Maradona, el más gozoso

Por Martín Caparrós | El País
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Maradona, ídolo, Argentina
Foto: Silvina Palumbo | Perfil

Será, está claro, cada vez más grande. Su figura rajada por el tiempo, sus gestos desdichados, su caída sin fondo se irán deshilachando en el recuerdo y quedará de él lo que en verdad importa: goles, gritos, la luz de su sonrisa despiadada.

No ha sido fácil. Hubo años en que no paraba de irritar: en que parecía dispuesto a hacer todo lo posible por desarmar su imagen, nuestro amor, los vínculos. Recuerdo, por ejemplo, en 2009, cuando la selección que dirigía se clasificó para el Mundial de Sudáfrica y él se vengó de los periodistas que lo habían criticado y se lanzó a insultarlos con órdenes explícitas.

Yo entonces le escribí unas líneas en un diario: “El señor Diego mandó a los que lo cuentan y a los que lo critican —a todos nosotros— a chupársela o, incluso, mamársela. Yo creo, señor Diego, que si usted lo dice sabe por qué lo dice, y sólo quiero pedirle que se haga cargo de sus palabras. Nos pidió —nos ordenó— que se la chupáramos; aquí estamos, dispuestos a tomar sus órdenes como deseos o algo así. Sólo queda que usted fije día y hora, un lugar más o menos discreto —dentro de lo que cabe—, y varios millones nos pondremos en cola para ejercer, de uno en fondo, esa succión que usted comanda. Quizá nos lleve días o semanas: valdrá la pena complacerlo. Será nuestro último homenaje, por los buenos viejos tiempos. Después, si sobrevive usted a tanto respeto —ya no creo que podamos considerarlo amor—, olvídenos, váyase por favor adonde pueda y permítanos recordarlo como era cuando era Maradona. Digo: no siga destruyendo su memoria”.

Pero él siguió, insistió, extremó, murió [el 25 de noviembre de 2020]: nos dejó el trabajo de limpiarla —y encontrarle las justificaciones, las excusas—. Maradona fue un gran malabarista, un gran competidor, y fue un hombre de una inteligencia extrema que produjo frases memorables —”la mano de Dios”—, momentos memorables —el primer festejo de un futbolista con la cámara, Mundial 94—, definiciones memorables. Un hombre con una vida tan difícil: ser Maradona fue algo que nunca antes le había pasado a nadie.

Todo en él fue drama

Así que todo en él fue drama, o casi. Maradona nunca pareció, como sí Messi, seguro de nada. Allí donde Messi jugaba como si no tuviera que esforzarse, y sin esfuerzos aparentes conseguía lo que casi nadie, Maradona penaba, te mostraba a cada instante que lo que hacía era imposible. Diego Armando Maradona jugaba —y vivía— al borde del abismo, parecía siempre a punto de caer, y por alguna razón inverosímil —la suerte, el arte, el sueño— no se caía, lo lograba.

Siempre a punto del desastre, tantas veces en la exaltación. Y eso le daba una conexión extraordinaria con los que nunca podemos, y un poder: el de hacerte creer que algo que empezaba muy mal podía terminar perfecto. Los caminos más cerrados se le abrían; trastabilleos y zancadillas podían, pese a todo, convertirse en gol: era alegría y alivio, una esperanza.

Todo en él se hacía en ese par: dificultad y logro, caída y redención. Eso fue Maradona: la idea de que los golpes no te hunden, que se puede. El goce, al fin y al cabo, es hacer eso que parecía imposible. Y así se fue volviendo un símbolo, una síntesis. Entonces, por completar el mito, lo inventaron rebelde. No fue fácil. Maradona fue un hombre cuya relación con el poder se cuenta en tres palabras: siempre estuvo cerca.

Se hizo fotos con todos: no hay presidente argentino, líder americano, político de alguna relevancia que no tenga una foto donde él y Maradona se sonríen, se celebran. Vivió pegado a los jefes, siempre dispuesto a entregarles las sombras de su nombre a cambio de alguna prebenda. A —el presidente argentino— Carlos Menem se las dio para que le mejorara la situación judicial en sus causas por drogas; a —el amo cubano— Fidel Castro se las facilitó para que le ofreciera un techo y unas palmas y unos muslos amables; a ciertos jeques árabes y nababs bielorrusos y jefes sinaloenses para que le prestaran una vida.

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