¿Por qué los militares venezolanos no le dan la espalda a la dictadura?

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Foto: FEDERICO PARRA / AFP

En los 95 días de protestas en Venezuela, que han dejado 75 muertos, destacan el ensañamiento y la violenta alevosía de la policía y de la Guardia Nacional Bolivariana contra los manifestantes. Lo prueban no solo el elevadísimo número de arrestos por protestas y actos represivos entre abril y julio de 2017, sino también de heridos -un promedio de 300 cada día- y los asesinados por balas, bombas lacrimógenas o de perdigones disparados a quemarropa, que ya supera las 65 personas.

Pero lo que más llama la atención ha sido el silencio militar ante lo que está ocurriendo. El ejemplo más reciente es el feroz ataque perpetrado por una gavilla de paramilitares contra la Asamblea Nacional ante la mirada indiferente pero cómplice de la GNB. Esto es algo muy grave, pero, sobre todo, sorprendente, porque en 2002 por mucho menos que eso, el Alto Mando Militar le exigió al presidente Hugo Chávez la renuncia a su cargo. Hace poco, Vladimir Padrino, mayor general del Ejército y ministro de la Defensa, reconoció las graves violaciones a los derechos humanos por parte de la GNB y exhortó al cese de las “atrocidades”, pero estas han continuado ocurriendo como si nada.

La explicación más común sobre la apatía castrense es que los militares venezolanos están “comprados”. Sus miembros, en efecto, no padecen las penurias comunes a los ciudadanos porque el gobierno chavista se ha ocupado de mimarlos con toda clase de prebendas -bienes, recursos, carros, viviendas y dinero- que en la cada vez más deprimida economía venezolana solo están al alcance de una casta de privilegiados. El Ministerio de la Defensa venezolano goza de un presupuesto nueve veces mayor que el Ministerio de Alimentación y está también muy por encima del Ministerio de Salud.

Los militares de mayor jerarquía (recordemos que Venezuela cuenta con más de 2000 generales, casi todos ellos ascendidos durante la “revolución”), por más que se esfuercen, no pueden ocultar riquezas, viajes y lujos que no podrían ser pagados con sus ingresos regulares. Pero la realidad es distinta para la oficialidad media y la tropa, no tan cercana a los núcleos del poder en los que el enriquecimiento ilícito es fácil y las coimas y comisiones están a la orden del día.

¿Pueden esos generales más que sus miles de subordinados? Aunque el gobierno trate de evitarlo, los oficiales subalternos y la tropa, y especialmente sus allegados y familiares, están en general sometidos a las mismas carencias que el resto de la población. Esto debería ser suficiente para llevarles a asumir una postura crítica mucho más cercana a la de quienes se oponen al presidente Nicolás Maduro que a la de quienes lo apoyan, pero hasta ahora, salvo algunas reveladoras insurrecciones y desobediencias recientes que son inmediata y severamente castigadas -se estiman 123 militares detenidos-, los militares han cerrado filas en torno al gobierno.

¿Qué pasa entonces? El silencio militar es una de las consecuencias de un proceso complejo cuyo alcance está por verse. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) tiene ya casi 20 años sistemáticamente sometida a un intenso proceso de adoctrinamiento ideológico y de aislamiento de la realidad más allá de los cuarteles, obstaculizando la posibilidad de identificación con los anhelos y zozobras de los civiles.

Fuerte Tiuna, la principal instalación militar de Caracas, es un buen ejemplo de este lavado de cerebro. Es una especie de claustro al margen del resto del mundo, una burbuja en la que la necesidad, la inseguridad y la escasez, al menos como se padecen afuera, no tienen cabida. Allí, las pintas con los “ojos de Chávez” están en todas partes. Los oficios y órdenes militares se encabezan siempre con un “Saludo revolucionario, bolivariano, antiimperialista y patriota” y cierran con “Patria socialista o muerte, venceremos”. Basta entrar a cualquier oficina militar para conocer la verdadera “cadena de mando”.