Indígenas tacana extraen oro en el norte paceño

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Algunos miembros de la etnia tacana del norte de La Paz se dedican  a la extracción de oro como trabajadores eventuales, según refleja una investigación del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS). “Nos estamos dando cuenta de que el ciclo extractivo se está profundizando”, afirma  el investigador Mauricio Díaz Vidaurre.

La comunidad Macagua corresponde al municipio paceño de Ixiamas. En el lugar viven alrededor de 60 familias tacana. Del total de habitantes de este sitio, una cantidad “importante” trabaja como recolector con puestos eventuales, sin que se cumplan los derechos laborales que les corresponden, establece el estudio. 
Antes, la mayoría de los integrantes de este grupo indígena  se dedicaba a la actividad maderera. Ahora, hay originarios que dejaron atrás la idea de “armonía con la naturaleza” y se  incorporaron a la cadena de producción de oro.  
“Ahora son trabajadores eventuales, en un escenario   en el que no hay seguridad jurídica, no hay seguridad laboral, no hay seguridad industrial”, sostiene   Díaz Vidaurre.
La operación que desarrolla una cooperativa minera en  Ixiamas explica este fenómeno, dado que varios originarios buscan oro para esa entidad asociativa. Incluso,  ante los buenos réditos que se obtienen de esa actividad, y debido a la falta de buenas condiciones laborales, los indígenas -dice el estudio- analizaron  conformar una “cooperativa comunitaria”. 
“Si tenías una base económica fuerte vinculada a las actividades extractivas, que tu segunda opción -en un momento en que las actividades extractivas madereras entran en crisis- sea otra opción   extractiva significa que estás profundizando el modelo y que tu diversificación no es tal”, concluye Díaz.
Identidad en crisis 

Además del impacto medioambiental que “de por sí” implica la actividad extractiva, existen otro tipo de consecuencias que se desprenden de esta situación. Díaz sostiene que existe una especie de “crisis” a nivel de identidad y esencia como pueblo indígena con todo lo que ello significa.
“Si sabemos que la minería impacta y afecta al medio ambiente y me voy a meter a hacerlo, significa que yo mismo me voy a convertir en alguien que va a solapar y que va a permitir ese tipo de acciones. Lo que era tu discurso fuerte (de cuidado de la Madre Tierra) queda muy ‘cáscara’ y se vacía de contenido. Cuando lo haces,  estás vaciando el nivel ideológico y la cosmovisión de tu discurso”, explica el investigador.
El estudio -que está en etapa de finalización- se inició en abril de 2014 y trabajaron en ella Díaz, como sociólogo, el biólogo Ariel Terán y la abogada Fátima Monasterio. A partir de estas visiones, las conclusiones se enmarcan en lo multidisciplinario. Según comenta Díaz, el objetivo inicial fue rastrear la ruta del oro en esa región desde su etapa de planificación y recolección hasta conocer quién es el comprador final.
La sobreoferta maderera iniciada en 2010 llevó en los dos años posteriores a una saturación del mercado, y ello provocó  que el sector -donde, de manera habitual trabajaban los tacana- entrara en una crisis. Por ello, explica, se dio la migración de una economía extractiva a otra de similares características que es la que existe ahora.
“Tienen que migrar, tienen que cambiar. Están obligados a reestructurarse. El impacto subjetivo, el impacto en la cosmovisión, el impacto cultural ya está presente y no hay forma de poder resguardar aquello”, agrega.
Una cooperativa
La cooperativa 14 de Mayo es -según el relevamiento de datos del CEJIS- la única que mantiene con vida la actividad aurífera en esa zona. Por lo tanto, los indígenas tacana trabajan como obreros eventuales bajo las condiciones de esa cooperativa.
Aparte de la crisis maderera, varios pobladores comentaron -según el trabajo de campo- que una de las razones para incursionar en esta actividad fue  enterarse que otras personas   ganaban dinero por  esta actividad. Entonces,  se preguntaron, “¿por qué nosotros no?”. 
En medio del proceso, Díaz recuerda que las mujeres de la comunidad se cuestionaron más que los varones sobre el impacto y la afectación ambiental. A pesar de esto primó la decisión de ellos. Hoy por hoy, sigue en debate en la comunidad la posibilidad de conformar la “cooperativa comunitaria”.
Sin embargo,  uno de los obstáculos para que ello se concrete es la inexistencia de esa figura asociativa  en la norma.
Otro detalle importante  es el dilema cultural en el que se ven inmersos  quienes  desean una cooperativa propia. Si esto se diera, rompería con el concepto tradicional de la identidad indígena que se caracteriza por la armonía con la naturaleza y no así por la actividad extractiva, dice Díaz, 
Como corolario, este especialista  considera que debe promoverse un debate nacional al respecto. En dicha instancia -manifiesta- se deberá evaluar los verdaderos alcances de que integrantes de un  pueblo indígena participen en  este tipo de economía. 
“Lo que no hay es (una) garantía de protección. Para mí, económicamente hablando, la mejor forma es una economía productiva que mantenga los rasgos comunitarios. Si el Estado no se preocupa por ello y no los resguarda, es bien difícil mantener una lógica comunitaria”, concluye.