
Donald Trump tarde o temprano se va a ver obligado a elegir entre seguir la senda del acuerdo que ha firmado o volver a priorizar los intereses de Israel en la región.
El marco establecido es ambicioso. Irán y Estados Unidos están tratando de acallar la crítica interna por la cesión ante un enemigo que moviliza mucho en contra en los cuadros políticos internos más cercanos a sus respectivos gabinetes de gobierno.
El vicepresidente estadounidense JD Vance, el ministro de Exteriores iraní Abbas Araghchi y el líder del parlamento persa Mohamed Ghalibaf son los nombres en la diana. Las alas duras de sus países están apuntando contra ellos. Pero no se trata solo del frentismo detrás del personalismo, sino también de una salvaguarda para justificar el retorno al conflicto en caso de evidenciarse que la contraparte no era fiable para cumplir con los compromisos alcanzados.
De hecho, se ha conocido recientemente a través del New York Times que Estados Unidos habría incluso puesto en alerta a Irán durante las negociaciones para evitar posibles atentados israelíes contra la vida de Araghchi y Ghalibaf. Tel Aviv siempre ha sido el principal interesado en torpedear el acuerdo.
Si Israel pudo arrastrar a Estados Unidos a tomar la decisión conjunta de asesinar a la cúpula iraní, repetir ese paso habría supuesto un más que probable salto hacia la total desconfianza. Y eso es más valioso para Israel que cualquier ruptura de los acuerdos. Si Irán decide que no puede fiarse por enésima vez de sus rivales quizá se viera empujado a la definitiva negativa a un compromiso. Ese es el escenario más favorable para Israel.
Por ese motivo, Estados Unidos habría avisado a Irán de esos intentos a través de terceros países de la región, propiciando que Teherán alterase sus protocolos de seguridad y movilidad durante las negociaciones. Pero aún hay más.
Líbano es la pieza con la que mejor puede jugar Israel. Así lo ven desde Tel Aviv. Saben que es su vecindario inmediato, por lo que pueden sostener una invasión y ocupación como la que lleva años en curso en distintas formas. Mientras el teatro iraní puede no ser una opción por las ampollas que levantaría en la Casa Blanca antes de las elecciones de medio término, Líbano sí lo es.
Irán exige y tensa la cuerda de nuevo en Ormuz a cuenta de las constantes violaciones del alto el fuego en Líbano, pero no está retomando los estadios más peligrosos de la guerra regional del mes de marzo.
La desconfianza se va erosionando entre Teherán y Washington mientras Donald Trump y, especialmente, JD Vance se ven entre la espada y el muro de las lamentaciones. Un sector muy importante del Partido Republicano está reportando peor imagen de Israel y de la prioridad que Estados Unidos ofrece a sus intereses frente a los patrios, entre los que destaca la base MAGA que rompió con Trump con las salidas de Elon Musk, Tucker Carlson o parlamentarios vinculados a QAnon.
Si esta tendencia continúa, según se acerquen las elecciones de otoño, la cuerda podría llegar a romperse. Israel se verá mucho más presionada internamente a retornar alguna de sus guerras a niveles mayores a partir del mes de agosto, con elecciones cruciales para la supervivencia de Netanyahu en octubre.
La Administración Trump precisamente necesita calma en ese periodo más que nunca. Antes del mes de noviembre el republicano no puede encontrarse envuelto en una guerra regional como a buen seguro sería el caso si Irán decide volver a atacar el Golfo Pérsico ante alguna provocación israelí.
Trump amaga en numerosas ocasiones con defender el acuerdo e ignorar las demandas de Israel. Es decir, la Casa Blanca contempla que Estados Unidos e Irán cumplan sus compromisos, incluyendo las importantes cesiones ante la República Islámica, sin acompañar a Israel en la eventualidad de una reasunción de los combates.
Pero este escenario podría implicar al gobierno de Netanyahu yendo a la guerra con Irán por sí solos, de manera unilateral. Y puede no necesitar acciones previas, como ya demostró en las guerras de 2025 y de 2026, cuando reconoció haber actuado de forma “preventiva”, lo cual implica que no hubo ataques iraníes previos.
Sin embargo, existe el riesgo de verse envueltos en una conflagración donde Estados Unidos apenas solo quiera participar en la defensa de Israel sin entrar de lleno en la contienda. Por este motivo desde Israel sostienen que Irán sigue siendo el principal foco, pero, por el momento, parece que el foco real se tornará sobre Líbano y Palestina.
Sí, de nuevo en Israel están planteando que, tras no haber cumplido con su parte en Gaza, las Fuerzas de Defensa de Israel lancen nuevas campañas de ocupación de la Franja, así como retomar los antiguos planes para la colonización de la misma.
La salida de Israel de Gaza nunca llegó a pesar de la entrega de todos los rehenes de Hamás. La ocupación de Líbano no terminó por muchos acuerdos de alto el fuego que se anuncien con Hezbolá o por muchos encuentros que el presidente libanés asuma con Israel.
De hecho, en Beirut ha habido un enorme descontento ante los compromisos que el gobierno y la presidencia podrían asumir con Israel de cara al desarme de Hezbolá. Al final del día Irán es el actor que está exigiendo una retirada completa israelí de Líbano y no una condicionada y parcial como se ha visto en los encuentros bilaterales entre Israel y Líbano mediados por Estados Unidos.
Donald Trump tarde o temprano se va a ver obligado a elegir entre seguir la senda del acuerdo que ha firmado o volver a priorizar los intereses de Israel en la región. El equilibrismo para conjugar ambas cosas está arrastrando a Estados Unidos en Oriente Medio, debilitando lo que queda de su liderazgo regional, retrasando el pivote asiático una vez más y complicando que cualquier paz se materialice en realidad duradera.












