Asesora

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Venían en caravanas. Traían víveres, juguetes, cajones de cerveza y promesas. Muchas promesas. Los habitantes de pequeño pueblo vivían para estos días de fiesta. Era claro que estos hombres que traían regalos eran muy importantes. Dioses del bien y el mal. Cargadas de joyas sus mujeres reían y tomaban a la par con sus hombres. Los campesinos entregaban lo mejor. Corderos, papas y quesos. Y sus hijas. La que tenía suerte de ser elegida subía a uno de los autos apretando pocas pertenencias amarradas en aguayo. Los padres ofrecían sacrificio a sus dioses pidiendo su favor en silencio. Si tan solo una de sus hijas tuviera la suerte de irse del pueblo con uno de esos hombres, decía el progenitor de Maya. Los dioses se inclinaron a su favor y Maya se fue. Una boca menos para alimentar, pensó  su madre con alivio. Muy dentro de sí anhelaba ver a su hija casada en la ciudad y muy pronto tendría suficiente dinero para ayudar a sus hermanos.

Después  de mucho tiempo llegaron las primeras noticias. Se rumoreaba que Maya, gracias a su fuerte sentido de sobrevivencia, enorme miedo de volver a ser pobre y su fuerte físico genéticamente preparado para llevar carga pesada sobre sus hombros, logró alcanzar la cima.  Cobró Maya cada suspiro, cada borrachera y noches de cama con estos hombres de poder.

Varios anos después de aquel día que salió del pueblo, Maya regresó encabezando la caravana. “Ahora soy asesora de aquel hombre fuerte del partido”, dijo. Su pelo teñido, su ropa citadina, joyas y unas postizas hablaban de su éxito. Generosamente, llenaba con dulces y juguetes los aguayos de las niñas pequeñas que extendían sus manos hacia ella. El pueblo, por fin, tenía colegio. Una casita que podía, a penas, albergar una docena de escolares, Suficiente. De todas maneras, las niñas querían tan solo irse del pueblo. Estudiar no era, exactamente su sueño.

El colegio fue el regalo de Maya. Dos semanas de fiesta para celebrar y sonar un futuro mejor. Rodeada de las mujeres y niñas, Maya generosamente repartía concejos mostrando su felicidad. Con orgullo mostraba sus nuevos pechos, tacos altos, vestidos de moda y su celular de última generación. “Y todo eso, gracias a mi hombre fuerte e importante que me da todo”, decía. Después de festejar, bailar, beber y comer, la caravana se fue. Hasta la próxima decían todos. Cuando el último auto de la caravana desapareció en el horizonte, el pueblo volvía a su gris y pesada tiniebla. Hecha de frio viento, silencio y miseria.

Unos meses después de su última visita, alguien del pueblo andando por los mercados de la ciudad en búsqueda de trabajo se enteró de la noticia. La reconoció cuando la vio en la pantalla del televisor. En las noticias hablaban de ella como de una mujer de poca moral. Ladrona, ignorante, mentirosa. La esperaban años de cárcel por robo de unos fondos de Estado. Aquel hombre que Maya decía era su hombre fuerte e importante del partido, su benefactor, negaba tener algo con ella. Maya fue materia de noticia varias semanas. Después la reemplazaron otras noticias. Otras mujeres. Otros temas. Su hombre fuerte del partido consiguió otra mujer. Todo volvió a la normalidad.

Creció en una familia numerosa. Cuarta de seis hijos.  Su pueblo, un punto perdido en el  valle, recordaba más cuentos de miseria y sufrimiento que  alegrías.  El viento