El futuro de las vacunas depende de algo que escasea: los monos de laboratorio

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Foto: Bryan Tarnowski

 

Mark Lewis estaba desesperado por encontrar monos. Millones de vidas humanas corrían peligro en todo el mundo.

Lewis, el director ejecutivo de Bioqual, era el responsable de suministrar los monos de laboratorio a las farmacéuticas como Moderna y Johnson & Johnson, las cuales necesitaban animales para desarrollar sus vacunas contra la COVID-19. Sin embargo, el año pasado, cuando el coronavirus arrasó en Estados Unidos, en el mundo casi no había monos criados especialmente para este propósito.

Ante la falta de suministro de monos para fines científicos, los cuales pueden costar más de 10.000 dólares cada uno, casi una decena de empresas tuvieron que hacer todo lo posible por encontrar este tipo de animales en la parte más álgida de la pandemia.

“Perdimos trabajo porque no pudimos proveer los animales en ese periodo”, dijo Lewis.

El mundo necesita monos, primates con un ADN muy parecido al de los humanos, para desarrollar vacunas contra la COVID-19. No obstante, una prohibición reciente a la venta de vida salvaje procedente de China, el principal proveedor de animales de laboratorio, ha exacerbado una escasez mundial provocada por la demanda inesperada a causa de la pandemia.

La más reciente escasez ha revivido el debate en torno a la creación de una reserva estratégica de monos en Estados Unidos, una reserva de emergencia similar a las de petróleo y granos que mantiene el gobierno.

Debido a que las nuevas variantes del coronavirus amenazan con volver obsoleto el lote actual de vacunas, los científicos se apresuran para encontrar nuevas fuentes de monos y Estados Unidos reevalúa su dependencia de China, un rival con sus propias ambiciones biotecnológicas.

La pandemia ha dejado claro el control que tiene China sobre el suministro de los productos de emergencia, entre ellos las mascarillas y los fármacos que necesita Estados Unidos en una crisis.

Los científicos estadounidenses han buscado tanto en instalaciones privadas como en las que reciben financiamiento gubernamental del sureste de Asia y Mauricio, una diminuta isla al sureste de África, un suministro de sus sujetos de estudio preferidos, los macacos Rhesus y macacos Cynomolgus, también conocidos como macacos de cola larga.

Sin embargo, ningún país puede compensar el suministro de China. Antes de la pandemia, en 2019, China suministró más del 60 por ciento de los 33.818 primates, en su mayoría macacos Cynomolgus, importados a Estados Unidos, de acuerdo con estimados de analistas que se basaron en datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

Estados Unidos tiene hasta 25.000 monos de laboratorio -en su mayoría macacos Rhesus de cara rosada- en sus siete centros de primates. Desde que empezó la pandemia, entre 600 y 800 de esos animales han sido sujetos de investigación del coronavirus.

Según los científicos, los monos son los especímenes ideales para investigar las vacunas contra la COVID-19 antes de que sean probadas en humanos. Los primates comparten más del 90 por ciento de nuestro ADN y gracias a su biología se les pueden hacer pruebas con hisopos nasales y escanear los pulmones. Los científicos aseguran que es casi imposible encontrar un sustituto para probar las vacunas contra la COVID-19, aunque los fármacos como la dexametasona, el esteroide que usó el expresidente Donald Trump para tratarse, se han probado en hámsteres.

En el pasado, Estados Unidos recurrió a India para el suministro de macacos Rhesus. Pero en 1978, India interrumpió sus exportaciones después de que la prensa india informó que los monos se usaban en pruebas militares en Estados Unidos. Las empresas farmacéuticas buscaron una alternativa.

Al final llegaron a China.

La pandemia alteró lo que había sido una relación de décadas entre los científicos estadounidenses y los proveedores chinos.

“El cierre del mercado chino obligó a todo el mundo a recurrir a un menor número de animales disponibles”, dijo Lewis.

Durante años, varias compañías aéreas, incluidas las principales estadounidenses, también se han negado a transportar animales utilizados en la investigación médica debido a la oposición de los activistas de los derechos de los animales.

Mientras tanto, el precio de un mono cynomolgus se ha duplicado con creces con respecto a hace un año, superando ampliamente los 10.000 dólares, según Lewis. Los científicos que investigan la cura de otras enfermedades, como el alzhéimer y el sida, afirman que su tarea se ha retrasado, ya que los investigadores del coronavirus tienen la prioridad para trabajar con los animales.

A causa de la escasez, cada vez más científicos estadounidenses han empezado a pedirle al gobierno que garantice un suministro constante de los animales.

Skip Bohm, subdirector y jefe de