
El escenario del encuentro no podía ser más simbólico. Pero no se desarrolla desde una relación de igualdad, sino de subordinación absoluta de Caracas a Washington.
Era el encuentro más esperado del día. El abrazo entre los líderes de los dos países considerados acérrimos enemigos desde hace casi tres décadas. Donald Trump y Delcy Rodríguez, presidentes de Estados Unidos y Venezuela, se han visto a última hora del martes en los márgenes de la Asamblea General de la ONU. Ambos sellan así el deshielo entre sus países. Pero no lo hacen desde una relación de igualdad, sino de subordinación absoluta de Caracas a Washington. Se trata de la primera entrevista entre un presidente de Estados Unidos y un líder chavista desde la que tuvieron Bill Clinton y el entonces presidente electo Hugo Chávez en 1999, además de una breve charla en una cumbre entre Barack Obama y Nicolás Maduro en 2015 en Ciudad de Panamá.
La reunión tuvo lugar en el hotel Lotte New York Palace, en el marco de una recepción ofrecida por Trump a líderes extranjeros. También participaron altos cargos estadounidenses como los secretarios de Estado, Marco Rubio, y del Tesoro, Scott Bessent, la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, y el subjefe de gabinete, Stephen Miller. El encuentro se celebró a puerta cerrada y sin acceso de la prensa. Rodríguez hablará en la Asamblea General a última hora del miércoles en medio de protestas de migrantes venezolanos.
“Sostuvimos una histórica reunión con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con quien conversamos sobre el fortalecimiento de la relación bilateral”, escribió Rodríguez en su cuenta oficial de X. Marco Rubio, jefe de la diplomacia de Estados Unidos, dijo el miércoles que Trump y Rodríguez habían hablado sobre el fortalecimiento de la economía venezolana y el establecimiento de las bases para una transición. El secretario de Estado añadió que una crisis económica en Venezuela pondría en peligro “la supervivencia de la democracia”, que es, según dijo, lo que la Administración republicana quiere en última instancia para el país. Y que desconocía las gestiones de la líder opositora María Corina Machado para tratar de regresar a Venezuela.
Al llegar a la sede de la ONU el martes, Rodríguez dijo que aterrizaba en Estados Unidos “de pie, caminando, frente en alto”. Poco después, asistió impertérrita a un discurso en el que Trump sacó pecho por una operación militar “masiva” para detener al “dictador fuera de la ley y auténtico criminal, Nicolás Maduro”. El expresidente venezolano estaba muy cerca de donde se hablaba de él, a unos 20 minutos en coche, en la cárcel de Brooklyn donde duerme desde su salida forzada del poder el pasado 3 de enero.
Pero de lo que más orgulloso pareció el republicano es del acuerdo para hacerse con acceso privilegiado a más del 20% de las reservas petroleras del país sudamericano. “Si sumamos a Estados Unidos y a Venezuela, tenemos más del 60% del petróleo del mundo. Así que es, tal vez, el mayor acuerdo. Fue una guerra, pero es, quizás, el mayor acuerdo jamás realizado. Al vencedor le corresponde el botín”, dijo.
El escenario donde todo esto ocurría no podía ser más simbólico. En la sede de la ONU pronunció Chávez, el líder de la revolución bolivariana que llegó al poder en 1998, la archiconocida frase de “Aquí huele a azufre”. La dijo en la Asamblea General de 2006, después de que hablara el presidente George W. Bush. “Ayer estuvo el diablo aquí, en este mismo lugar, huele a azufre todavía, en esta mesa, donde me ha tocado hablar”, aseguró Chávez, unas palabras mil veces repetidas y caricaturizadas.
Maduro, sucesor de Chávez tras su muerte en 2013, retomó el tono belicoso. La última vez fue en 2018, durante el primer mandato de Trump. Incluso la propia Rodríguez, que hoy insiste en la necesidad de tender puentes con el amigo americano, lanzó también desde la ONU ataques durísimos contra Estados Unidos y contra Trump.
En 2019 calificó las sanciones de Estados Unidos como una forma de “terrorismo de Estado” que ya no usa bombas, sino bancos y aseguradoras; acusó al republicano de haber “estirado sus garras imperiales” contra Cuba; dijo que pueblos como el venezolano no tenían acceso a una maquinaria mediática al servicio del “hegemón” mundial y sus satélites; y pidió a Washington menos arrogancia y más tolerancia hacia las naciones libres.
Nada más aterrizar el pasado domingo, la líder del régimen chavista mostró su disposición a no dar problemas. “Llegamos a Nueva York con la firmeza y la esperanza de un pueblo que cree en el encuentro y la unión entre las naciones”, escribió la antigua vicepresidenta de Maduro. “En la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas, Venezuela estará presente para llevar su voz y defender sus principios, con una agenda de trabajo basada en el respeto, la cooperación y el entendimiento. […] Somos un país que apuesta por la paz, el diálogo y la construcción de caminos comunes”, añadió. Unas palabras muy alejadas de las que decían ella misma y sus antiguos jefes, Maduro y Chávez.












