Mi abuela Nieves tenía prohibido hablar con sus nietos. En mis recuerdos, ella intenta decirme cosas en un idioma que no entiendo. Cuando eso ocurre, siempre hay alguien alrededor reprendiéndola como a una niña: que está mal hablar en quechua frente a los niños, que si la escuchan en la calle nadie la respetará. Mi abuela era indígena, como una buena parte de mi familia y de América Latina; y en aquella Lima de principios de la década de 1980, adonde nos habíamos mudado desde los Andes, la guerra fría contra nuestra identidad no solo se vivía en discriminación en las calles sino en batallas dentro de casa. Matando nuestro idioma, abuelos, hijos y nietos éramos agentes de nuestra propia desindigenización.

Pienso en la complejidad de esta historia en este 12 de octubre en particular, cuando el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón al continente y la consiguiente disrupción que ocasionó viene acompañado de una repentina cruzada del Partido Popular (PP) español para convertir la historia americana en una fábula simplona: “Yo creo que España, cuando llegó a ese continente, liberó al continente”, dijo el exdiputado Toni Cantó el 6 de octubre, en sintonía con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, para quien España llevó “el catolicismo y, por tanto, la civilización y libertad al continente americano”. Quizá por esa forma de mirar la historia, o de no querer mirarla, la ciudad le prohibió a la artista Sandra Gamarra que usara la palabra “racismo” en su exposición sobre la colonización de América.

La manipulación e idealización de la colonia no es solo un fenómeno español, sino una trampa en la que caen de forma estrepitosa intelectuales latinoamericanos; en especial cuando celebran el mestizaje, como si la historia fuese una telenovela donde necesariamente el final es feliz. En una entrevista reciente, el novelista peruano Mario Vargas Llosa dijo que “(España) nos trajo un idioma, unificó gracias al español países donde se hablaba por lo menos 1,500 lenguas”. Aunque vivimos jun