Crisis alimentaria: Los peores datos del hambre de la década

El informe ‘El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2020″ (SOFI), elaborado por cinco agencias de Naciones Unidas, alerta de un nuevo escenario “significativamente más desafiante”: 811 millones de personas no saben qué comerán hoy. Por: El País
0
51

El escenario ya era bastante desolador antes de la pandemia de coronavirus. En 2019, cerca de 650 millones de personas pasaban hambre en todo el globo. Una cifra que quedaba demasiado lejos del segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS), que apuntaba a erradicar la inseguridad alimentaria para 2030, mejorar la nutrición y promover una agricultura sostenible. La covid-19 ha supuesto un enorme traspié que ha alejado más aún esta meta. El último año, se sumaron a la lista del hambre, al menos, otros 118 millones de personas.

El más importante informe sobre la materia, titulado El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2020 (SOFI, por sus siglas en inglés), publicado este lunes por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS), estima que a finales del año pasado entre 720 y 811 millones de personas se levantaban sin saber si iban a comer ese día.

Por primera vez, el estudio no pone un número fijo a la cantidad de hambrientos en el planeta, sino que plantea un intervalo que refleja la incertidumbre adicional producida por la pandemia. Los autores alertan de que la coyuntura actual es “significativamente más desafiante” que otros años. “Este es el pico más alto de hambre y desnutrición crónica que hemos encontrado”, zanja Máximo Torero Cullen, economista jefe de la FAO. “Hemos perdido todo lo que se había recuperado hasta 2015″, añade.

Para Unicef “resulta inquietante” que en 2020 el hambre se disparase tanto en términos absolutos como relativos, superando el crecimiento de la población. El peor de los escenarios, según sus datos, supone que un 10% de los habitantes del planeta sufrieron inseguridad alimentaria el año pasado, frente al 8,4% en 2019. Más de la mitad de ellos (418 millones) viven en Asia, más de un tercio (282 millones) en África; y una proporción menor (60 millones) en América Latina y el Caribe. Pero el aumento más pronunciado se registró en África, donde el 21% de la población está afectada, más del doble que en cualquier otra región.

La cifra es aún mayor si no solo se incluye a quienes no tuvieron una alimentación suficiente, sino también a quienes no accedieron a una adecuada: más de 2.300 millones de personas, lo que representa el 30% de la población. Un indicador que ha dado “un salto en un año tan grande como los cinco anteriores juntos”, alerta el informe. Las previsiones para los próximos años tampoco son halagüeñas: cerca de 660 millones de personas seguirán estando en situación de inseguridad alimentaria a finales de esta década, en gran parte por los efectos colaterales de la crisis desencadenada por la covid-19.

Y la pandemia ha provocado otras alteraciones: el perfil de las nuevas víctimas del hambre ha cambiado. Torero Cullen alerta de que antes, la inseguridad alimentaria estaba estrechamente vinculada a la pobreza. “La covid ha provocado un fuerte giro que no esperábamos en la población de Latinoamérica”, explica el economista. “Ha sido por la duración de los encierros y por su relación con la informalidad laboral, que de promedio es del 54% y en algunos países hasta del 70%. Parte de esa clase media perdió todo de la noche a la mañana. Y se sumaron por primera vez a la estadística del hambre. Ya no son solo pobres”. Para el continente africano, vaticina, todo lo peor está aún por llegar: “Si África no resuelve su problema de vacunación, el 2022 será terrible”.

Igual que con la desigualdad, el hambre tiene puntos cardinales. En ambos continentes habitan 9 de cada 10 niños con retraso en el crecimiento (que representan el 22% de los menores de cinco años) y emanciación o adelgazamiento patológico (6,7%), y 7 de cada 10 infantes con sobrepeso (5,7%). Las cifras son el reflejo de los desequilibrios regionales que han sido subrayados por la covid.

Pero no solo. Como señaló Agnes Kalibata, enviada especial de la ONU para la cumbre de los sistemas alimentarios y presidenta de la Alianza para una Revolución Verde en África: “La pandemia es solo en parte culpable. Unas cifras de hambre a esta escala no son un síntoma de la covid-19, son un síntoma de un sistema alimentario disfuncional que cede bajo presión y abandona primero a los más vulnerables”. La combinación de conflictos armados, desastres naturales y la pandemia tiene mucho que ver con estos números aterradores. De hecho, según otro informe de Oxfam Intermón publicado a principios de julio y titulado El virus del hambre se multiplica, los conflictos continúan siendo la principal causa del hambre desde la irrupción de la pandemia: suman a más de medio millón de personas en una situación cercana a la hambruna; seis veces más que en 2020.

Lourdes Benavides, responsable de países frágiles en Oxfam Intermón, señaló en el lanzamiento de la investigación que la covid-19 “ha puesto al descubierto las profundas desigualdades que hay en el mundo”. “En lugar de hacer frente a la pandemia, las partes en conflicto han seguido luchando entre sí, a menudo dando un golpe letal a millones de personas que ya sufrían las consecuencias de los fenómenos meteorológicos extremos y las perturbaciones económicas”, criticó.

El desempleo masivo y las grandes alteraciones en la producción de alimentos provocó también que el precio de estos se disparase un 40%. “Es el mayor aumento en más de una década”, recalca el estudio de la ONG.

¿Por qué poner el foco en los sistemas alimentarios?

Para los responsables de las cinco entidades que firman el estudio SOFI, cambiar los sistemas alimentarios es fundamental: “Somos conscientes de que transformarlos para que proporcionen alimentos nutritivos y asequibles para todos y se vuelvan más eficientes, resilientes, inclusivos y sostenibles puede contribuir al progreso del mundo (y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que son la hoja de ruta para lograrlo). Los sistemas alimentarios del futuro deben proporcionar medios de vida dignos para las personas que trabajan en ellos, en particular para los productores a pequeña escala de los países en desarrollo: las personas responsables de cosechar, procesar, envasar, transportar y comercializar nuestros alimentos”. Para Torero Cullen, “la covid puede ser una oportunidad para hacer cosas distintas. Si no hacemos un cambio estructural de los sistemas agroalimentarios, la cosa se va a poner muy complicada”.

Los expertos, así, proponen seis caminos hacia el cambio, en función del contexto: poner en marcha políticas de consolidación de la paz en zonas afectadas por conflictos que posibiliten la ayuda humanitaria; aumentar la resiliencia climática; fortalecer la economía de los más vulnerables; intervenir y bajar el costo de los alimentos nutritivos; abordar la pobreza y las desigualdades estructurales; y cambiar el comportamiento del consumidor para promover patrones dietéticos con impactos positivos en la salud humana y el medio ambiente.

Torero Cullen insiste en que el problema es la distribución de los alimentos: “Si hoy día tú sumas toda la producción mundial en términos de calorías, tenemos para alimentar a todo el mundo. Si además quieres ver si satisfacemos una dieta vegetariana, casi tenemos lo que necesitamos. No es un problema de mayor producción, sino de distribución de lo que hay. Y eso está atado a la desigualdad”.

Las cinco agencias de Naciones Unidas depositan sus esperanzas en un renovado impulso democrático que revierta esta situación. En este sentido, 2021 “ofrece una oportunidad única”, dicen, para avanzar en la seguridad alimentaria y la nutrición a través de la transformación de los sistemas alimentarios con la próxima Cumbre de Sistemas Alimentarios de la ONU, la Cumbre de Nutrición para el Crecimiento y la COP26 sobre el cambio climático.