
Ataque ruso al centro de control de drones de la 159.ª Brigada motorizada del Ejército de Ucrania cerca de la aldea de Ustínovka, provincia de Járkov. julio 2026 | Captura video Telegram / mod_russia
En fase de triunfalismo ucraniano y europeo por los éxitos contra Rusia, el momento actual muestra las dos tácticas enfrentadas: la guerra de desgaste terrestre y “escalar para desescalar”
Del G7 a la cumbre de la OTAN, Ucrania ha regresado a los comunicados de los encuentros internacionales de alto perfil en los que sus aliados europeos aspiran a convencer a Donald Trump de lo importante de la causa. “Ucrania contribuye a la seguridad transatlántica y los aliados nos mantenemos unidos en nuestro inquebrantable apoyo a Ucrania en la defensa de su libertad, soberanía e integridad territorial”, afirma el cuarto punto del comunicado final de Ankara, en el que se vuelve a calificar a Rusia de “amenaza a largo plazo” para la Alianza. Los países europeos han presentado como su logro más relevante conseguir que Estados Unidos, que hace más de un año proclamó poco realista la recuperación de las fronteras internacionalmente reconocidas como resultado de unas negociaciones, se haya unido a un texto planteado en esos términos.
El cambio retórico de Donald Trump en relación con Ucrania es evidente, aunque se combina con declaraciones que dan a entender que la paz podría estar a la vuelta de la esquina. Este discurso, que alega que tanto Volodymyr Zelensky como Vladimir Putin desean conseguir un acuerdo, se ha mantenido estable pese a la casi completa ausencia de avances diplomáticos desde que comenzaron los contactos en 2025. Sobre el terreno, la postura de Estados Unidos no ha cambiado. Washington rechaza ofrecer asistencia militar a Ucrania, pero garantiza la llegada de armas por la vía comercial, beneficiándose de la venta de armas a los países europeos, que a su vez las suministran a Ucrania. Por otra, Washington lleva meses aportando inteligencia para los ataques ucranianos en territorio ruso, base sobre la que se sustenta el actual triunfalismo europeo.
En Ankara, los aliados europeos han visto en la buena sintonía de la comparecencia de Donald Trump y Volodymyr Zelensky el mismo punto de inflexión que observan en el frente, una imagen parcial del conflicto que exige centrarse exclusivamente en la guerra aérea. “A Trump le gustan los ganadores”, explica un diplomático de la OTAN a Finacial Times, “y recientemente, Ucrania ha empezado a ganar”. Los países europeos cometen en Ucrania el mismo error que Estados Unidos en Irán: convertir éxitos tácticos en estratégicos y extrapolar de ellos la posibilidad de victoria.
Geográficamente, los ataques más celebrados por Ucrania se han producido en los alrededores de Moscú, San Petersburgo y Crimea. Ninguno de ellos ha logrado éxitos estratégicos, pero Kiev ha logrado explotar mediáticamente su valor simbólico y político para causar nerviosismo en Rusia.
Las declaraciones de esta semana de Marco Rubio y Donald Trump ratifican que existe una opinión común entre los aliados sobre la importancia de la batalla en los cielos. “Creo que esa es una de las dinámicas que han cambiado en esta guerra en los últimos meses y es que los rusos están encontrando más difícil defender su propio espacio aéreo. Y lo que esperamos que eso signifique es que ahora va a crear el espacio para negociar el fin de esta guerra”, afirmó el secretario de Estado de Estados Unidos, a lo que Donald Trump añadió que “es una escalada, pero también una escalada que puede conducir al fin” de la guerra.
Las palabras de Trump y el triunfalismo europeo se sustentan sobre los éxitos de Ucrania en la guerra de drones y misiles con la que los dos países tratan actualmente de destruir la capacidad de su oponente de continuar luchando. A ello han contribuido las noticias prácticamente diarias de objetivos petrolíferos rusos alcanzados por los drones ucranianos dejando imágenes espectaculares del humo negro que se produce al hacer explotar materiales inflamables. Menos publicitados son los ataques rusos a gasolineras o tanques de combustible ucranianos que provocan efectos similares.
Más allá del discurso mediático, en el que cada una de las partes trata de imponer la versión de que mantiene la iniciativa, el momento actual muestra las dos formas de hacer la guerra: la guerra de desgaste terrestre y la guerra de impacto aérea. Cuando en 2022 se agotó rápidamente su ofensiva, Rusia se vio obligada a modificar sus objetivos y adaptar su táctica. Desde entonces, las tropas rusas han optado por una guerra de desgaste centrada en los territorios del sur de Ucrania, especialmente Donetsk y Lugansk, los dos oblasts del Donbás. El enfrentamiento localidad a localidad ha supuesto un lento avance, batalla cuerpo a cuerpo y un enorme desgaste para las partes y, en ocasiones, escasez de personal, que se manifiesta, por ejemplo, en la necesidad de busificación de reclutas por la fuerza en Ucrania.
Kiev, por su parte, ha modificado su forma de actuar para adaptarse a las circunstancias dependiendo de las armas de producción propia y extranjeras con las que ha contado en cada momento. En 2023, Ucrania apostó por una gran operación terrestre con la que romper el frente de Zaporiyia y aproximarse a Crimea. El fracaso de aquella contraofensiva cedió la iniciativa a Rusia, que domina el frente terrestre desde entonces, obligando a Ucrania a buscar una vía alternativa con la que contrarrestar la superioridad rusa.
El pasado diciembre, The New York Times desvelaba la participación de Estados Unidos en el desarrollo de la nueva táctica con la que Ucrania ha conseguido los éxitos de los que Zelensky se jacta actualmente y sobre los que los países europeos tratan de recuperar un diálogo que no esté basado en las negociaciones Estados Unidos-Rusia-Ucrania, sino en unos términos mucho más duros para Moscú y favorables para Kiev. “En junio, oficiales del ejército estadounidense, que se encontraban en una situación difícil, se reunieron con sus homólogos de la CIA para ayudar a diseñar una campaña ucraniana más coordinada. Se centraría exclusivamente en las refinerías de petróleo y, en lugar de los tanques de suministro, apuntaría al talón de Aquiles de las refinerías”, explicaba entonces el diario neoyorquino. Era el inicio de una estrategia que actualmente está extendiendo a cada vez más objetivos, explotando el reto que supone defender un territorio tan amplio como Rusia. Con ataques prácticamente diarios, las dificultades rusas son evidentes y el Kremlin se ha visto obligado a prohibir la exportación de diésel y a subvencionar la gasolina en uno de los lugares donde Ucrania aspira a complicar las circunstancias, Crimea.
El aumento de las capacidades aéreas ucranianas ha permitido extender la campaña a la industria rusa, las infraestructuras de distribución petrolífera y nodos logísticos. Geográficamente, los ataques más celebrados por Ucrania se han producido en los alrededores de Moscú, San Petersburgo y Crimea. Ninguno de ellos ha logrado éxitos estratégicos, pero Kiev ha logrado explotar mediáticamente su valor simbólico y político para causar nerviosismo en Rusia. “A quienes Crimea entienden que es Ucrania: aguanten lo que está pasando. Sin combustible, cortes de energía, escasez de agua. Son reales. Pero cada golpe al enemigo acerca un objetivo: volver a casa”, ha declarado Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del Presidente, exagerando las dificultades en la península, a la que Ucrania cortó durante años el paso de su principal fuente de agua, el Dniéper. “Hemos ido demasiado lejos para que importen los compromisos legislativos. ¿Creen que hacer del ruso el segundo idioma oficial devuelve Crimea? No. Todo se decide en el campo de batalla y en las oficinas. Juntos, como un paquete”, insistió en la misma entrevista con la admisión implícita de que no hay deseo de la población de regresar bajo control de Kiev. Solo una improbable conquista militar puede devolver a Ucrania el territorio.
Llevar la guerra a Rusia y desestabilizar el país son, junto con los drones y misiles, parte integral de una táctica que busca lo mismo que la contraofensiva de 2023: inquietar a Rusia alegando haber puesto en cuestión el control de Crimea, verdadera línea roja de Moscú, para obligarle a negociar en posición de debilidad. Esa es la ventana de oportunidad para la paz a la que se refiere Zelensky.
Las palabras de Budanov son coherentes con las acciones ucranianas de los últimos días. Tras declarar objetivo militar legítimo los buques que transportan crudo ruso, Ucrania ha centrado sus ataques en los petroleros que navegan por el mar de Azov para tratar de detener el movimiento en Crimea, impedir la logística militar y dificultar al máximo la vida de la población. Llevar la guerra a Rusia y desestabilizar el país son, junto con los drones y misiles, parte integral de una táctica que busca lo mismo que la contraofensiva de 2023: inquietar a Rusia alegando haber puesto en cuestión el control de Crimea, verdadera línea roja de Moscú, para obligarle a negociar en posición de debilidad. Esa es la ventana de oportunidad para la paz a la que se refiere Zelensky.
Pese al discurso mediático y la recuperada insistencia en la idea de la integridad territorial de Ucrania, un sueño imposible al que se aferran los aliados de Kiev como herramienta de presión contra Rusia, la campaña aérea ucraniana no ha modificado la naturaleza del conflicto, una guerra en la que el desgaste se extiende a la batalla aérea. A la lucha cuerpo a cuerpo que continúa en Donbás, donde Rusia está a punto de capturar una de las últimas cuatro ciudades-fortaleza aún bajo control ucraniano en Donetsk, se suma ahora el intento mutuo de destruir las infraestructuras energéticas, polvorines, hacer estallar depósitos de petróleo y refinerías, una guerra aérea en dos direcciones en la que Rusia mantiene su capacidad de actuación y Ucrania depende del suministro de armas de sus proveedores extranjeros.
La estrategia de escalar para desescalar a la que se refirió Donald Trump, que confía en que el aumento de los bombardeos contra Rusia obligue al Kremlin a aceptar una paz con concesiones, pasa por empeorar al máximo la situación militar y social del oponente. El riesgo pudo observarse la semana pasada, cuando Ucrania admitió no haber podido derribar uno solo de los misiles balísticos rusos disparados contra Kiev, algo que utilizó como argumento para exigir a sus socios rapidez a la hora de suministrar munición para las defensas aéreas. Contrariamente al discurso mediático, no es Rusia quien más sufre en la guerra aérea. En Ankara, Volodymyr Zelensky ha conseguido de Donald Trump el compromiso de otorgar a Ucrania la licencia para producir misiles PAC-3 para los sistemas Patriot. Como advierten medios como Bloomberg, la producción llevará años, no semanas, por lo que parece más pensada para la paz armada posterior a la guerra que para el conflicto actual.
El riesgo de la táctica de Ucrania no es centrarse en la guerra aérea y descuidar la terrestre, en la que Rusia mantiene la iniciativa pese a su lento avance en la zona más fortificada del frente, sino el juego de intentar extenuar al oponente antes de agotar las capacidades militares propias. El peligro para la población ucraniana es que la escalada de Kiev sea correspondida con el endurecimiento de la respuesta de Moscú, que aún cuenta con posibilidades de escalar su guerra aérea. Aunque Ucrania se jacta de dominar en términos de drones, la superioridad rusa en misiles es notoria, especialmente en momentos en los que la munición para la defensa aérea ucraniana escasea.
Con mayor capacidad de colocar su discurso en términos mediáticos, Ucrania ha conseguido imponer una narrativa en la que sus éxitos tácticos son en realidad estratégicos y se encamina a una victoria que solo depende de obtener las armas que exige. Esa visión se basa en una mirada parcial y distorsionada a solo uno de los muchos factores que determinan el resultado de una guerra de desgaste, entre los que se encuentran la capacidad de defensa, el control del territorio y la capacidad de producción y de movilización de recursos materiales y humanos. Ninguno de esos aspectos favorece a Ucrania, cuya fortaleza radica en saberse sostenida por sus aliados extranjeros.
El conflicto no se dirige, pese a las esperanzas de Trump y Zelensky, hacia un final rápido que obligue a Rusia a ceder, sino a un ciclo de venganzas mutuas que lo encaminan a una guerra total difícil de controlar y en la que el peligro para la población civil se extiende a la totalidad de los dos países.












