¿Quién decide cómo luce el vestuario de una campeona?

Por: Vanessa Friedman |The New York Times
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tokio 2020 gimnasta alemana

Usar los códigos de vestimenta para controlar los cuerpos de las mujeres no es nada nuevo. Lo distinto es que ahora ellas están tomando cartas en el asunto.

Al final, el leotardo con mangas tres cuartos y piernas cubiertas no llegó a la final de gimnasia por equipos en las Olimpiadas. Las gimnastas alemanas que lo usaron para luchar contra la “sexualización” de su deporte fueron eliminadas durante las rondas clasificatorias. En cambio, los equipos ganadores usaron los leotardos clásicos con lentejuelas de corte alto arriba del muslo.

El impacto inicial por la sanción a las jugadoras de balonmano de playa noruegas por atreverse a declarar que se sentían mejor en diminutos pantalones cortos de lycra que con los calzones de bikini todavía más diminutos (y que querían jugar según sus deseos) no se volvió a analizar porque el balonmano es solo un deporte de los Juegos Olímpicos de la Juventud y ninguna de las jugadoras de voleibol de playa presentó una protesta parecida.

No obstante, de muchas maneras, estos Juegos Olímpicos se han caracterizado tanto por lo que hay como por lo que no hay.

Al igual que las discusiones sobre la prohibición de la marihuana —ahora legal en muchos lugares— provocadas por la ausencia de la velocista Sha’Carri Richardson, o sobre qué hace que alguien sea mujer, planteadas por la decisión de la campeona de media distancia Caster Semenya de no competir para no tener que verse obligada a reducir sus niveles naturales de testosterona, las controversias sobre la ropa han suscitado que se vuelva a analizar el statu quo.

Se han enfocado en temas de sexismo, de la cosificación del cuerpo femenino y de quién decide qué tipo de prendas se consideran “apropiadas” cuando se trata del desempeño atlético.

“Este debate viene ya desde hace mucho tiempo”, dijo Angela Schneider, directora del Centro Internacional de Estudios Olímpicos y parte del equipo de remo de Canadá en las Olimpiadas de 1984.

Es la versión más reciente de un debate que se ha dado en las oficinas, las universidades y las escuelas de bachillerato; en los corredores del Congreso; en las aeronaves y en los canales de televisión, conforme las personas se han rebelado cada vez más contra las tradiciones y los códigos de vestimenta tan relacionados con el género que se les han impuesto, ya sea que se trate de la obligación de usar traje y corbata, de la prohibición de usar mallas o de la exigencia de calzar zapatos con tacones altos.

Tal vez los deportes sean la última frontera de esta batalla, en parte porque se han construido sobre los cimientos de la diferenciación de género, algo que incluye su expresión a través de la indumentaria, así como intereses financieros y una jerarquía inalterable.

Los movimientos de justicia social y el #MeToo (#YoTambién) han hecho que la igualdad y la inclusión sean el alarido de este momento y eso se extienda a lo que vestimos para expresarnos y al concepto de uniformidad, lo cual tal vez no sea tanto una idea relevante como una interpretación anticuada del contrato social, definido por una estructura histórica del poder, que casi siempre les perteneció a los hombres, y por lo general a los blancos.

Pese a que ese conflicto es más evidente en estas Olimpiadas, existe en todos los niveles, desde las Ligas Menores hasta los campeonatos mundiales. Y aunque a veces las cuestiones en torno a la ropa y los deportes afectan a los hombres (los deportes acuáticos, sobre todo la natación, el polo acuático y los clavados son de los pocos en los que está expuesto el cuerpo masculino y es más cosificado que el cuerpo femenino), lo cierto es que afectan más a las mujeres.

“De alguna forma, parece un poco asombroso que sigamos hablando de lo que pueden vestir o no las mujeres”, señaló Brandi Chastain, exintegrante del equipo de fútbol femenil de Estados Unidos que ganó celebridad —buena o mala, dependiendo del punto de vista— en la Copa Mundial Femenina de Fútbol de 1999 por quitarse la playera y mostrar su sostén deportivo al celebrar su gol en la final contra China. “Pero al menos estamos hablando de ello”.

Al fin, Chastain cree que las conclusiones podrían ser más permanentes.

Pareciera que desde que ha habido mujeres en los deportes de competencia ha habido intentos de controlar la ropa que usan: para que sea más o menos femenina; para ocultar el cuerpo porque puede ser demasiado seductor para que los hombres lo vean o para resaltarlo con el fin de animar a los hombres a pagar por verlo; para restarle importancia a la idea de poder y promover la idea de una feminidad estereotipada.

Puesto que los deportes se basan en el aspecto físico, es casi imposible separar el concepto de la sexualidad del concepto del atleta, sin importar cuán absurdo sea creer que cuando una mujer, o para el caso un hombre, está en la competencia de su vida, está pensando en seducir a los espectadores.

(Solo hay que escuchar las entrevistas con los deportistas olímpicos posteriores a los eventos para saber en qué están pensando: en ganar y punto).

Esto es evidente en especial en el tenis. En 1919, Suzanne Lenglen de Francia causó un impacto en Wimbledon al usar una falda a la altura de la pantorrilla sin enaguas y no llevar corsé; la calificaron de “indecente”. Lo mismo sucedió 30 años después cuando la tenista estadounidense Gertrude Moran jugó con un atuendo que le llegaba a la mitad del muslo y, una vez más, los poderosos de Wimbledon declararon que había introducido “el pecado y la vulgaridad en el tenis”.

En 1955, cuando Billie Jean King tenía 12 años, la sacaron de una foto grupal del club de tenis porque llevaba pantaloncillos y no falda corta. Incluso en 2018, Serena Williams causó conmoción por usar un enterizo (catsuit) en el Abierto de Francia.

En 2012, justo antes de las Olimpiadas de Londres, la Asociación Internacional de Boxeo Amateur propuso que las boxeadoras vistieran faldas en lugar de pantalones cortos para diferenciarse de los hombres. (Una petición en línea y un escándalo pusieron fin a la idea). Esto sucedió a un intento igualmente fallido de 2011 en el que la Federación Mundial de Bádminton pretendió que las jugadoras vistieran faldas y vestidos.

Cuando la liga de fútbol femenil empezó a avanzar a principios del milenio y las jugadoras cabildearon a favor del tratamiento igualitario, Sepp Blatter, entonces presidente de la FIFA, sugirió que ellas jugaran en pantaloncillos más ajustados y pequeños para “crear una estética más femenina”. La insinuación era que la única forma de lograr que la gente pagara para ver a las jugadoras era vender sus cuerpos.

Esa opinión fue acallada con bastante rapidez, aunque el argumento de la audiencia todavía surge en las conversaciones sobre vestimenta y deportes. (La suposición de que la base de seguidores es mayoritariamente masculina es en sí misma cuestionable). Sin embargo, no fue hasta 2019 que las jugadoras de fútbol en realidad tuvieron uniformes hechos específicamente para sus necesidades en lugar de versiones reducidas de los cortes masculinos.

Ahora podríamos perdonar a un alienígena que aterrizara en la Tierra por sentirse confundido acerca de las llamadas faldas que usan las mujeres en el tenis, el hockey sobre pasto, el squash y el lacrosse, ya que parecen más el vestigio de un faldón —como una cola residual— que una verdadera prenda.

De la misma manera, no tendría sentido que los hombres y las mujeres usaran ropa en cantidades tan asombrosamente diferentes en, digamos, pista y campo, cuando en deportes como el remo, el baloncesto y el sóftbol usan ropa muy parecida.

Cuando se busca la respuesta, esta casi siempre es: “Así es la cultura del deporte”. En este sentido, la cultura es sinónimo de historia y legado; de aquello con lo que los atletas se involucraron en su deporte en primera instancia; y de los símbolos que conectan a los deportistas extraordinarios de hoy en día con los que estuvieron antes.

La cultura del deporte hace que las gimnastas vistan leotardos brillantes. La cultura del deporte hace que las jugadoras de voleibol de playa parezcan conejitas de playa. La cultura del deporte hace que los patinadores usen playeras holgadas y pantalones sueltos.

Excepto que, claro, no siempre es así. Los leotardos de gimnasia, que hoy tienen miles de cristales, durante décadas eran prendas bastante funcionales y sin adornos y los pantaloncillos de baloncesto tienden a subir y bajar con los tiempos.

“Si una tradición se desarrolló en un momento en que se excluía a las personas por su género o raza, entonces dicha tradición no tomaba en cuenta sus necesidades”, dijo Richard Ford, profesor de derecho en la Universidad de Stanford y autor de Dress Codes: How the Laws of Fashion Made History, un libro sobre los códigos de vestimenta. Por ejemplo: durante décadas la regla era que el procurador general de Estados Unidos vistiera chaqué —un saco que no cierra al frente— durante los alegatos ante la Corte Suprema. Cuando Elena Kagan se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo observó que la regla ya no necesariamente funcionaba y esta cambió.

“Tal vez se use a la cultura como una razón y como una excusa, pero eso no significa que esté bien”, señaló Cassidy Krug, integrante del equipo de clavados de Estados Unidos en las Olimpiadas de 2012.

Asimismo, la cultura del deporte implica concentrar el poder en las manos de los órganos rectores, los cuales gobiernan con mano de hierro, y en los entrenadores. “Cuando alguien tiene tus sueños en sus manos, es muy difícil actuar en contra”, dijo Megan Neyer, asesora deportiva y psicológica y exclavadista olímpica de Estados Unidos. Durante años se les ha dicho a los atletas que están para ser vistos, no escuchados, situación que ayudó a dar pie al abuso sexual que en fechas recientes se ha descubierto en muchas disciplinas y que ha hecho que el debate en torno a la vestimenta sea todavía más delicado.

Sin embargo, debido a que las redes sociales han permitido que los atletas creen sus propias bases de seguidores y poder, el campo de juego también ha cambiado para permitirles alzar la voz de un modo en que no podían hacerlo antes.

“Ha habido una transformación importante en el movimiento relacionado con los derechos de los atletas”, mencionó Schneider. “Ha habido un cambio en el poder”.

El Comité Olímpico Internacional autoriza que los comités olímpicos nacionales de cada delegación impongan sus propias reglas con respecto a la vestimenta, con una salvedad, según Schneider: el resultado “no debe ser indecoroso”. No obstante, al igual que los códigos de vestimenta para la oficina, que por lo general se han limitado a la idea de que los empleados solo se vistan de manera “apropiada”, es muy subjetivo lo que puede considerarse ofensivo o apropiado.

“Es una palabra muy flexible cuando se trata del cuerpo de las mujeres y cambia de una cultura a otra y de una religión a otra”, señaló Schneider.

Por ejemplo, cuando Chastain posó desnuda con un balón de fútbol para la revista Maxim después de su victoria en equipo, habría sido fácil decir que se trataba de una objetificación por parte de la publicación hecha para una fantasía desbordada de testosterona. Pero dijo que le parecía que “era muy importante celebrar las cosas buenas que haces como mujer” y que mostraba que no había que ocultar la conexión entre su poder, su éxito y su feminidad.

Y aunque sería igualmente fácil desestimar los uniformes de voleibol playero como explotación al estilo Guardianes de la bahía, dado que los hombres juegan en camisetas de tirantes y pantaloncillos, la Federación Internacional de Voleibol cambió las reglas en 2012 para permitir a las mujeres jugar en pantaloncillos y camisetas con mangas. Sin embargo, las mujeres a menudo eligen no usarlos para evitar la incomodidad de la arena en la ropa, dijo en 2012 en el programa Today Jennifer Kessy, medallista de plata.

También dijo que las jugadoras no llaman ‘bikinis’ a sus uniformes sino ‘trajes de competencia’ para encuadrar mejor la idea para los espectadores: no se trata de provocar sino del desempeño y la psicología. No se trata de ti, sino de mí.

Y se trata también de pertenecer a un equipo. Como atleta, no quieres que la ropa te distraiga de tus acciones, dijo Krug, la clavadista. Es un equilibrismo constante entre representarte como persona y representar a tu equipo. O, en el caso de las Olimpiadas, a tu país.

Los leotardos usados por el equipo alemán fueron posicionados como una declaración política, pero también fueron una forma de atuendo respaldada oficialmente. Solo que ninguna gimnasta había decidido usarlos con anterioridad en un escenario como el de las Olimpiadas. En junio, las reglas de la Federación de Gimnasia de Estados Unidos cambiaron para permitir que las gimnastas, al igual que los hombres, usaran pantaloncillos cortos sobre los leotardos.

Los estilos “evolucionan cuando las costumbres sociales evolucionan”, dijo Girisha Chandraraj, director general de GK Elite, empresa que fabrica los leotardos para los hombres y las mujeres de once equipos nacionales, incluyendo el de Estados Unidos. Que al parecer las mujeres prefieran lo que se asemeja a una elegancia clásica (¡los brillos y destellos!) y tener las piernas desnudas, depende de ellas.

Lo cual, a la larga, es lo que debería ser: una elección. “En un estudio tras otro hemos observado que el desempeño de un atleta es mejor cuando se siente mejor con la ropa que usa”, comentó Catherine Sabiston, profesora de Deporte y Psicología del Ejercicio en la Universidad de Toronto. Pero solo los atletas pueden precisar la ropa que los hace sentir mejor. Tal vez sean los pantaloncillos cortos, quizás los pantaloncillos ajustados de lycra, tal vez los leotardos.