo llegó al punto de que la monarquía decidió en 1657 retirar parte de las monedas que eran aceptadas en América, Europa y Asia. Lechín describe en su obra cómo funcionaba el intrincado sistema financiero de entonces y cómo fue corrompido.

“Lo que pasaban por alto, por interés o ceguera, era que las ganancias de la falsificación eran tan grandes que permitían sobornar a políticos, no solo entre las autoridades americanas, sino también españolas, incluso al interior del propio Consejo de Estado”, se lee en una parte del libro. En otras, se extraen fragmentos directos de las declaraciones que sirvieron para condenar a pena de muerte a parte de los autores. Por ellas se sabe, por ejemplo, cómo comerciantes acuñaban de noche y al amanecer monedas adulteradas con el beneplácito del balanzario, quien era el encargado de fiscalizar que las monedas tuvieran la cantidad de plata determinada por ley.

Se revela también la estrategia del corregidor Juan Velarde Treviño, con la que cobró un impuesto de plata a los dueños de los molinos de mineral para luego acuñarla en moneda: pasó de registrar en la Casa de Moneda cinco amonedaciones en 1645 a 22 en 1647. “El poder es casi un sinónimo de corrupción, porque en el poder tienes acceso a un montón de dinero. Con una pequeña gambeta, te puedes hacer de esa fuente”, comenta Lechín. “La diferencia entre el Virreinato y hoy es que muchos elementos que ahora son condenados antes eran legítimos. Llevar a tu familia a un puesto político era absolutamente normal, como el pillaje. Lo que no era normal era robarle al Rey”.

El escritor toma para su novela a los principales autores de la falsificación, como Francisco Gómez de la Rocha, acaudalado mercader de plata extremeño del que surge el nombre rochunas para nombrar las monedas adulteradas que acuñó. Hoy, los metales con la marca que después se les imprimió para detectar su invalidez son codiciados por fanáticos de la numismática. “Algunos de los personajes están registrados en los archivos, les doy una personalidad porque no hay suficiente información que nos revele su carácter. Otros fueron creados para el libro”.

Dentro del último grupo está la protagonista que da nombre al libro, Catalina, una joven huérfana y novicia que sirve de enlace entre el Nuevo Mundo y el Viejo Continente. Un móvil con el que Lechín describe con detalle la cotidianidad y la forma de vida en ambos mundos, que van desde la gastronomía y la espiritualidad hasta la convivencia de una sociedad mestiza, en el caso de América, en una época en que ya existía la compenetración entre indios, criollos y españoles peninsulares. Describe uno de los personajes a Lima, capital del Virreinato del Perú: “La mayoría de los peatones son esclavos negros e indios achinados. En la plaza Mayor, sin embargo, toda la gente es elegante y va seguida de sirvientes igual de espléndidos. Las carrozas son doradas y van tiradas por caballos árabes de cuello encorvado y crines trenzadas”.

La ciudad protagonista, no obstante, es Potosí, cuya población creció vertiginosamente desde 1545, cuando se descubrió el Cerro Rico, “el centro terráqueo de la plata”. Lechín la ambienta: “Algunas casas de los arrabales tienen portadas talladas en piedra […] Muchas calles están adoquinadas y las tabernas bien provistas. La gente viste con telas preciosas y lleva abundante joyería. Incluso las mulas están ricamente enjaezadas. No he visto caballos, a pesar de la opulencia”. No oculta el otro lado: “Junto a la riqueza, está la máxima pobreza: indígenas pidiendo limosna; descalzos, contritos, con el rostro violeta e hinchado […] Hay también españoles limosneros, que han caído en el vicio de la bebida o la locura”.

El sincretismo impregna toda la urbe: nativos componiendo música para las peregrinaciones, españoles pidiendo a sacerdotes aimaras que les lean la hoja de coca. Pero la máxima constante es la opresiva y ronca murmuración de los martillos almadanetas, golpeando la plata que germinó en muchos el sueño de hacerse ricos, de “hacer las Américas”.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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