Ideas y Libertad

Por Fernando Sculler (revista Veja)
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Ideas
Foto: Getty Images

El pensamiento crítico se convirtió en la habilidad decisiva de esta época en la que el exceso de ruido e imagen exige un poco más de cada uno.

¿Se está pudriendo el capitalismo?

Días atrás me llamó la atención un texto del filósofo Luiz Felipe Podé. Su provocación era: “¿Se está pudriendo el capitalismo?” “¿Estaría llegando al fin sin ninguna utopía viable?” Ambas preguntas son interesantes. Existe ahora el modelo chino desafiando la democracia liberal. Hay mucha inestabilidad política y un debate sobre los males del mercado. Por lo tanto, estaríamos en la orilla de un precipicio.

Tecnología

Una de las razones para su decadencia seria el impacto de las nuevas tecnologías – como la automatización, el internet de las cosas y la Inteligencia Artificial[1]en la destrucción de los empleos. El raciocinio es intuitivo. Cuando lleguen los carros autónomos qué van a hacer los taxistas de UBER. Y el personal de Telemarketing, cuándo todo este automatizado.

Muchos puestos de trabajo desaparecerán y otros serán creados. Un estudio de la OCDE mostró que, en 20 años, el empleo industrial declinó 20% pero creció 27% en el sector de servicios. Schumpeter ya había teorizado sobre eso con su tesis de “destrucción creadora”.

La tecnología ha creado más puestos de trabajo de los que ha destruido en los últimos 144 años.

Aun recientemente, tres investigadores de la Consultoria Deloitte: Ian Steward, Debapratim De y Alex Cole, presentaron una investigación con datos del censo ingles desde 1871 y fueron taxativos: “La tecnología ha creado más puestos de trabajo de los que ha destruido en los últimos 144 años”.

Desigualdad

Otra razón del abismo seria la desigualdad. Se ha vuelto común decir que la mala distribución de la renta va a corroer el sistema. Falta demostrar cual el padrón “exacto” de distribución económica que se debe buscar.

Como bien observó John Rawls, nos inclinamos a comparar nuestra situación con la de las personas más cercanas a nosotros, en las comunidades en las que convivimos y en relación a las relaciones que aspiramos. No en la “grande sociedad”. Nadie se levanta todos los días enfurecido contra Jeff Bezos. Pero, con razón, nos indignamos si somos discriminados en el trabajo o en la vida social.

En los temas que realmente importan hay avances relevantes en nuestro tiempo. La drástica reducción de la pobreza tal vez sea el más crucial de todos. Apenas en el periodo de la infame globalización la pobreza global cayó de 36% para 10% entre 1990 y 2015. Otro aspecto: la convergencia de los padrones básicos de vida.

El OUS Bereau of Labor Statistics mostró que entre 1901 y 2002 el gasto de alimentación de las familias americanas cayó de 42% para 13% de su salario. En Inglaterra el gasto se redujo 35% en 1950 para poco más de 11% en 2014. No solo el salario creció también el costo relativo de los productos básicos cayó significativamente.

Igualdad de derechos

Hay un tema más amplio que se refiere a la igualdad de derechos. Recuerdo cuando Obama en el aniversario por los 50 años de la Marcha de Selma, provocó una enorme multitud que hacía el recorrido de Martin Luther King en la lucha por los derechos civiles, diciendo que, si “usted cree que no cambió en los últimos 50 años, pregunte a alguien quien vivió en Selma o Chicago en los últimos 50 años. Pregunte a su amigo gay si es más fácil tener orgullo en América de hoy de que hace 30 años. Y concluyó: “Negar ese progreso es negar nuestro propio poder de trasformar”.

En el mundo de la economía, pocas personas expresan un mejor tipo de optimismo realista como Deirdre McCloskey, autora de la monumental trilogía sobre la igualdad, la dignidad y las virtudes burguesas. A Deidre no le gusta la palabra capitalismo, prefiere la idea de “innovación”.

Su punto es que no fue el capital, pero si las ideas y la innovación que hicieron la diferencia en el surgimiento de la moderna economía de mercado.

En algún momento en los siglos XVII y XIX el hombre común gano dignidad. El panadero, el comerciante, el inventor de cosas.

Nadie se levanta todos los días enfurecido contra Jeff Bezos. Pero, con razón, nos indignamos si somos discriminados en el trabajo o en la vida social.

Primero tímidamente, pero es un proceso continuo y a par y paso la afirmación de las sociedades de derecho. De ahí el casamiento moderno entre la economía de mercado y la democracia liberal.

Humanismo liberal

Deirdre habla de un tipo de humanismo liberal. El aprecio por la persuasión, el derecho innegociable a decir “no”, la aplicación apenas muy moderada de lo que Weber llamó de “monopolio del uso legítimo de la violencia” por parte del Estado. En el fondo, el recetario liberal de reglas estables, derechos iguales, menos política y burocracia infernalizando a las personas. A partir de ahí valen las escojas humanas y un resultado que no está sujeto a ningún padrón distributivo predeterminado.

Cuando Poné observa la incorporación de la retórica identitaria, ligada a temas de género u orientación sexual, en la vida de las empresas, es que de eso se trata. Algunos gustan, otros se ponen nerviosos, pero es el capitalismo haciendo sus ajustes. El mercado es antropofágico. Digiere la diferencia, “marketiza” al disidente. Buenas actitudes surgen como un tipo de commodity. Así mismo los filósofos adquieren un buen valor de mercado.

Los pesimistas tienden a subestimar el trazo espontáneo y adaptativo del sistema. Afuera de eso, el pesimismo es un estilo intelectual que viene de lejos. En 1979, Karl Popper hizo un inspirado discurso en la Festival de Salzburg, diciendo que el “pesimismo se había convertido en la moda dominante de la intelligentsia”. El viejo profesor se calificaba como un optimista y garantizaba que su “época era mejor que su reputación”. En un ambiente de desprecio por las vulgaridades de la industria cultural, él provoca: “gracias a ella millones de personas pueden hoy tener acceso a lo mejor de Bach, Mozart y Beethoven”.

Pooper pide que prestemos atención al otro lado. Tengo esa impresión cuando observo esos multimillonarios aventurándose en el espacio para fines enteramente comerciales. Hoy son algo extravagantes, luego será una industria. Tuve esa misma sensación una noche fría de Nueva York cuando fui a un Village a asistir a un show de sharing economy (economía colaborativa en traducción libre). Su marca era entregar cosas a las personas desde legumbres a relojes de lujo con precios autoregulados por los individuos. Si alguien “mira para el otro lado”, se va a encontrar con esas cosas.

El capitalismo no va a desaparecer

La Inteligencia Artificial, la evolución energética y tantas otras seguirán su marcha. Todo lo que necesitamos es decidir si estaremos dentro o fuera del juego. Para saber qué hacer es solo dar una mirada a la lista de las ocupaciones estimadas a desaparecer y las que van a crecer rápidamente. Num Relance (palabra francesa que define relanzar) vamos a descubrir que necesitamos capacitar a las personas para pensar y no apenas para apretar botones.

No es sin motivo que el pensamiento crítico se tornó la habilidad decisiva en esta época en el que el exceso de ruido e imagen exige un poco más de cada uno.