Nadie notó nada. Todos aplaudían el uso de gorras y uniforme militar como en la dictadura

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Foto: Getty Images

Era de suponer que la corrupción no cerraba con el hallazgo del blanqueo de recursos que envuelve al hombre de confianza de la presidenta del Gobierno transitorio Jeanine Añez. Ella desde la cárcel donde está detenida twitea que no admitió malos manejos en su Gobierno. Algo tarde y algo cansada, Añez, no hace sino confirmar que Murillo le jugo sucio. Es difícil dudar las palabras de alguien que se encuentra detenida en una situación de indefensión, al menos deberá admitir que pecó de ingenua.

No escapó del país como su amigo desde los tiempos del Senado, quizá porque efectivamente no sabía que detrás de la compra de armamento no letal (gases – estopines – balines de goma – y otros elementos antidisturbios que llegaron después de la represión en Senkata) aplicaba un rasgo particular de sus síntomas; la esquizofrenia cuando hablaba de meter a las autoridades de la anterior administración tras las rejas, empalmando manillas para anunciar que se las pondría a algunos exministros del Gobierno de Morales. Muchas bravuconadas para creer firme en él, sin una sola prueba que la hiciera pensar diferente.

Con el mismo delirio que lo aventajó como el hombre fuerte, su debilidad mental producto de su ambición y sus cambios de temperamento no fueron en rigor un detalle que la expresidenta notó (?). El sentido común que dicen tiene la mujer desarrollado, su intuición cuando la familia se encuentra en situación de peligro, por ejemplo; ella por qué bajo la guardia. Qué falló. Y cuando tuvo que destituir a su ministro de Defensa -cómplice del primero en varias fechorías- por una censura a su gestión en la Asamblea Legislativa, no dudo dos veces en reconstituirle la piel, devolviéndolo en el mismo cargo en menos de 24 horas.

Nadie se puede hacer de la vista gorda. El ministro de Justicia anuncia que 17 ministros del Gobierno transitorio deberían presentarse para declarar en esta investigación propia de la salud mental de un cacique pequeño, mal vestido y delirante, quien uso en sus mejores espectáculos una gorra policial y chamarra de Ejército -el otro, para dar lugar a sus delirios extremos.