
- El Partido Republicano sale de la noche electoral con ambas mayorías perdidas y con derrotas en territorios que, hasta hace muy poco, se consideraban inexpugnables.
- Conviene, sin embargo, distinguir entre el alcance simbólico y el alcance institucional. El primero es enorme. El segundo, en cambio, está acotado por un diseño constitucional que favorece el bloqueo antes que la sustitución del poder.
- El poder real del nuevo Congreso es escueto. Los demócratas controlarán el calendario legislativo, las asignaciones presupuestarias, la ratificación de nombramientos judiciales y de gabinete, y la facultad de investigar mediante comisiones y citaciones. Es un dispositivo capaz de atar en corto al Ejecutivo, aunque insuficiente para imponer una agenda alternativa.
Las elecciones legislativas celebradas a mitad del mandato presidencial en Estados Unidos –las midterm elections– suelen funcionar como un plebiscito sobre quien ocupa el Despacho Oval. La del 3 de noviembre de 2026 no ha sido una excepción, aunque su intensidad sí resulta excepcional.
El Partido Republicano –el Grand Old Party o GOP– llegaba con mayoría tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado y con un trazado de circunscripciones reformado en su beneficio. Pese a ello, sale de la noche electoral con ambas mayorías perdidas y con derrotas en territorios que, hasta hace muy poco, se consideraban inexpugnables.
Conviene, sin embargo, distinguir entre el alcance simbólico y el alcance institucional. El primero es enorme. El segundo, en cambio, está acotado por un diseño constitucional que favorece el bloqueo antes que la sustitución del poder.
Un tablero inclinado de antemano
Desde el verano de 2025, Donald Trump impulsó una oleada de redistribución de distritos a mitad de década, una práctica infrecuente en un sistema que, por norma, redibuja sus mapas tras cada censo decenal. Texas fue la primera: su legislatura aprobó, en sesión especial, un trazado orientado a sumar cinco escaños republicanos, firmado por Greg Abbott el 29 de agosto de 2025. Un tribunal federal lo bloqueó en noviembre, pero el Supremo suspendió esa decisión en diciembre por seis votos contra tres.
Esto se llama, básicamente, gerrymandering, y es una práctica habitual en el sistema político estadounidense que, en esta ocasión, ha sido empleada de forma más efectiva por los republicanos.
Le siguieron otros feudos conservadores. La asamblea de Carolina del Norte retocó la circunscripción de Don Davis; Ohio adoptó por unanimidad de su comisión un mapa que abría la puerta a una delegación de 12 republicanos y tres demócratas; Florida aprobó en primavera un rediseño con hasta cuatro asientos adicionales para el GOP; Tennessee fragmentó el distrito de Memphis; y Luisiana eliminó una circunscripción de mayoría negra.
La réplica demócrata llegó desde California, cuya Proposición 50 –aprobada con un 64,4% de votos favorables en noviembre de 2025– apuntaba a cinco escaños republicanos. Utah, por su parte, estrenó un plano impuesto judicialmente que crea un distrito demócrata en el condado de Salt Lake.
El Senado de Estados Unidos cambia de manos
El mapa senatorial de 2026 parecía blindar al GOP: de las 35 plazas en disputa –33 ordinarias más las especiales de Ohio y Florida–, 22 estaban en manos republicanas, sí, pero en estados mayoritariamente conservadores. Conviene aquí apuntar que, en las midterm elections, si bien la Cámara de Representantes se renueva íntegramente, el Senado solo pone en disputa uno de cada tres asientos.
Los demócratas conservan sus trece asientos en disputa –incluidos los competidos de Georgia, Míchigan, Minnesota y Nuevo Hampshire– y arrebatan siete: ambas Carolinas –Roy Cooper se impone en la del Norte; Annie Andrews, en la meridional–, Texas –James Talarico frente a Ken Paxton–, Ohio –Sherrod Brown frente a Jon Husted–, Kansas –Adam Hamilton frente a Roger Marshall–, Iowa –Josh Turek frente a Ashley Hinson– y Maine, donde Troy Jackson derrota a Susan Collins.
La aritmética resultante otorga, por ahora, 52 senadores demócratas, a los que se añaden los independientes Bernie Sanders y Angus King, frente a 44 republicanos. Restan dos escaños: Alaska, cuyo sistema de voto preferencial retrasa el desenlace, y Misisipi, donde la ventaja era de 28 votos pasada la medianoche.
Respecto a la Cámara de Representantes, a estas alturas los demócratas cuentan con 230 escaños asegurados frente a 168 republicanos, con 37 pendientes. Entre los republicanos que resisten figuran Kurt Alme en Montana, frente al independiente Seth Bodnar, y Pete Ricketts en Nebraska, frente a Dan Osborn, otro independiente que aspiraba a quebrar el monopolio conservador en las Grandes Llanuras.
Los cinturones, de 2022 a 2026
La geografía cultural estadounidense suele describirse a través de sus cinturones, regiones de contornos difusos definidas por la religión, la producción agraria o la desindustrialización. Su comportamiento en 2022 dibujaba un país donde el Partido Republicano dominaba con comodidad el interior.
Agregando por estados completos, el núcleo del cinturón bíblico entregó entonces 58 asientos de la Cámara de Representantes a los republicanos y 23 a los demócratas; el del algodón, 29 contra nueve; el del trigo, ocho contra uno; y el mormón, la totalidad de sus cuatro plazas de Utah al GOP.
Solo el cinturón sin iglesias –Washington y Oregón– se inclinaba con claridad hacia los demócratas, con 12 de 16 escaños y un 56,7% del voto bipartidista. Las zonas en equilibrio eran el óxido (21 contra 24) y el sol (80 contra 85), además del maíz, ligeramente demócrata en escaños (16 contra 14).
Ahora mismo, y pese al lento recuento en algunos distritos de la Cámara de Representantes, el Senado ya ofrece una lectura nítida. Kansas, corazón triguero, elige a un demócrata. Iowa hace lo propio en pleno cinturón maicero. Ohio, bisagra del óxido, recupera a Brown. Las dos Carolinas, a caballo entre el cinturón bíblico, el algodonero y el del sol, cambian de color, igual que Texas.
En los seis puestos senatoriales que se votaban en el núcleo del sol, el balance pasa de dos demócratas y cuatro republicanos a cinco demócratas y uno republicano. Entre los distritos ya proyectados destacan cuatro victorias demócratas en Pensilvania, el segundo distrito de Iowa y el primero de Utah, que conquista Ben McAdams en pleno territorio mormón.
Quizá el dato más revelador sea que el retroceso republicano no se concentra en los suburbios acomodados, como en 2018, sino que alcanza áreas rurales y agrarias especialmente expuestas a la guerra comercial.
Los límites del Partido Demócrata
La nueva mayoría no asumirá sus funciones hasta el 3 de enero de 2027, y su margen de acción está condicionado por varias reglas. La primera es el impeachment. La Constitución reserva a la Cámara de Representantes la acusación, que exige mayoría simple; los demócratas disponen de ella holgadamente.
La condena, en cambio, corresponde al Senado y requiere dos tercios, esto es, 67 votos: con 54, serían imprescindibles al menos trece republicanos.
La segunda es el veto presidencial. Para superarlo hacen falta dos tercios de ambas cámaras, 290 representantes y 67 senadores, cifras muy alejadas de la correlación actual. Durante su primer mandato, Trump vetó diez leyes y únicamente una de esas negativas fue revertida.
A ello se suma el filibusterismo: cerrar el debate de la mayoría de proyectos exige 60 votos, de modo que incluso una ley demócrata necesitaría seis apoyos republicanos antes de chocar con el veto.
El poder real del nuevo Congreso es escueto. Los demócratas controlarán el calendario legislativo, las asignaciones presupuestarias, la ratificación de nombramientos judiciales y de gabinete, y la facultad de investigar mediante comisiones y citaciones. Es un dispositivo capaz de atar en corto al Ejecutivo, aunque insuficiente para imponer una agenda alternativa.
La Casa Blanca, por su parte, tenderá a refugiarse aún más en decretos, aranceles y declaraciones de emergencia, terreno en el que los tribunales serán decisivos.












