Periodismo para pocos. Ejemplos: Lanata, Kempff, Politkovskaya

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Foto: Corbis / RT / RIAN

El papel de algunos medios de comunicación. Afinidades, afectos o identidad propia. Algunos ejemplos foráneos: Lanata y  Politkovskaya

Fue su propio compañero de set que lo obligó a retirarse del programa “Anoticiando” que todas las noches se difunde por la oficialista red ATB. Jimmy Iturri es uno de los mandamases desde que el canal pasó a formar parte del grupo de medios que apoyan el “proceso de cambio” dirigido por el presidente Morales. Las imágenes no necesitan mayor indagación porque al día siguiente se mostraron en las páginas web de los principales diarios de circulación nacional.

Lo que plantea ese episodio inédito es el papel que deben cumplir los comunicadores al servicio de determinada causa, más aun si estos están inmersos en la elaboración de contenidos y en la programación con masiva audiencia. Ya lo dijo, nada menos que el ex ministro de Gobierno, Sacha Llorenti, hombre fuerte del régimen y ahora embajador de Bolivia ante las Naciones Unidas. En su libro “La Verdad Secuestrada”, Llorenti traza un deliberado formato de lo que él cree debe ser la comunicación. Se tomó semanas, quizá meses para calcular las horas que les toma a las redes privadas y a los medios escritos su relación con el poder. Sospecho que excluye a los medios alineados al oficialismo. La conclusión que sostiene el ex ministro no es ningún secreto para quien ha pasado por un grado de instrucción básica en la materia periodismo. A saber, no puede haber confusión: los medios privados responden a interés particulares. Es un libro descontextualizado presentado con gran pompa, resumen que imparten las escuelas de periodismo, desde Mathelar, Adorno y Humberto Eco. Por lo tanto ninguna novedad aquí o en la China.

Hasta la llegada del MAS al poder ningún partido con aspiraciones genuinamente democráticas se había planteado la necesidad de comprar medios privados con la idea de defender sus acciones en el ejercicio del poder. Quizá, primó la idea de que  los propietarios de las principales redes de TV, diarios y radios estaban alineados de una u otra forma a los interés políticos de turno. Tampoco ningún secreto. Al fin de cuentas muchos empresarios mediáticos ocupaban puestos en la administración central o habían llegado al Ejecutivo o al Legislativo al amparo de las siglas partidarias que entonces gobernaba el país.

No es un secreto tampoco que en la actualidad los principales gobiernos populistas de la región, léase Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela discutieron en privado la necesidad de comprar medios para controlar la información. La revista semanal Noticias de la Argentina acaba de ganar un falló en la justicia por el que después de más de 7 años recibió su primer anuncio oficial. Ese es el extremo no excluyente para el resto de los medios independientes en la región. En una de sus últimas ediciones Noticias reveló -en base a declaraciones de la secretaria privada del difunto ex presidente argentino- infidencias y presiones ejercidas por las autoridades para comprar medios o alinearlos a la propaganda oficial. Miriam Quiroga, que fue despedida por la actual presidenta Cristina Fernández dijo que escuchó la necesidad e importancia por controlar la información.

Y los ejemplos se repiten. Hugo Chávez fue el que idealizó varias estrategias comunicacionales para el Gobierno del MAS y apuró que definiera, de igual manera, la necesidad de sumar medios privados a la estrategia por la eternización en el poder. Con dinero venezolano se creó una importante red de radios comunitarias y se sumaron otros medios de diferentes maneras al servicio del “proceso de cambio”.

Hasta la noche del 9 de mayo, el rumor que antecede estas líneas era un secreto a voces y explosionó cuando el compañero de set del director nacional de noticias de la red ATB, reveló sin anestesia el doble papel del comunicador. Para quién trabaja y qué intereses defiende. La discusión no duro más de 5 minutos, suficientes para que Jimmy Iturri, abandonara el set ofendido porque su compañero le había despojado su identidad oficialista. “No te lo voy a permitir”, repitió un par de veces antes de levantarse y salir. Qué es lo Iturri no iba a permitir. Que su compañero dijera a los cuatro vientos en plena transmisión del programa que el director de esa red se hubiera puesto la camiseta del oficialismo y que desde su posición no era imparcial al transmitir información.

La revelación se convirtió en el debate más apasionante desde que otros medios han pasado a cumplir el papel de defensores del “proceso de cambio”. Les resta voz a sus ejecutivos porque les quitó el barniz con el que pretenden mostrase ante las audiencias; como defensores de la verdad y de la justicia social.  Ese telón que decoraba el set de ese programa se cayó. “Si sigo hablando mañana me quedó sin trabajo”, atinó el intrépido periodista español Ramón Gil

Ese cierre de programa fue similar al que ensayó el periodista argentino Jorge Lanata tras un ciclo de denuncias por enriquecimiento ilícito de la pareja de los mandatarios argentinos que mantuvo en vilo a la sociedad argentina. Lanata se despidió indicando que no sabía si volvería a la televisión.

ATB “que bien se ve”

Todo comenzó con una célebre frase del escritor y periodista Gabriel García Márquez quien definió el periodismo como el mejor oficio del mundo. Sólo diecisiete años después, el deterioro del periodismo, su connivencia con el poder, han convertido la profesión en un mal chiste: ¿Por qué dejar nuestro mensaje en boca de alguien que no es imparcial? El debate entre Iturri y Ramón Grimalt en la red ATB era necesario porque el periodismo atraviesa su hora más incierta y  confunde su misión; o está al lado de la verdad o cumple el papel basura que nada dice porque a todos alienta.

El debate plantea alternativas en algunos países de la región; inclusive en los Estados Unidos donde se ha denunciado que un ente oficial grababa las conexiones de las principales agencias informativas en el país. El presidente ecuatoriano Rafael Correa tuvo una larga y tediosa intervención en la Asamblea de la OEA que se celebró en Cochabamba el año pasado cuando comenzó su exposición atacando a los medios de comunicación.

En suma una larga discusión sobre el poder de los medios y su influencia en la sociedad.

Ejemplos a seguir

El periodista Jorge Lanata fundador de varios medios de comunicación en la Argentina, entre ellos el exitoso diario Página 12 que hoy tiene una orientación oficialista, es un ejemplo para los estudiantes que se forman en las escuelas del periodismo. El mismo ha señalado en varias oportunidades que fue barrido de varios programas por cumplir el verdadero rol de un profesional de la comunicación: denunciar e investigar. El periodista argentino también ha señalado que el problema de la censura no es nuevo. “Hay lugares del país a los que no podemos llegar y la gente nos sigue por Internet”. Tras la investigación sobre la ruta sucia del dinero de los Kirchner, otras voces acreditadas del periodismo argentino se levantaron señalando que el Gobierno tendría entre sus planes intervenir el Grupo Clarín que es propietario de Canal 13 que los domingos emite el programa “Periodismo para Todos”, conducido por Lanata. Es decir, hay una potencial fuente de solidaridad. Pero cuando le consultan a Lanata qué dice la prensa argentina de sus denuncias, afirma que el “Gobierno tiene relación con el 80 por ciento de la prensa argentina, el otro 20 por ciento nos apoya y difunden la investigación, pero los medios del Gobierno lo ignoran”.

Ana Politkovskaya

Ejemplos de periodismo profundo son pocos. Entre los contados papeles que guardo en mis archivos encontré una crónica escrita en prosa brillante por Roberto Herrscher en homenaje a la periodista rusa Ana Politkoskaya que dice así:

“Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados”.

“Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado. Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn. Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y  después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada.

´Mejor sería que no fueran´, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica”.

“En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa tratando de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte. Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar. Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin”.

“Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia (1999), publicado en castellano por RBA, y Terror en Chechenia (2002), en Ediciones del Bronce, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco”.

“Pasaron tres años más. Después de esa conferencia en Bonn en 2002, volví a ver a Anna en sus dos últimas visitas a Barcelona, una vez en el Forum de las Culturas y otra en el Colegio de Periodistas. Seguía vehemente, mordaz, segura y frágil. Y seguía pidiendo a Occidente que no  abandonará Chechenia. Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción  inteligente, una historia bien contada”.

“Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana,  de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten  en el lugar más espantoso del mundo”.

“´En Terror en Chechenia´, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.  Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio -casi el único por atrocidades en Chechenia- y la defensa del coronel y los medios afines al Gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo. Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politkovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian. Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable”.

“La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Politkovskaya en el portal de su edificio. Pasaron casi cinco años. En la farsa de juicio no se dio con los culpables. Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano,  casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza”.

“Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final”.

“¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y golpear.”

 

 

“Es una cuestión de principios”

Este es el reflejo de las relaciones entre periodismo y el contenido de algunos medios en este caso PAT que asumió una línea marcadamente oficialista. El diario El Deber de Santa Cruz logró una entrevista con Carolina Kempff hasta hace poco presentadora de esa cadena de televisión.

Ella explicó de la siguiente manera su alejamiento de ese canal después de tres años de cumplir en esa pantalla.

“La red PAT a la que entré hace tres años era muy diferente a la de ahora. Desde que se dieron los cambios a fines del año pasado, dejé de sentirme cómoda. El canal fue comprado por otra gente, no sé por quiénes, pero hubo una nueva línea política oficialista. Yo tengo la posibilidad de salirme porque tengo negocios a los que ahora les estoy dedicando más tiempo y atención”.

No critico ni juzgo a quienes apoyan esta línea, no es que yo sea antimasista o antigobierno, pero como periodista considero que hay que ser imparcial en el tratamiento de la información”.

 

“Tenía temor, estoy segura de que se molestarán algunos, pero no estoy cometiendo un delito, no juzgo a nadie, simplemente no comparto algunas ideas, es una cuestión de principios. Además, esta idea fue madurada y no resultado de un día para otro”.